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lunes, 29 de enero de 2018

Tenía ganas de decirlo


Hay algo que quería decir sobre la evolución de toda una plantilla de profesionales que, poco a poco, sin que nosotros nos demos mucha cuenta de ellos, se nos han hecho imprescindibles para la vida ciudadana. Me refiero, claro es, a la Policía Municipal.
Creo que la Policía Municipal de Cáceres es el cuerpo de profesionales que más ha evolucionado y mejorado desde que comenzó la democracia, y esto hay que decirlo. Hay que decirlo, porque cuando las gentes hacen bien las cosas, les gusta conocer el agradecimiento de la comunidad a la que sirven. Yo sé que hay gentes mezquinas, en esto y en todo, que cuando un profesional cumple bien, por su propia mezquindad, lo más que dicen es “Al fin y al cabo es su obligación y cobra por ello.” Pues no, señor, hay cosas que no se pagan más que con el agradecimiento de los demás, y nuestra policía Municipal deben saber que al menos con el mío cuenta y creo que con el de la mayoría de los ciudadanos. Si en alguna ocasión la hemos criticado con largueza, justo es que, con largueza, hablemos de ella cuando lo hace bien y cumple con una multiplicidad de obligaciones en las que se nos ha hecho imprescindible. Estos hombres, que en alguna ocasión se juegan el físico y la vida por atajar la locura de un drogadicto borracho, lo hacen por el bien de todos y muchas veces resultan heridos (prueba reciente hay de ello), pero al par derrochan delicadeza estando presentes a la salida de los colegios, para que esa algarabía infantil que sale en tromba, no sufra un solo rasguño, o para que esa anciana cruce con seguridad la calle, o para aguantarnos infinidad de llamadas nocturnas, porque no nos dejan dormir los ruidos y, como cuidadores de nuestros sueños, desplazarse para tratar de hacernos la noche segura y grata.
Desde luego, nuestros policías municipales son unos magníficos profesionales y, por si alguien no lo dice, o tenía ganas de decirlo.
Diario HOY, 2 de octubre de 1986

lunes, 2 de octubre de 2017

Nuestro urbanismo tradicional


Una de las cosas que más nos falla a los hombres es la memoria, pero no sólo de los hechos ocurridos, sino de lo que podríamos llamar sensaciones vividas de las que nos olvidamos totalmente.
En cuanto a la temperatura por ejemplo, hace menos de un mes que estábamos pasando frío y nos habíamos olvidado totalmente de lo que son los calores en Cáceres y ahora, de golpe, hace escasamente dos días, hemos entrado en ellos, volviendo a recordar cosas nimias que hacíamos otros veranos, y que ahora las teníamos totalmente olvidadas.
Son pequeñas cosas que no sé si ustedes hacen, pero que yo confieso que las hago, aunque parezcan niñerías. Se trata, por ejemplo, en el callejeo diario buscar la acera de la sombra; demorarse en alguna de ellas, porque corre aire; pararse ante la puerta de un viejo zaguán, del que sale un riquísimo fresquito y, además natural. Apetecerle a uno el estar bajo las viejas bóvedas de alguna de las pocas casonas tradicionales que van quedando, porque los alarifes antiguos supieron defenderse del calor mejor que lo hacen ahora nuestros arquitectos, con esas construcciones estándar en las que no se contempla el entorno climático en el que se van a instalar.
Cierto que ahora estas cuestiones se resuelven poniendo aire acondicionado, pero ello es un despilfarro del progreso, que ha ido por donde no debería haber ido, ya que lo lógico hubiera sido estudiar y evolucionar las soluciones tradicionales, como esas de las bóvedas, los amplios muros, y aun las calles estrechas donde el sol no entra. En definitiva, que los albañiles antiguos eran más urbanistas que los actuales que lo solucionan todo con la facilidad del aire acondicionado o la calefacción, sin tener en cuenta que estas son soluciones carísimas a la larga. Ahora se construye así, sin pies ni cabeza.
Un ejemplo de lo que decimos, un mal ejemplo, es el Edificio de Servicios Múltiples, copiado de unos urbanistas nórdicos que lo hicieron para un país falto de luz, pero que puesto aquí en Cáceres, se mantiene a base de aire acondicionado en verano y calefacción en invierno y se convierte en un verdadero infierno, cuando el presupuesto no llega ni para uno ni para otra.
Hemos perdido la tradición de nuestros urbanistas, que la hubo y que construían con arreglo a unos cánones más lógicos. A mis manos ha llegado un libro sobre la construcción de ciudades y edificios en la América española. En él se demuestra que todo estaba estudiado y pensado para el entorno climático de cada ciudad. Se indica cómo deberían ser estas ciudades, con una amplia plaza para la convivencia social donde sólo habría edificios públicos. Habría calles anchas para el tráfico pero también estrechas para evitar el calor a los ciudadanos de a pie… en fin, todo está medido, pensado y decretado desde el centralismo de aquel entonces —que era más lógico de lo que pensamos—. Era un urbanismo tradicional que inventamos los españoles y que ahora hemos olvidado por imitar a otros. Muchas de las ciudades de América son hoy día un ejemplo de lo positivo del mismo.
Pero como todo es relativo, diré que en Coria hubo un ciudadano llamado de apellido Tato, que cuando más calor hacía se paseaba por el sol, y si alguien le preguntaba, decía: “Estoy refrescando mi casa, porque ahora entro y la encuentro fresquísima…”. En fin, que todo es conformarse.
Diario HOY, 12 de junio de 1983

lunes, 11 de septiembre de 2017

1983 el año de la tila


Yo creo que ya les conté en tiempos, el caso del jefe provincial del Movimiento de la localidad cacereña de El Gordo, que recién iniciada la guerra civil, amenazaba a todos sus convecinos con una circular que le había llegado de Luna, que era el jefazo entonces. Él lo decía en extremeño cerrado y entrando en la taberna, se encaraba con el tabernero y le decía: “Ha venido una circulá, que mira porque uno no es malo, si no todos éstos al paredón”…
Pues bien, ahora la cosa se está repitiendo pero sin paredón, porque los funcionarios andan soliviantados pasándose fotocopias del Boletín Oficial en el que vienen las incompatibilidades y el que más y el que menos piensa en la declaración jurada que tiene que hacer y en si la “circulá”, como en broma y por conocer el caso de que hablo le llaman, les afecta y en qué parte. Ya se contaba ayer, en la hora del café que también ha sufrido un recorte— que hasta el locutor, Luis del Olmo, casi lloró en la despedida que tenía que hacer de su popular programa, “De costa a costa”, por el mismo asunto de las incompatibilidades dichosas… Yo no le oí, pero por testigos que lo escucharon, me aseguran que estaba triste en la despedida, porque todas las despedidas son odiosas.
En fin, que el cotarro funcionarial está alborotado y ello casi en vísperas de los Reyes Magos, que como no traigan una varita mágica, no van a poder solucionar a muchos el problema de los juguetes de los niños y otras gabelas que se solían sacar del otro carguillo que la dichosa “circulá” ha venido a poner al menos en duda, y lo malo como comentaba uno de los afectados es que para más “inri” sube el tabaco, la gasolina y otras muchas cosas…
Lo del tabaco, decía uno de ellos, lo deberían haber dejado para más adelante, porque como se sabe calma los nervios y ahora con estos sustos se fuma más…”
Pues tendrás que tomar tila”, le recomendaba otro, “porque como se están poniendo las cosas este va a ser el año de la tila”.
Y a lo peor hasta nos la suben, yo ya la estoy tomando en vez de café, porque entre el café, “la circulá” y las subidas tengo unos nervios que no hago vida de mi…”
En fin, año nuevo vida nueva, que al fin y al cabo es un cambio.
Diario HOY, 4 de enero de 1983

domingo, 27 de agosto de 2017

Aquellos viejos y eficaces carteros


Tengo que confesar que quizás yo he admirado siempre al servicio de Correos no por la técnica, sino por la anécdota. Explicando mejor lo que digo, agrego que he admirado a este servicio español que estuvo considerado como uno de los mejores del mundo, por sus hombres más que por su organización. Vamos, que en esto me pasó como con nuestro Ejército que tenía la fama de tener los mejores soldados del mundo, aunque de material estuviéramos escasos. Digo esto porque a mi modo de ver siguen siendo los hombres los que dan prestigio a una organización y por la eficacia de ello se medía —y se seguirá midiendo— la del cuerpo de que forman parte.
Esto a propósito de que a un magnífico escritor y académico le acaba de hacer el Rey cartero honorario. Me refiero a Camino José de Cela, del que hay que decir que alguno de sus libros y el anecdotario que en ellos se recoge está servido —aunque el lo haya redactado después y dado forma— por los carteros de toda España que desde cada pueblo le enviaron cartas contando las anécdotas que por allí sucedían. No es este el primer caso, ya que se cuenta que Madoz, el del célebre diccionario, recurrió a un método parecido, porque no debemos olvidar que el cartero, por ese contacto personal con cada familia de cada pueblo, es el que mejor conoce las interioridades de él…
Eso aparte de los carteros intelectuales y hasta poetas que este cuerpo —sufrido y humilde— ha dado a la nación, y de los que no voy a hacer mención nominal por no olvidarme de alguno.
Lo que sí digo es que yo, a estos hombres, los he admirado siempre y he admirado su agudeza para cumplir su misión aun cuando la técnica fallaba.
Se cuenta que a la central de Madrid llegó una carta que por únicas señas tenía las siguientes: “A mi hijo Pedro, que está en la mili…” y la carta llegó a su destino, porque días después, un quinto con pinta de paleto preguntó a voces en la central “¿Me ha escrito mi padre?” y el avispado funcionario le preguntó: “¿Tú te llamas Pedro?... Sí señor, para servirle”, dijo el quinto…. y éste le entregó la carta. Caso de estos podríamos contar algunos locales, como el de aquella carta que llegó a: “Regino, cazador de Cáceres”, y se entregó a don Regino Moreno —fallecido ya— que fue uno de los mejores cazadores cacereños… En fin, esto es lo que yo he admirado de Correos, por lo que esa noticia que ahora se da de que antes de escribir las señas de una carta habrá que consultar una guía, no me gusta… Así de claro.
Diario HOY, 25 de agosto de 1982

miércoles, 9 de agosto de 2017

Nuestras futuras guardias


Yo no sé si en las oposiciones que habrá a guardias municipales femeninos se exigirá que sean buenas y guapas mozas, pero podemos asegurar que si esto no se exige en el programa de oposiciones, lo habrá por añadidura entre las cacereñas que en número de más de sesenta se vienen preparando para ser guardias municipales en Cáceres, dentro de la Academia que fundara nuestro buen amigo don Manuel Moreno, de la que ya hemos hablado más de una vez, porque se da el caso de que este centro de enseñanza trabaja hace años por puro altruismo y sin exigir un duro a nadie.
El jueves mismo pasaron por el segundo programa de Televisión la policía española, dentro del ciclo de Fernando Fernán Gómez, titulada: “Sólo para hombres”, que con cierta gracia recoge los incidentes que a principios de siglo se armaron, porque una mujer solicitó trabajar en el entonces Ministerio de Fomento. De entonces acá, digan lo que digan las feministas, la mujer ha alcanzado lo que pudiéramos llamar “su mayoría de edad social” y ahora no puede extrañarnos que las muchachas cacereñas aspiren a un puesto de guardias municipales y las veamos, dentro de poco, dirigiendo el tráfico de la ciudad.
Se da el caso de que es tanto el interés de las féminas cacereñas  por alcanzar uno de estos puestos, que la propia dirección de la Academia tiene el problema de la falta de espacio para admitir a todas las que quieren opositar a guardias. Se ha llegado a decir, que no es sólo por las plazas convocadas ahora por nuestro Ayuntamiento, sino que muchas de estas chicas se vienen preparando con vistas al cuerpo femenino de la Guardia Civil, de cuya creación se viene hablando como inmediata.
Satisface ver el deseo de nuestras mujeres por trabajar y, como decimos al principio, se trata de un plantel de mozas, guapas y bien plantadas, aunque uno no se atreve a insistir sobre el tema, no sea que le tachen de “machista” y, cuando alcancen su puesto, le lluevan multas a porrillo… por lo que, “punto en boca” y cuidado con los piropos.
Diario HOY, 3 de abril de 1982

jueves, 6 de julio de 2017

El señor Sotelo y su época

Yo del primer cartero del que tengo conciencia de haber conocido, cuando yo era muy niño, fue el señor Sotelo. El señor Sotelo, cuyo apellido desconocí siempre como creo que la mayoría de los cacereños de entonces, era una verdadera entidad en Cáceres. Los chavales le veíamos pasar, con respeto y admiración, con su bigotazo y su enorme cartera de epístolas y paquetes que a nosotros se nos imaginaban algo así como las alforjas de los Reyes Magos, porque esas alforjas para nosotros deberían ser las más admiradas y porque el señor Sotelo conocía a la gente por su nombre y siempre tenía la broma amable a flor de labios y era como un miembro más de cada familia cacereña y se desvivía porque las cartas llegaran a su destino y creo que hasta no tenía horas —ni las computaba, que eso vino después— en el desarrollo de su función para la que, pienso yo, no debía tener ni noche ni día.
No se oyó si la Administración de Correos de aquel entonces le agradecía lo suficiente este desvivirse por los demás, lo que sí digo es que los cacereños en el fondo de su corazón sí se lo agradecieron siempre. Otra cosa es si la Administración se lo “pagaba” en afecto o moneda corriente, que posiblemente no, porque ya se ha dicho alguna vez que nuestra tierra era una tierra de: “buenos vasallos y malos señores”… y puede que aquellos vientos sembraron estos vendavales, pero eso es cosa aparte.
Lo que sí digo es que entonces, esos buenos vasallos del correo, llegaron a prestigiarle como uno de los mejores del mundo, sin hacer de menos a los de ahora, que a lo mejor hacen muy bien en cumplir estrictamente con la norma y nada más… por aquello de que esos esfuerzos, muchas veces, no han sido ni agradecidos ni pagados. Pero aquella “vergüenza torera” profesional daba ocasión a que una carta con las escuetas señas de “Regino, Cáceres” llegara a don Regino Moreno, conocido cazador y propietario de una imprenta, o que una carta con dibujos y sin señas llegara a su destino, o que otra señalada así: “A mi hijo Primitivo, que está en la mili”, llegara a su destino cuando un soldado, con pinta de paleto, preguntó en la oficina: “¿Me ha escrito mi padre?”… En fin, era otra época en la que se ponían por delante las obligaciones que los derechos… ¿Mejor o peor que la actual?, no sabría qué decirles.
Diario HOY, 30 de junio de 1981

viernes, 30 de junio de 2017

Derechos y obligaciones


Uno acaba asombrándose de la serie de derechos que exigimos y de cómo nos olvidamos de las obligaciones que, por lógica, deben ser la contrapartida de esos derechos. Son pequeñas cosas, nimias si ustedes quieren, pero que dan el pulso de un estado actual en el que echamos por delante las exigencias, olvidándonos de lo que nosotros debemos aportar en contrapartida. Por no ir más allá, sucede en el comercio, donde el olvido del cliente —en muchos casos— es palmario excepto para que pague. Por ejemplo, usted va a un establecimiento y encarga un regalo, unas flores o una tarta, para que la lleven a un amigo suyo que festeja algo y con el encargo de que la lleven, con una tarjeta suya, precisamente, en el momento del festejo. Si es que no piensan hacerlo, se lo podrían decir de entrada, pero no, allí le dicen que sí, y hasta usted queda una “propina” para el dador, o al pagar paga algo más por el servicio. Lo que pasa es que la tarta, el regalo o las flores, llegan dos días después del festejo, o si llega el regalo no llega a tarjeta, o si llega la tarjeta no llega el regalo, y si usted reclama se encogen de hombros y le dicen, “pues no lo hubiera usted dejado”, cosa que le debieron decir antes de cobrarle. La cosa no tiene ya remedio y usted se aguanta aunque en el interior se juramente a no volver por allí, cosa que tampoco le importa al empleado porque el dueño del establecimiento es un “explotador” consumado y quizás lo sucedido es una forma de “venganza” para espantarle la clientela actuando como una especie de “quinta columna” desde el interior del negocio.
Yo podría contarles cómo en un hotel de Canarias solían enviar a cada nuevo cliente una botella de “champaña” a su habitación con una tarjeta que decía: “Con los deseos de feliz estancia entre nosotros”. Las tarjetas solían llegar, pero las botellas se las bebía o las vendía el encargado de hacer el servicio y hasta que se averiguó el “negocio” estuvo bebiendo gratis y “congelando” la buena intención de la dirección del hotel. Este estado de cosas es casi general y en cualquier servicio: la carta que no llega, porque tiene el número de la calle equivocado; el funcionario que cierra la ventanilla, porque se va a tomar café, y deja al “cliente” con la palabra en la boca.. etc.
Relacionen esto con la falta de productividad a cualquier nivel y tendrán el panorama completo.
Diario HOY, 20 de mayo de 1981

domingo, 25 de junio de 2017

Explicaciones que no lo son


En la “ventana” del pasado día 8 comentábamos el hecho ocurrido en la Hostería del Comendador. Tras narrar cómo a un escolar le habían pedido diez pesetas por un vaso de agua, decíamos textualmente: “desearíamos equivocarnos y que alguien nos dijera que estábamos errados (sin hache) y que tal noticia no se había producido”. Hacíamos también unas consideraciones sobre la función de las hostelerías y paradores nacionales que habían surgido para promocionar el turismo y no para cargárselo, — preguntando al final si sucedía algo de esto en nuestra hostería… Bien sabe Dios que nuestro deseo es que la hostería funcione con arreglo a los principios que nosotros estimamos fueron los de su creación —ya expresados— y no lo contrario. Así las cosas nos complació recibir una carta firmada por el delegado de personal de dicha hostería, don Francisco Bernabé. Al rasgar el sobre nos dijimos: “Sin duda don Francisco nos va a aclarar todo y nosotros vamos a tener mucho gusto de insertar sus declaraciones y sus propósitos de ese magnífico funcionamiento de la hostería que todos deseamos”. Pero imaginen cual ha sido nuestro asombro al comprobar que en la carta del señor Bernabé se nos indica que a otro medio de difusión se ha enviado un informe de cómo ocurrieron los hechos (pero que a nosotros no nos explica ni aclara), y agrega refiriéndose a nuestra “Ventana” anterior: “En ese comentario se hace un breve comentario de todo lo que se ha ido publicando por algunas partes de la prensa nacional, en contra de nuestra magnífica Red Nacional de paradores, orgullo nacional” y termina con esta frase: “Sucede algo de eso en la hostería? Usted, don Fernando, es el más indicado para saberlo ya que frecuentemente visita la Hostería del Comendador”.
Con eso y unos atentos saludos termina la comunicación del delegado de personal de dicho centro, comunicación que no viene a aclarar nada de lo dicho, ni a contestar a ninguna de las interrogantes que planteamos. Cierto que yo —como otros muchísimos cacereños— frecuento la hostelería, pero ello no puede servir de argumento a que funcione bien y mucho menos de aclaración de si se pidió o no ese dinero por un vaso de agua. El hecho de que alguna prensa se haya ocupado del funcionamiento de la red —orgullo nacional— será, pensamos nosotros, porque habrá materia para desear que funcione mejor… Decir que como yo frecuento ese centro debo saberlo, es como decir que le pregunten al “maestro armero” y darle una larga cambiada al toro de la pregunta en vez de torearlo la dirección del centro, que es quien tiene obligación de hacerlo, ¡Vamos, digo yo!
Diario HOY, 10 de abril de 1981

¿Promocionar o cargarse el turismo?


Sólo nos movemos en el terreno de la “presunta autoría” —que diría un jurista— de la especulación alrededor de una noticia y del comentario de ella, diciendo de antemano que desearíamos equivocarnos y que alguien nos dijera que estábamos errados (sin hache) y que tal noticia no se había producido, pero todo induce a creer que no ha sido así. Resulta que en la Hostería del Comendador a un escolar de Valdecaballeros, que en unión de otro compañeros de su colegio, de otros de Castilblanco y de los profesores respectivos, que vinieron a visitar la ciudad monumental cacereña, resulta, decimos, que por un vaso de agua que entró a pedir al bar de dicha Hostería le cobraron nada menos que diez pesetas, con lo que el empleado, la dirección o quien haya autorizado a ese cobro hicieron de “malos samaritanos”, cuando en nuestra ciudad, en Cáceres, no hemos cobrado nunca nada por cumplir con la obra de misericordia de “dar de beber al sediento”.
Que estas cosas pasen en un “centro” estatal que se puso para promocionar el turismo es al menos un contrasentido, por no calificarlos de forma más rotunda, pero no debemos dejar de pasar el “incidente” y “quitar hierro” a lo que —de haber ocurrido— descalifica de por sí a  la Hostería el Comendador en la función que, creo pensamos todos, tiene encomendada.
Las hosterías y los paradores de turismo se pusieron no para ganar dinero con ellos, sino para suplir con sus servicios los lugares de turismo donde la iniciativa privada —por las razones que fuera— no había llegado aún, siendo su finalidad promover ese turismo.
Cierto que se dice que la mayoría de ellos son deficitarios económicamente, pero habría que profundizar en el porqué de ese “déficit” de que tanto se habla. Primero: en cualquier establecimiento del ramo de hostelería de tipo particular y privado, los empleados tienen sumo cuidado en extremar un trato exquisito al cliente (que dicho sea de paso a veces da mucha lata) pero de saber aguantarle depende el “negocio”. Si el empleado, por ejemplo —y es sólo un ejemplo— se considera sólo funcionario del Estado, y por tener seguro el sueldo no cumple como en los sitios privados, está cargándose la finalidad para la que estos establecimientos fueron creados. La rigidez de horarios, las caras largas a la clientela, etc. (incluyendo en ese etcétera el cobro de vasos de agua) pueden ser “chinas” en ese camino. ¿Sucede algo de eso en la Hostería).
Diario HOY, 8 de abril de 1981

sábado, 17 de junio de 2017

El menos común de los sentidos


Según recogía nuestro colega “Ya”, el comité de empresa de la Red Nacional de Paradores ha propuesto a la  Administración, de la que depende, que sus trabajadores renuncien a la subida salarial que les corresponde este año a cambio de que se les garanticen los puestos de trabajo. Quieren participar en la reestructuración de la empresa, con el producto salarial no percibido, enjugando con ello parte del déficit que alcanza la red y, en definitiva, buscando una solución a la pervivencia de la empresa de que dependen, porque saben que de hundirse ésta, los primeros que se hundirán serán ellos, que se quedarán sin puestos de trabajo y sin ver por dónde meter la cabeza…, porque lo del subsidio del paro es, como quien dice, “pan para hoy y hambre para mañana”.
Ensalza el comentario el sentido común de estos trabajadores y lo poco común de la propuesta para agregar: “mucho más cuando vemos la alegría con que algunas centrales lanzan sus huestes a la calle, no sabemos muy bien si con intención de mejorar sus sueldos o de hundir sus empresas. Lo que sí sabemos es que acaban consiguiendo lo segundo”.
Esta “alegría” que se menciona nos ha recordado el cuento del loro del capitán de un barco que estaba hundiéndose que, subido en lo más alto del palo mayor, cuando veía que los de más abajo se iban ahogando poco a poco, según subía el agua, decía: “San Fastidiarse”, repitiendo la frase hasta que el agua le llegaba a las patas y se dio cuenta de que también él corría el mismo peligro, para terminar diciendo: “¡Pero, San Fastidiarse!, ¿es que vamos a fastidiarnos todos?” Porque pienso yo que si los que estamos en alguna empresa no hacemos lo imposible por que ésta no se hunda, puede también pasarnos lo que al loro de mi cuento, que seamos los primeros —o los últimos, que el orden no importa— que nos quedemos sin alpiste.
Mi buen amigo Belvedere, que lo sabe todo, dice que en el mundo sólo hay dos fuerzas contendientes: el capitalismo y el marxismo, aunque haya diversas matizaciones de uno y otro, y él —que es listo como un lince— piensa que todo esto se relaciona con esa lucha en la que a los jugadores (los dos prebostes a escala internacional que juegan) les importa muy poco que Juan o Pedro se queden sin trabajo, si ellos consiguen apuntarse un tanto en ese tablero internacional aunque sea a base de “caiga quien caiga”…, con lo que Juan o Pedro —que somos usted o yo— lo único que hacemos es el “caldo gordo” a quien nos mueve las fichas que ya se ocupa de mentalizarnos para creer que estamos haciendo lo más justo.
Yo no sé si darle la razón a Belvedere, porque el sentido común es el menos común de todos los sentidos.
Diario HOY, 17 de febrero de 1981

lunes, 12 de junio de 2017

¿Y qué me dicen de los educandos?


Al fin parece que se atisba un poco de sensatez por parte de los enseñantes, que ya han anunciado su entrada a clase. A pesar de todo, nos preocupa el que en la actualidad, cuando se organizan huelgas, no se tenga sumo cuidado en hacer la reclamación de lo que cada cual crea le corresponda en justicia sin perjudicar a nadie y menos a un tercero que en realidad es un sujeto paciente que va a recoger los trastos rotos, sin sacar ningún beneficio del pronunciamiento.
Cuando se han hecho otro tipo de huelgas, por ejemplo las de médicos, se suele dejar un retén o un compromiso de atender lo que pudiéramos llamar casos de urgencia, por lo que pensamos que en el caso de los enseñantes, no sabemos de qué modo, pero debió pensarse en el daño irreparable que se ocasionaba a la formación de los niños, y organizar la protesta de modo que este perjuicio no se hubiera llevado a efecto. No se nos alcanza cómo podría haberse montado esa atención a las urgencias, porque estimamos que aprender es urgente para todos los pequeños, máxime en la edad en que están que suele responder más al ejemplo de sus profesores que a las recomendaciones que se le puedan hacer. En este sentido el daño es irreparable, porque el tiempo perdido no habrá forma de recuperarlo más que cargando a los pequeños con más clases que lógicamente han de llevar cuesta arriba, porque ellos no han sacado nada de la huelga de sus maestros; queremos decir nada positivo. Sus maestros sí —y si no lo han sacado piensan sacarlo— por lo que es lógico que ellos sean los que tengan que recuperar el tiempo perdido, pero no los niños que de propia intención no perdieron tiempo alguno… Yo no sé cómo expresarlo, pero en toda esta huelga de profesores hay una cierta injusticia con los educandos que no debieron nunca padecer.
Podría argumentarse que la huelga es justa en cuanto a reivindicaciones salariales —y probablemente lo sea— pero lo que no es justo que en una discusión entre administración y profesores, haya un tercero perjudicado —que ni protestó ni se benefició de nada—… ¿A quién culpamos de esta injusticia, al Ministerio por no atender a sus profesores o a los profesores?
No sé, pero pienso —sin tratar de ofender a nadie— que debería haber otros caminos de protesta en los que no hubiera daños a tercero… o como pasa con el seguro del automóvil, indemnizar a esos terceros por el perjuicio que se les ha causado sin que ellos hayan tenido culpa de nada.
Diario HOY, 11 de enero de 1981