(Incluida en el libro
“Ventanas a la Ciudad”)
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Inauguración de la estatua - Año 1926 |
Todos hemos sentido la muerte de nuestro paisano, el eminente escultor
Enrique Pérez Comendador. Si de algo podíamos presumir los extremeños en estos
últimos 50 años era el que dos de los mejores escultores españoles habían
nacido en nuestro suelo: Juan de Avalos, en Badajoz y Enrique Pérez Comendador,
en Cáceres.
Su muerte ha venido a rememorar vivencias y anécdotas sucedidas en su
entorno y sobre su quehacer y su obra. En Cáceres existen, quizás, pocas de las
obras del escultor fallecido, pero importantes dentro de su quehacer artístico,
porque podríamos decir que aquí se mantienen estatuas realizadas cuando casi
era una promesa y otras en las que se volcó toda la florida madurez de ese
quehacer en el que consumió su vida, siendo admiración de propios y extraños.
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Simbología en un lateral |
La estatua del poeta Gabriel y Galán, ante la que poetas de
Extremadura anualmente rinden un homenaje de recordación de aquel cantor de
nuestra región, la que figura en el paseo de Cánovas, fue una de las obras de
comienzo del escultor que acabamos de perder. Está realizada ya con el profundo
conocimiento que en toda su obra puso Pérez Comendador. Hasta los símbolos —que
desgraciadamente han desaparecido— y que la acompañaban en las esquinas de su
podium, la tórtola, la paloma, el búho, tienen un sentido de la ternura, la
paz, la sabiduría, que caracterizó al poeta. Plasmado en bronce, la misma
actitud y su vestimenta, con el libro de su magisterio y la parda capa del
campesino, son un profundo simbolismo de lo que fue José María Gabriel y Galán.
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Simbología en el otro lateral |
Así era Enrique Pérez Comendador, un artista que llevaba al bronce a
su personaje tras un profundo estudio
biográfico de su vida y su entorno, de su historia. Esto podríamos decir del
busto de Pizarro que figura en la Diputación Provincial, del que no sabríamos
que admirar más, si la verdad histórica del personaje que se ha conservado en
todas sus raíces, o el vuelo imaginativo y artístico del escultor, plasmado en
la mirada y en las sarmentosas manos del retratado, manos y mirada del
iluminado viejo que conquistó Perú.
Una de sus últimas estatuas públicas hechas para Cáceres, fue su “San
Pedro de Alcántara”, que figura a modo de mascarón de proa en la concatedral
cacereña. Se dijo en aquel entonces —por los años cincuenta— cuando se
inauguró, que su cabeza era un autorretrato del autor. Quien esto firma, como
periodista, hizo esa pregunta al propio Enrique Pérez Comendador que respondió
con la prudencia y mesura que en él eran norma de vida: El artista siempre debe
dejar algo suyo en la obra.
Diario HOY, 4 de marzo de 1981
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