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sábado, 3 de marzo de 2018

Se rompió la "jetatura"


Desde luego, una vez terminada la feria de San Miguel, al primero que tendríamos que felicitar es al jefe del Observatorio Meteorológico de Cáceres, José Luis Fajardo. Contra todo pronóstico, antes de comenzar nuestras ferias nos hizo el suyo, en el que garantizó que no caería una gota de lluvia durante ella, cosa que por cierto le “brindó” al organizador taurino Luis Alviz. Y se salió con la suya ya que, a decir verdad, mientras en el resto de España caían rayos y centellas (sobre todo en Cataluña), aquí ha hecho un tiempo espléndido que ha durado justamente hasta las últimas vaquillas del aguardiente corridas el pasado domingo.
La lluvia y la tormenta, como en cita puntual, volvieron a presentarse al caer de la noche del propio domingo, con lo que la feria quedó salvada y en seco cosa que no suele suceder todos los años.
Lo que no llegaremos nunca a saber es si el vaticinio del meteorólogo fue de “farol” y le salió encendido o fue por esa ciencia que indudablemente tiene José Luis cuando tira de sus altas presiones, la borrasca sobre el baco K, o la interpretación de las líneas isobáricas y otras cosas que, aunque nos suenan a chino, nos producen un gran respeto. Claro que a decir verdad, esto de la meteorología, aun a pesar de su carga científica, siempre nos ha sonado a brujería. Tan creíble es el “Calendario Zaragozano”, cuando dice que habrá lluvia, porque la luna está en Capricornio, como la televisión cuando nos presenta el mapa del tiempo. Lo que sí decimos es que José Luis Fajardo, el meteorólogo cacereño, se ha “cubierto de gloria” y que Luis Alviz, el organizador de las corridas, le está agradecidísimo (como se lo está al Ayuntamiento) porque parece que se rompió la “jetatura” de las lluvias en feria.
Diario HOY, 6 de octubre de 1987

jueves, 25 de enero de 2018

Hacer algo, pero pronto


Yo no sé cuántas hectáreas de nuevos árboles se repoblarán anualmente en España. Parece ser que las repoblaciones han sufrido un parón de unos años a esta parte, no sé yo si es por discutir con qué árboles deben hacerse para que den mejor resultado, o si hay una desgana general en los organismos encargados de todo esto.
Lo cierto y verdad es que, según unas estadísticas totalmente actuales que he leído, España está a la cabeza del mundo en el número de hectáreas forestales arrasadas por los incendios y a la cola del número de hectáreas que se repueblan cada año.
Por referirnos a nuestra provincia y región, diremos que el fuego, este año, ha arrasado casi todo lo que se había repoblado durante años y años, no sabemos si con complacencia o no de los que están contra el reconocimiento de labores positivas hechas en los anteriores cuarenta años de historia, en los que Franco debió hacer algunas cosas positivas aunque tuviera el error de ganar la guerra civil, que según parece debieron ganar los que han regresado tras su muerte y los hijos de los que le ayudaron a ganarla, que se han unido a ellos (aquí no se olvida nada, por mucho que recomendemos el hacerlo), en fin, que en Extremadura, al menos, en la parte de las Hurdes, Sierra y de Gata y Las Villuercas, se ha quemado y se está quemando todo lo que podía quemarse y en el resto de las zonas forestales españolas está pasando lo mismo y, al parecer, de forma impune. Nuestras autoridades, los medios informativos y al parecer todos, condenamos de boquilla estos incendios, pero quien debe hacer algo más que condenarlos no acaba de decidirse con qué es lo que hay que hacer, lo que es tanto como dejar correr la bola hasta que estemos en un desierto, que al parecer, será dentro de muy poco. Todos estamos de acuerdo en que los incendios son provocados, así como que son una forma de terrorismo, tan mala como el terrorismo pro, pues bien, ¿por qué no le aplican la ley antiterrorista a los pirómanos?.
Diario HOY, 19 de agosto de 1986

sábado, 6 de enero de 2018

Cabañuelas problemáticas


Ahora a principio de año es muy corriente eso de los vaticinios para averiguar qué es lo que nos pasará en los futuros doce meses que se nos avecinan. Es el tiempo de los pitonisos, los nigromantes, los averiguadores del porvenir y otros futurólogos que más o menos hacen su agosto con la “buenaventura” general o particular a la que tan dados eran los gitanos y gitanas desde hace siglos. Es el resto a fondo de superstición que todos llevamos dentro y que estos habilidosos explotan dando una de cal y otra de arena. Es este también el tiempo de las Cabañuelas que, para el que no lo sepa, diremos que dichas “cabañuelas”, aunque varíen de unos puntos a otros, son en general cálculos que, observando las variaciones atmosféricas en los doce (18 o 24) primeros días de enero (o de agosto) forma el pueblo para pronosticar el tiempo que hará en cada uno de los meses del año que ha entrado. Calculan otros 18 o 24 días y toman agosto para el año venidero.
Aclararemos de pasada que esta es una práctica judía a la que los hebreos llamaban “Fiesta de las Cabañuelas” o de los Tabernáculos, que se hacían en memoria de los años pasados en el desierto antes de llegar a la tierra prometida.
Pero dejando todo esto aparte, lo cierto y verdad es que todos tenemos gran interés por lo que nos deparará el futuro con esa entrada en la CEE de la que los políticos nos vaticinaron sólo bienes y a nivel local, del entorno que tenemos, nos damos cuenta que aunque Portugal y España somos más hermanos por haber entrado en Europa de la mano, a los portugueses se les ha puesto más caro venir a comprar a España, por lo de la “carta verde” y posiblemente a nosotros el ir a comprar o a comer a Portugal. No quiero hablar del IVA, porque es capítulo aparte, pero uno se consuela con ese dicho de que los gitanos no quieren ver a sus hijos con buenos principios. Esperemos a ver qué pasa más adelante.
Diario HOY, 8 de enero de 1986

martes, 12 de diciembre de 2017

Aquí se explica todo


Hablábamos con un viejo refranista, queremos decir hombre de campo, que conoce los refranes y tiene fe en ellos, porque los refranes son la sabiduría del pueblo, y hablábamos precisamente de la lluvia que ha deslucido esta Semana Santa, a lo que nuestro interlocutor nos respondió: “En abril, aguas mil”, agregando como para justificar lo dicho: “Las aguas de abril todas caben en un barril, pero si el barril se quiebra, ni en la tierra”, y así nos siguió ensartando una serie de refranes que vienen a demostrar que el actual abril está dentro de la norma tradicional y meteorológica de lo que deben ser los abriles, por lo que aceptando lo dicho nos quejamos de que, así y todo, lo malo es que la lluvia ha deslucido la Semana Santa…
“Es que eso de mover los santos tiene su peligro —no dijo— porque como los santos, de antiguo, se movían sólo para pedirles lluvia cada vez que se los mueve, aunque sea para la Semana Santa, ellos creen que es para lo otro y nos largan lluvia creyendo que nos complacen”.
Lo decía tan convencido que no parecía sino que había estado charlando con toda la corte celestial. “San Pedro de Alcántara —continuó— que en esto de la lluvia tiene mucha mano, es al que recurren los demás santos para preguntarle: oye, Pedro, ¿por qué nos mueven? Y él, posiblemente porque ya está viejo, o por no complicarse la vida, les dice: es que quieren agua, y así nos pasan estas cosas. ¿Usted no sabe lo de las nubes?, nos preguntó y sin aguardar respuesta nos dijo: “San Pedro es el jefe de las nubes y según llegan les va preguntando dónde ha llovido y cada cual confiesa: por Valencia, por el País Vasco, por Cataluña, en fin, por lo que suena. San Pedro entonces dice; ¿Y quién se acordó de Extremadura? Pero como nadie pía, monta en cólera y dice: Pues venga, a cumplir todos con Extremadura. Y así nos llegan estas lluvias torrenciales”.
Diario HOY, 7 de abril de 1985

miércoles, 15 de noviembre de 2017

Tomar en serio los incendios


Desde luego hay algo que no funciona, o que funciona mal, en esto de los incendios veraniegos, que debería a estas alturas tomarse bastante más en serio de lo que se toman. Estamos ya tan acostumbrados a esta forma de destrucción de riqueza que, el hábito de ella, como en el caso del terrorismo, no lleva más que a las lamentaciones pero sin medidas positivas para evitarlos, en la forma y cuantía que se puedan.
¿Por qué se producen estos incendios, a los que muchas veces se cataloga de intencionados? Hay un montón de explicaciones que no hemos llegado a comprender del todo. Hay quien dice que, en el caso de las masas arbóreas, se hacen para obtener materia prima barata en plantaciones jóvenes, que de otro modo no se obtendría. Si esto fuera cierto, pienso que se podría haber encontrado método de poner al descubierto la maniobra de los compradores de ocasión. En otros casos se habla de venganzas personales, de la quema de cotos de caza para fastidio de los que los explotan, cosa que tampoco llego a comprender del todo, inclinándome más por la negligencia, pero llegando a pensar que esa negligencia puede combatirse con alguna ley, como se ha hecho en otros países, no dejando fumar en los vehículos.
Hay otro punto oscuro y es el porqué el Ministerio de Obras públicas, o los encargados de carreteras, no se obligan a limpiar las cunetas y dotarlas de cortafuegos, como sería lo lógico en años como el presente. Los daños que se reseñan no suelen decir nada, porque los que los reseñan no saben una palabra del valor de los pastizales para el ganadero, que mantiene ganado en extensivo y, tras un incendio, tiene que alimentarlo con piensos. Estos fuegos nos están empobreciendo a todos y uno no acaba de comprender cómo no se toman más drásticas medidas para evitarlos, tengan el origen que tengan. Bien demostrado queda que el reseñarlos y lamentarlos, no conduce a nada práctico.
Diario HOY, 28 de julio de 1984

domingo, 12 de noviembre de 2017

La tormenta del domingo


Desde luego el año meteorológico es de lo más raro que pueda darse. Tras de un invierno en el que ha llovido lo que no nos llovió en los tres años de sequía, al menos aquí en Cáceres, se nos presentó un domingo tormentoso, descargando una de las más terroríficas tormentas en la capital y alrededores que, aparte de dejar sin luz a muchos pueblos de esa zona, descargó un “tortazo” de agua sobre el campo —por si había poco con lo ya caído— y tuvo tal aparato eléctrico que en plena noche y casi hasta el amanecer, la iluminación a base de rayos, centellas y truenos eran tan continua que se veía como en pleno día. Era una tormenta como para verla desde el campo, ya que en la ciudad estas cosas se notan menos, o estar viajando en coche por esas carreteras de Dios y ver el vehículo circundado de rayos, centellas, chispas, aparte del tortazo de agua que no dejaba ver la carretera. Puedo decir que a algún conocido, que le cogió en estas circunstancias prefirió interrumpir el viaje y refugiarse en el pueblo más próximo a ver si cesaba el aparato eléctrico, que no cesó hasta casi la mañana ya que fue de las que se dan muy de tarde en tarde.
Ni que decir tiene que esta ha sido la comidilla o el tema de conversación de ayer, en el que no faltaba algún chusco que decía que era un castigo por lo mal que lo había hecho la selección española de fútbol, ya que el acontecimiento comenzó casi al finalizar la retransmisión del partido Había quien se lo tomaba en serio, ya que este fenómeno ha sido local, y hablaba de la peligrosidad de estos fenómenos sobe todo estando viajando con un automóvil.
Pues bien, uno que ha sido cazador y ha aguantado algunas, puede asegurar que el lugar más seguro es el propio coche donde, que se sepa, nunca ha caído un rayo sobre ellos. Al parecer hay una explicación científica, que no vamos a dar, por larga.
Diario HOY, 19 de junio de 1984

sábado, 11 de noviembre de 2017

La cremallera


Hay que ver lo olvidadizos que somos los humanos. Simplemente con un invierno prolongado al medio nos habíamos olvidado de lo agobiante que son los calores y éstos se nos han venido de golpe para recordarnos que, la pequeña sombra que da un árbol, al borde de un camino o una carretera, es un oasis de fresco del que nos habíamos olvidado. Las carreteras y los caminos se adaptan a cada tiempo y, aquellas viejas carreteras bordeadas de sombre de árboles son ya un recuerdo simplemente, porque ahora en estos tiempos no se recorren a pie o lentamente, sino con vehículos rápidos en los que, no fallando el motor, no se nota la falta de una sombra para tomar aliento. En los alrededores de Cáceres aún queda alguna de “estilo antiguo” con sus ancianos árboles bordeándola, como puede ser la de la Ronda de Vadillo, paso obligado y sombreado para los muchos estudiantes de Veterinaria, que bajan a la facultad a pie, o suben de ella, y que agradecen el que siga estando a la antigua usanza, porque no todos tienen coche y el ir por la otra, de trazado moderno, a pie, es como atravesar el desierto de Sahara.
Ya ven que también, cada época, tuvo sus inventos funcionales, como fueron aquellas viejas carreteras. No es que yo esté en contra de lo nuevo, sino que reconozco lo que lo viejo tuvo de útil y aún sigue teniéndolo. Por ejemplo, en el simple cambio de pantalones de invierno, por los de verano, les puede suceder el siguiente percance: como ahora sólo llevan cremallera, resulta que como se lavaron para guardarlos y no suele tenerse otros, la cremallera se oxidó y no sube. Imagínense el pequeño drama de un padre de familia que quiere estar fresco y que se encuentra en este caso: “¿Y si le diéramos grasa?”, sugiere la esposa, pero resulta que la grasa mancharía el pantalón. “¿Por qué no te pones un imperdible?”, señala en plan chusco uno de los niños… “¡Si tuvieran botones, como tuvieron siempre!”, dice el padre harto de no poder cerrarlos teniéndose que agarrar a los de invierno por no llegar tarde al tajo, en espera de que le pongan nueva cremallera.
Para que vean cómo nos olvidamos del verano y sus calores.
Diario HOY, 12 de junio de 1984

lunes, 16 de octubre de 2017

El juego de las siete y media


En los aspectos meteorológicos nuestra región se pasa la vida entre la abundancia y la escasez, con lo que queremos decir que aquí el asunto de la lluvia es tan difícil como lo es el juego de naipes conocido por “las siete y media”, en el que o te pasas o no llegas.
Nos suele pasar aquí, que estamos tres años sin lluvia y quejándonos de la sequía, y cuando se pone a llover lo hace de tal modo que corremos el peligro de ahogarnos, con la consiguiente alarma de que alguna presa se pueda venir abajo por exceso de agua, teniendo que alertar a los vecinos que ya estaban suficientemente alertados, en el sentido contrario de la escasez.
Como ven, es casi igual que el juego de naipes referido, del que decía Muñoz Seca: “Y el no llegar da dolor… pero ¡ay de ti!, si te pasas, si te pasas es peor.”
Aquí, al parecer, estamos comenzando a pasarnos y suele surgir el dicho, de contestación para todos, de decir que nuestro nombre, el de Extremadura, viene precisamente porque la nuestra es una tierra extrema y dura, o extremosa —que para el caso es lo mismo—, aunque la verdad es que no viene de ahí, sino de que era el extremo del reino de León.
Pero lo cierto y verdad es que Badajoz estuvo alarmado por los peligros que podría acarrear una nueva riada sobre la presa de “Peña del Águila” y Cáceres sigue pendiente y vigilante, en su presa del “Guadiloba”, porque de seguir este régimen de lluvia habrá que abrir las compuertas del pantano para evitar exceso de peso sobre la presa, y el agua, que escaseábamos hasta hace solo unos días, tenemos que tirarla, porque nos sobra. Y esto es sólo hablando de las dos capitales, ya que en muchos de nuestros pueblos siguen también con el mismo juego de o no haber llegad aún a tener suficiente para beber o pasarse de rosca, sin tener el beneficio de almacenamiento para ocasiones contrarias En definitiva, “Las siete y media”, con el peligro de pasarnos.
Diario HOY, 22 de noviembre de 1983

domingo, 15 de octubre de 2017

Las lluvias y la Casa de la Chicuela


Cada momento trae sus afanes y también sus peligros, porque el vivir, al decir de algún filósofo, es un peligro continuo. Tan largo “introito” viene a cuento de que todos estamos contentísimos con las llegadas de las lluvias a Extremadura y la situación de sequía se viene paliando, aunque como es lógico no suele llover a gusto de todos.
Ayer mismo un ganadero amigo mío me decía, comentando estas lluvias mansas pero continuas que vienen cayendo, que sería necesario que ahora dejara de llover unos quince días, porque resulta que, aunque la lluvia es buena para la sequía y para determinada clase de ganado, y aun para cultivos, no sé por qué razón, puede ser mala para el ganado lanar.
Otras personas se interesan porque no ha llovido lo suficiente para los pantanos y debería seguir lloviendo más, y sin parar, hasta fin de año, para enjugar el déficit que de agua tenemos en los tres años de sequía. Total, que si a las nubes pudiéramos ponerle una cadena, como a las cisternas de los “wáteres”, habría lucha para tirar o no tirar de ella ya que unos tratarían de dar el tirón y otros harían lo indecible por que no tocara nadie la cadena. Por eso lo mejor es que llueva cuando Dios quiera, que es la única forma en que todos estemos de acuerdo.
Pero en Cáceres capital hay un peligro que la gente viene señalando, en cuanto a que las lluvias se intensifiquen, cual es el que el medio desmontado edificio llamado “Casa de la Chicuela”, en una parte céntrica de Cáceres, por la que pasa mucha gente, a cuenta del reblandecimiento que puede producir la lluvia en esos momentos, pueda venirse abajo con el lógico peligro para los que por allí transita Este peligro existe también en otro edificio como es el Palacio de Moctezuma, pero paree ser que en ése hubo un apuntalamiento y su situación más aislada lo hacen más remoto. En el de la “Chicuela” no, y la gente pasa con miedo bajo los andamios que ahora tapan la medio arruinada o desmontada asa, ¿Hay alguien que pueda garantizar que aquello está lo suficientemente fuerte como para no venirse abajo? Por otro lado, ¿no ha pasado ya suficientemente tiempo como para decidir qué se va a hacer con aquello? Son estas preguntas que nos hacemos todos.
Diario HOY, 10 de noviembre de 1983

sábado, 7 de octubre de 2017

Un viejo cuento extremeño


Alguien ha llegado a afirmar que esto de la sequía no es un fenómeno anormal en España, sino que esta forma de llover —o de ausencias de lluvias en largas temporadas— es un ciclo normal que suele darse en nuestra patria cada determinado espacio de tiempo.
Yo no poseo estadísticas sobre ello, pero recuerdo la sequía, llamada pertinaz, que nos visitó en los años de postguerra, aunque con menos pertinacia que la actual, que va para tres años. Además, en una charla con mi sabio amigo, Ramón Morales, que entiende un rato de estas cosas, me proporcionó unos datos históricos que así lo atestiguan. Según él, en época del rey Carlos V, hubo tal sequía en la Península que muchas de las especies arbóreas que existían entonces desde antiguo, se perdieron, ya que dicha sequía tuvo una duración de siete años, y tras ella llegaron una serie de lluvias torrenciales que acabaron de estropear lo que no había estropeado la sequedad. Al parecer, ella fue el origen de desertización de mucha parte de Castilla, y sobre todo, la desaparición de unas especies de arbolados que no volvieron nunca a reponerse.
Desde luego, existe un hecho y es que en la época de la invasión romana, se decía que una ardilla podría llegar desde Punta Tarifa al Pirineo, sin poner el pie en la tierra, sino saltando de unos árboles a otros, cosa que hoy día es imposible aun suponer.
Lo malo de estos periodos de sequedad es que van acompañados de otros de lluvias torrenciales, con las consiguientes catástrofes que suelen acarrear y de las que pueden ser ejemplo lo que acaba de suceder en Holguera y Torrejoncillo.
No sé si esto es cierto científicamente, pero la tradición oral así lo recoge, a juzgar por el siguiente cuento extremeño que, en síntesis, paso a contarles:
“San Pedro es el jefe de las nubes que andan por los cielos, lloviendo aquí y allá, y es el que lleva estadística del trabajo que estas nubes realizan.
Estando en uno de estos recuentos, mandó entrar a las nubes para que le explicaran qué habían hecho: “Yo he estado lloviendo por Andalucía, dijo una de ellas; otra, un nubarrón negro y con barbas, confesó: “Yo he estado regando las cuatro provincias gallegas y hasta logré ahogar a una meiga que andaba revoloteando debajo mío con su escoba”; “yo estuve en Asturias, y como me quedaba agua de sobra, eché un riego a lo largo de toda la Cornisa Cantábrica” confesaba otra; “Pues yo fui a Cataluña y aunque les estropeé las fiestas de sardanas, les quedé bien regados los campos”, dijo otra. Otras más confesaron su estancia en Castilla, en Levante, en la Mancha, en León y hasta en Portugal, porque como está a un paso…
—“¿Y nadie se ha acordado de Extremadura?”, preguntó San Pedro y un silencio sepulcral siguió a su pregunta. “¿Y os parece bonito este olvido?”, continuó el santo, “¿que van a decir allí?” Pues bien, agregó, para subsanar este olvido, ahora os vais todas a regar Extremadura”… Y todas de golpe, y cada cual tratando de echar más agua que la otra, se nos vinieron aquí y nos inundaros los campos en un periquete.”
¿No tendrá algo de cierto este cuento tradicional?
Diario HOY, 11 de agosto de 1983

lunes, 2 de octubre de 2017

Nuestro urbanismo tradicional


Una de las cosas que más nos falla a los hombres es la memoria, pero no sólo de los hechos ocurridos, sino de lo que podríamos llamar sensaciones vividas de las que nos olvidamos totalmente.
En cuanto a la temperatura por ejemplo, hace menos de un mes que estábamos pasando frío y nos habíamos olvidado totalmente de lo que son los calores en Cáceres y ahora, de golpe, hace escasamente dos días, hemos entrado en ellos, volviendo a recordar cosas nimias que hacíamos otros veranos, y que ahora las teníamos totalmente olvidadas.
Son pequeñas cosas que no sé si ustedes hacen, pero que yo confieso que las hago, aunque parezcan niñerías. Se trata, por ejemplo, en el callejeo diario buscar la acera de la sombra; demorarse en alguna de ellas, porque corre aire; pararse ante la puerta de un viejo zaguán, del que sale un riquísimo fresquito y, además natural. Apetecerle a uno el estar bajo las viejas bóvedas de alguna de las pocas casonas tradicionales que van quedando, porque los alarifes antiguos supieron defenderse del calor mejor que lo hacen ahora nuestros arquitectos, con esas construcciones estándar en las que no se contempla el entorno climático en el que se van a instalar.
Cierto que ahora estas cuestiones se resuelven poniendo aire acondicionado, pero ello es un despilfarro del progreso, que ha ido por donde no debería haber ido, ya que lo lógico hubiera sido estudiar y evolucionar las soluciones tradicionales, como esas de las bóvedas, los amplios muros, y aun las calles estrechas donde el sol no entra. En definitiva, que los albañiles antiguos eran más urbanistas que los actuales que lo solucionan todo con la facilidad del aire acondicionado o la calefacción, sin tener en cuenta que estas son soluciones carísimas a la larga. Ahora se construye así, sin pies ni cabeza.
Un ejemplo de lo que decimos, un mal ejemplo, es el Edificio de Servicios Múltiples, copiado de unos urbanistas nórdicos que lo hicieron para un país falto de luz, pero que puesto aquí en Cáceres, se mantiene a base de aire acondicionado en verano y calefacción en invierno y se convierte en un verdadero infierno, cuando el presupuesto no llega ni para uno ni para otra.
Hemos perdido la tradición de nuestros urbanistas, que la hubo y que construían con arreglo a unos cánones más lógicos. A mis manos ha llegado un libro sobre la construcción de ciudades y edificios en la América española. En él se demuestra que todo estaba estudiado y pensado para el entorno climático de cada ciudad. Se indica cómo deberían ser estas ciudades, con una amplia plaza para la convivencia social donde sólo habría edificios públicos. Habría calles anchas para el tráfico pero también estrechas para evitar el calor a los ciudadanos de a pie… en fin, todo está medido, pensado y decretado desde el centralismo de aquel entonces —que era más lógico de lo que pensamos—. Era un urbanismo tradicional que inventamos los españoles y que ahora hemos olvidado por imitar a otros. Muchas de las ciudades de América son hoy día un ejemplo de lo positivo del mismo.
Pero como todo es relativo, diré que en Coria hubo un ciudadano llamado de apellido Tato, que cuando más calor hacía se paseaba por el sol, y si alguien le preguntaba, decía: “Estoy refrescando mi casa, porque ahora entro y la encuentro fresquísima…”. En fin, que todo es conformarse.
Diario HOY, 12 de junio de 1983

domingo, 17 de septiembre de 2017

Los antiguos “pozos de la nieve”


La noticia reciente ha sido la intensa nevada caída sobre Cáceres, que cuajó hasta el extremo de que los “más antiguos del lugar no recuerdan otra igual”. En esto también hubo equivocación de los meteorólogos, que anunciaron que para el  sábado y el domingo seguiría cayendo nieve, y la verdad es que el sábado salió un día de cielo limpio y con un sol que se las vio y deseó para deshacer la nieve ya helada, sobre todo en el pavimento, que suponía un peligro para los viandantes.
No es habitual tal cantidad de nieve sobre nuestro suelo, como tampoco su persistente permanencia sobre él. Ello nos recuerda una vieja práctica de la que los cacereños actuales tenemos poca noticia, pero que, por lo que he leído sobre cosas históricas de la ciudad, puedo darles alguna idea.
Se trata de los llamados “pozos de la nieve”, que solía haber en muchas poblaciones y que desde luego existieron en Cáceres, hasta el punto de que por esa antigua documentación de que les hablo, el que hubo en nuestra ciudad estaba situado en las proximidades de la actual plaza de toros; creo yo que sobre el terreno donde está ahora la calle Belchite o en alguna otra salida de la carretera vieja del Casar.
Tengo idea que estos “pozos de nieve”, que yo sepa, hubo en Guadalupe —anejos a lo que se llamó “La Botica del Monasterio”— y en algunos otros pueblos más de Cáceres; posiblemente en muchos.
La nieve se traía en carros hasta ellos, mezclada aquélla con paja para que se conservara, y se la apisonaba en el pozo, donde se tenía principalmente para utilizarle como medicamento o para enfriar éstos; creo que hasta se despachaba mediante recetas oficiales.
Es de suponer que en los sitios donde había cumbres nevadas próximas el mantener el pozo lleno era más sencillo, pero habrá que imaginar las dificultades para mantenerla en Cáceres, donde la nieve debería traerse como puntos más próximos de las sierras de Hervás, perdiéndose gran cantidad de ella en el transporte. Pues bien, así y todo, según la documentación de la que les hablamos, esta nieve solía mantenerse durante todo el año.
Diario HOY, 13 de febrero de 1983