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viernes, 19 de enero de 2018

Y a propósito de lengua


Hoy llegan a Cáceres unos 600 profesores de Lengua, a darle a la ídem, durante los días que dure el “VI Simposio Iberoamericano de Lengua y Literatura para profesores de enseñanzas medias” que hoy comienza en nuestra ciudad con intervención de destacados especialistas en la materia.
Es de agradecer el que se haya elegido nuestra ciudad para este acontecimiento, y por ello me apresuro a agradecer y dar la bienvenida a todos, de una forma personal, porque el alcalde de Cáceres, que es un “piquito de oro” cuando quiere, y el presidente de la Junta, que también es profesor y debe saber lo suyo del tema (aunque lo disimule), se encargarán de darle la bienvenida oficial, ya que uno no es nadie para hacerlo, más que en el terreno personal.
Dicho esto paso a señalar algo que alrededor de la Lengua se me ha venido a las mientes en varias ocasiones. A poco que uno viaje por los países de nuestro habla, se da uno cuenta que este patrimonio común que compartimos no está lo suficientemente bien tratado en lo que, para entendernos, llamaremos la Madre Patria.
Se asombra uno que cualquier hispanoparlante de Guatemala, México, Argentina, maneje mejor el idioma común de lo que lo manejamos los peninsulares, tengan más vocabulario que nosotros y empleen giros que, aunque a veces nos parecen preciosistas y almibarados, implican un mejor conocimiento y mejor empleo de nuestro lenguaje. Yo creo que aquí nos hemos perdido un poco en el cheli o el lunfardo y es lástima escuchar a universitarios expresarse con tan pobre vocabulario como ese de: “Te lo juro tío, que a uno le comen el coco con esto de la política y las elecciones de lo que yo paso, tío, porque tengo muy bien puesto el tarro, que te lo juro.” De verdadera pena.
Diario HOY, 14 de mayo de 1986

lunes, 15 de enero de 2018

Nuestro habla


Con esto de las saetas cacereñas nos comienza a pasar como nos pasó con el habla “castúa” que, por un acomplejamiento fuera de lugar, terminamos perdiéndola por imitar a otros. Me explicaré para que ustedes lo entiendan. En cuanto al habla, cuando se conservaba el habla castúa en nuestros pueblos, no era que nosotros habláramos mal, sino que hablábamos distinto, porque nuestro habla no derivaba del castellano, sino del astur-leonés o si ustedes quieren, del bable, que es lo que se habla en las montañas de Asturias, pero todo ello mezclado con otras lenguas de aluvión, en las que habría restos del latín, árabe, portugués, etc. Lo que no hablábamos era castellano. Para ponerles un ejemplo les diré que cuando un paleto de Garrovillas decía que venía a Cázris, lo decía más correctamente que si hubiera dicho Cáceres,. Porque el nombre de nuestra ciudad que deriva del latino Castri, lo transformaron los árabes en “Qazris” y los antiguos extremeños en Cázris, como algunos lo siguen diciendo, más concretamente —en lo que a orígenes se refiere— que cuando dicen Cáceres.
Esto mismo nos ha pasado con nuestra vieja saeta, canto-oración mucho más antiguo que las saetas sevillanas que es una transformación preciosista de viejos cantos populares que, a modo de oración, decía el pueblo. Sólo hay una saeta andaluza que se parezca a la nuestra, que es la antiquísima saeta del pueblo de Marchena, que como la saeta cacereña, el pueblo sigue cantando sin adorno y, lógicamente, sin acompañamiento de guitarra como se cantan algunas de las saetas actuales andaluzas, que son cantes más bonitos al oído, pero sin la tradición antigua de los otros.
Aquí nuestra saeta comenzó a ser sustituida por las saetas andaluzas, que suenan mejor al oído, pero que son otra cosa. Muchos cantaores de nuestras viejas saetas se acomplejaron y, o aprendieron a cantar las andaluzas o dejaron la vieja tradición de cantar la nuestra. Solamente una mujer, Teresa “La Navera”, siguió impertérrita con el viejo canto y la tradición.
Diario HOY, 3 de abril de 1986

domingo, 31 de diciembre de 2017

No olvidar lo nuestro


No lo estamos notando pero hay una invasión de músicas y ritmos extranjeros en nuestros medios de difusión oídos y televisados que nos mentalizan a marchas forzadas, sobre todo a los más jóvenes, propósito que es posible exista a unos niveles mundiales. El hecho es que algunos países, por defenderse de esa invasión y preservar sus propios valores han puesto coto a este asunto. Recuerdo que en Méjico, las emisoras y las estaciones de televisión (puesto que allí las hay privadas) tienen una medida de la que no pueden pasarse, creo que sólo un tercio de la música emitida puede ser extranjera. Esto lo controlaba el propio gobierno y se tomaban serias medidas contra la emisora que se propasaba en lo legislado.
Ello ha dado lugar a que las propias músicas se promocionen, las canciones —si son extranjeras— se traduzcan y el pueblo escuche todas las emisiones en su propio idioma y los compositores nacionales no se sientan discriminados sobre los que entran de importación. Esto ocurre en muchos países y no sólo hispanoamericanos; en el caso de Méjico, el asunto era exagerado (no sé si lo será ahora) porque la propia música de zarzuela se contabilizaba como extranjera.
Yo creo que los españoles en general tenemos una visión más amplia y universal de este asunto y las canciones hispanas para mí son tan nuestras como las de la península. En Cáceres, donde existen un montón de emisoras de radio, los programadores suelen mantener un cierto equilibrio y se escuchan canciones españolas o en español, aunque estas emisoras tienen numerosos espacios en conexión nacional surge entonces el desequilibrio de que hablamos y los ritmos extraños y las canciones en idioma extraño están a la orden del día también en nuestras propias emisoras. No digo yo que esté siempre cantando Lola Flores o Julio Iglesias, pero que no parezcan las nuestras emisoras norteamericanas a las que sólo identificamos como nuestras cuando dan el “emite”.
Diario HOY, 5 de noviembre de 1985

sábado, 11 de noviembre de 2017

Revisar el idioma


En uno de los últimos plenos municipales se puntualizó sobre unas palabras dichas por el primer teniente de alcalde, el catedrático Marcelino Cardalliaguet, refiriéndose al uso del automóvil como “signo de la burguesía cacereña”. El concejal, señor Hurtado, le preguntó si había querido decir que el automóvil era un artículo de lujo, y él puntualizó que lo que había dicho era: “signo de la burguesía cacereña”. A ustedes les extrañarán estas disquisiciones lingüísticas, que no suelen conducir a nada, pero que es la moneda corriente en nuestros plenos municipales.
Pero ello nos va a servir de pie, para decir que hay muchos conceptos que deberíamos revisar, porque no tienen el significado que de antiguo tuvieron. Burgués no significa más que habitante de un burgo, un Ayuntamiento, y socialmente se empleó como contraposición al proletariado, para diferenciar los que tenían más bienes de equipo o privilegios, sobre los que no tenían ninguno.
Esto, afortunadamente, ha pasado a la historia y no puede emplearse como arma arrojadiza en el mundo actual en el que todos, aun los que antes eran proletarios, somos en realidad burgueses, habitantes de un burgo, y miembros de una sociedad de consumo con bienes que ya no son signo de privilegio, sino más bien herramientas, como suele suceder ahora con el propio automóvil herramienta imprescindible para el propio obrero que se desplaza a un tajo, o para el representante de comercio que lo utiliza en su profesión y para tantos otros oficios y profesiones, aunque también lo utilicen para el ocio en horas de asueto.
Yo no sé si el catedrático Cardalliaguet tiene o no coche, lo que sí sé es que él no es un proletario, aunque no lo tenga, si no más bien un burgués, como lo somos tantos otros con coche o sin él. Hoy no sé si la “lucha” está en convertir en burgueses a los pocos proletarios que van quedando, aspiración más lógica que la contraria, por mucha teoría anticuada que nos quede, aunque sea sólo en la terminología.
Diario HOY, 14 de junio de 1984

miércoles, 30 de agosto de 2017

Lo dijo el “indio” Fernández


En el último “Estudio Abierto “ de Televisión Española, actuó esa indiscutible figura del cine mundial, pero principalmente del de habla hispana, conocido por “El Indio” Fernández, como a él le gusta que le llamen, es un auténtico ejemplar del mestizaje que los españoles lograron en México que dio y sigue dando figuras señeras de Hispanidad como puede ser ese ejemplo vivo que es él mismo. Triunfador en ese séptimo arte, en el que ha sido actor y director, es hoy día un venerable y “joven” anciano al que la vida ha decantado y al que, con muy buen sentido, se le va a rendir un homenaje internacional en Madrid.
Entre las muchas e interesantes cosas que dijo, figuró una que yo pienso le salió muy de dentro, cual fue el dar las gracias a España por haberles llevado ese vehículo de civilización que es el idioma español, Lo dijo así, sencillamente, sin rebuscar la frase de “latiguillo” que en muchos casos se ha empleado, para decir, llana y sencillamente, lo que se siente y se piensa.
Esto, a mi como a muchos que lo escuchamos, nos hizo pensar en la diferencia de interpretación de gentes de esta categoría —indudable como es su caso— con la de otras gentes, nacidas en nuestra propia península que tienen a menos el emplear el español y apreciar la indudable importancia, única entre los idiomas peninsulares, que mundialmente ha tenido y tiene nuestro idioma, sin que ello vaya en detrimento de los idiomas locales o regionales que aquí, por superabundancia, hemos tenido y tenemos para “andar por casa”.
Porque hay algo de lo que tenemos que convencernos y es que el idioma español, el castellano, no ya sólo es nuestro, es el vehículo de comunicación que tienen en el mundo 300 millones de personas, a los que no se los puede hacer de menos menospreciando lo que es ya común a una importante parte de la Humanidad, como es el mundo hispánico.
Y decimos estos, recordando la tontería, principalmente de catalanes y vascos, o de organismos de esos territorios peninsulares y españoles, de enviar oficios o documentos a otras regiones españolas empleando en ellos su idioma local —muy respetable— pero sólo para andar por casa. Algo así como el que quedó extasiado de su propio ombligo y lo creyó el centro del universo, por lo que gusta que alguien con conocimiento y categoría venga de vez en cuando a diferencias lo que es oro de lo que es simplemente oropel casero.
Diario HOY, 8 de octubre de 1982