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miércoles, 31 de enero de 2018

A favor de los niños


También los niños de Cáceres precisan que rompamos una lanza a favor de los que han sido, hasta hace poco, sus personajes favoritos y que, de aquí en adelante, han quedado “secuestrados” como sucede con los industriales vascos (en el juego incomprensible de los mayores, que no acaban de comprender del todo los niños). Nos referimos a esos personajes de la ficción de comic, que viven en la imaginación de todos los niños (de dos a setenta años) y que atienden por los nombres de “Carpanta”, “Mortadelo” y “Filemón”, “Zipi y Zape”, “Pepe Gotera” y “Otilio” y algunos más, que eran personajes netamente españoles, creados por el ingenio de los dibujantes Escobar, Ibáñez y algunos otros, y que al desaparecer la Editorial Bruguera, o ser traspasada (que esto es lo de menos) han quedado “secuestrados” por los compradores de la editorial, o por la editorial misma, que no permite que sus creadores —los mencionados dibujantes— puedan volver a utilizarlos. Hay una reclamación y unos pleitos, pero el hecho real es que de los quioscos de Cáceres han desaparecido los héroes de la historieta que tantos seguidores tienen: “Mortadelo”, “Carpanta” y compañeros mártires (porque los han llevado al martirio de no poder verlos impresos).
Yo no entro en nada del pleito entre los dibujantes, creadores y la editorial o sus compradores, lo que sí digo es que hay dos aspectos que deberían contemplarse en ese pleito: uno, el de que los personajes autóctonos que nuestros niños tenían, debidos al ingenio español, sean sustituidos por los multinacionales “Mickey”, “Donald” o “Asterix”, lo que no deja de ser una colonización intelectual y otro el de que esos personajes no eran de nadie: ni de sus creadores, ni de la editorial, sino del pueblo que se divertía con sus gracias, y al que también habría que escuchar en este “pleito”. Los niños cacereños de dos a setenta años así lo esperan.
Diario HOY, 7 de noviembre de 1986

martes, 3 de octubre de 2017

Nuestros juegos infantiles


Es indudable el antiquísimo origen de algunos de los juegos y canciones infantiles hoy al uso. Es ésta una cosa en la que no solemos parar mientes, pero que nos asombra cuando alguien nos da algún dato sobre ello,
Los juegos en general son de origen muy antiguo. No podemos negar que el juego de dados se jugaba ya en época romana y anterior, hasta el punto de decidirse  que la túnica de Cristo se la jugaron los soldados romanos a los dados. Del juego de la “Oca” se ha dicho que es un juego cabalístico que parte de la leyenda del Minotauro, pero no vamos a irnos tan lejos, sino a centrarnos principalmente en los juegos y canciones infantiles que todavía hoy están al uso.
La canción conocidísima de “Mambrú se fue a la guerra”, que aún cantan nuestros niños tiene unos orígenes también remotos. Para algunos, el tal personaje “Mambrú” fue el primer caído de las Cruzadas, aunque su verdadero nombre era Marlborough, que nosotros castellanizamos en el “Mambrú” actual. Otros estiman que el origen es menos remoto y se refiere al duque de Marlborough, descendiente del anterior, al que se le dio por muerto en una guerra en 1700… En fin, de todos modos el origen de la canción, aun a pesar de las transformaciones y vulgarización del nombre, es de origen remoto, aunque nuestros niños al cantarla no lo sepan.
Igual podríamos decir de los juegos infantiles que suelen imitar modos y modas de prácticas que hicieron los mayores. No habrá que explicar lo de los juegos de “policías y ladrones”, porque su mismo nombre indica el origen, pero hay o ha habido hasta hace poco en Cáceres un juego que para mí, y para alguna otra persona a la que he consultado, tiene su origen en la “trata de negros”, en las redadas que en el continente africano hacían muchos de nuestros nobles, que se dedicaban a este saneado negocio y que quedó “reseñada” en el juego infantil cacereño conocido por “Hilo negro”.
Este juego es una especie de “escondite” jugado entre dos partidas de chicos, en el que unos se esconden y otros los buscan. Entre los buscadores va uno al que se llama “el cabecilla”, que conoce el lugar de escondite de los otros, pero que no lo revela. Los buscadores van diciendo el sonsonete: “Hilo negro”, al que el “cabecilla” responde: “Más alante”, hasta que alguno de los buscadores dice: “¡Alto mi cabecilla!” y comienza a hacerse la búsqueda de los escondidos,
Alguien me señaló en tiempos que el juego era una imitación de cómo solían apresarse los negros para la esclavitud, y que lo que el grupo de chicos dijo en principio no era “hilo negro”, sino la frase interrogante de: “¿Y los negros?”, que luego se transformó, por uso, en la otra
De ser así, el origen del juego es antiguo, y nuestros chicos no hacían más que imitar, jugando, lo que nuestros antepasados hacían para llevar mano de obra barata a América.
Es, si ustedes quieren, una nimiedad, pero lo suficientemente curiosa como para hablar de ella. Posiblemente éste y otros juegos infantiles cacereños se han perdido, como se perderán los pocos que quedan, sobre todo a cuenta de la televisión y otros entretenimientos que anclan la imaginación de nuestros muchachos.
Diario HOY, 15 de junio de 1983

domingo, 1 de octubre de 2017

“Los Gorgoritos” como antídoto


Todo es relativo en esta vida y resulta que con la promoción “formativa y cultural” (así entrecomillada) que algunas salas de cine nos vienen dando, la gente ha dado en decir que “El Teatro Chino” —que tenía antes fama de procaz— se ha convertido en algo soso, en una especie de “espectáculo blanco”, apto para ursulinas de las de antes.
Vea si no algunos de los títulos que nuestros cines ofrecen en el deseo de esa culturización del pueblo que debe saber de todo: “Las viciosas y la menor”, “Con las bragas por el suelo”, “Orgasmo caliente”, “Violencia en las calles”, “Las calientes noches de Calígula” y un sinfín de títulos más —que se dan a diario en nuestra cartelera— que estamos seguros que van dirigidos a reprimidos y gentes inmaduras, ya que cuando tanto insisten en ellos por algo será.
No es que uno se desgarre las vestiduras porque esto suceda, lo que sí hay que decir es que esta “cultura” se ha puesto a niveles económicamente débiles, y ya no hace falta viajar a Francia, como en la oprobiosa dictadura, en la que sólo unos privilegiados tenían acceso a esos caros viajes para ver en alguna ciudad francesa fronteriza cosas que aquí, en una capitalita de provincias como la nuestra, puede ver cualquier que tenga unos duros en el bolsillo. Ustedes recordarán aquellas excursiones a ver “El último tanto en París”, pues ya no hace falta tanto gasto, puesto que cosas “mucho más gordas” se ven en las pantallas propias.
Pero esto ha traído como consecuencia el que los espectáculos que antes considerábamos como “fuertes”, caso del Teatro Chino, se nos hayan quedado atrás y desfasados… Aunque a decir verdad, yo pienso que las gentes normales comienzan a estar un poco hartas de tanta “verdura” sin pies ni cabeza.
Les confieso a ustedes que yo prefiero las “Marionetas de Maese Villarejo”, y creo que mucha gente mayor también a juzgar por el éxito que entre los grandes —no sólo los niños— tienen estas sesiones feriales en las que “Gorgorito”, la bella “Rosalinda” y la malísima bruja “Ciriaca” derrochan imaginación e ingenuidad, que en cierto modo viene a lavar la mancha que en la conciencia nos queda tras esas sesiones de “cine porno” que en la mayoría de los casos no tienen ni pies ni cabeza.
Diario HOY, 1 de junio de 1983

lunes, 21 de agosto de 2017

Los viejos lugares de baño de los cacereños


Anterior a la proliferación de piscinas en Cáceres, donde las hay de tipo público y aun privado en la actualidad, para dar y tomar, ya que la mayoría de los chalet más o menos próximos cuentan con las suyas, instaladas con las garantías de depuración que se exigen en el momento, yo he conocido el Cáceres ayuno de piscinas públicas y privadas, donde la juventud de aquel entonces, cuando apretaban los calores, buscaban cualquier charco para remojarse en plena canícula.
Ni que decir tiene que en ellos no había las garantías sanitarias que hoy se exigen, ni el permiso paterno y familiar que hoy se concede. Sucedía que los chavales de entonces, sin que sus familiares lo supieran, se iban a remojar —y a veces a ahogarse— donde buenamente podían y luego tenían que disimular, hasta embarrarse con tierra o arena para que en casa no se notara que habían estado en tan peligrosas prácticas, porque aquí —todo hay que decirlo— había bastante miedo al agua y la mayoría de los cacereños de la capital no sabían nadar, o nadaban mal, en aquel entonces.
Entre los puntos próximos más utilizados entonces, figuraban las charcas o abrevaderos de ganado: la del Rodeo, la Musia, la Charca de la Bala, la del depósito de aguas del Vivero, que se llenaba con un molino de viento muchas de ellas desaparecidas ya.
Entre las que pudiéramos llamar de agua corriente, figuraba “El Marco” y el “Charco del tío Pepe”, en las inmediaciones de Fuente Fría, o los zonches que tenían las huertas para otros usos, que también se utilizaban para esto, entre los que figuró como más famoso el “Zonche Villegas”, frente a la gasolinera “Temis”. También estaban los depósitos de agua de las minas de Aldea Moret, entre los que era famoso “El cuatro”.
Más lejos estaban los Barruecos, en Malpartida, o los charcos que quedaban en el Guadiloba, pero eran más para la excursión dominguera, como lo eran los del Salor, por “El Galindo”.
En fin, que el darse un remojón entonces tenía sus visos de aventura y hasta el regusto de hacer algo prohibido. Muchos de mis lectores recordarán aquello y podrán apreciar lo que va a de ayer a hoy, transformación ocurrida en menos años de lo que podría pensarse. Hoy es raro el cacereño que no tiene el bono de piscina o hasta piscina propia y desde luego, ahora lo raro es no saber nadar, aunque siga ahogándose la gente.
Diario HOY, 13 de julio de 1982

lunes, 7 de agosto de 2017

“¡¡Trébol pa los borregos…!!”


Una noticia que no debe pasarnos desapercibida es la de que ha bajado, cosa insólita en estos tiempos, la carne de cordero pascual. Tomando pie de ello diremos que nuestra tierra ha presumido siempre de tener buenas carnes de cordero y hasta ser ésta una de las carnes tradicionales para nuestros platos típicos como pueden ser el frite y la caldereta, platos autóctonos y riquísimos que son una verdadera delicia para el paladar.
Yo no sé si la tradición del cordero, y el consumo de su carne, es mora, judía o cristiana, porque quizás eran carnes que consumían de tradición las tres religiones y razas que convivieron más de ochocientos años en nuestro suelo.
Es más, recordamos todavía la tradición del “borreguito pascual” que no hace tantos años se solía comprar a los pequeños de las familias cacereñas para que disfrutaran del animalito, sacándole al campo a comer y encariñándose con él, para luego, en la Pascua, o en el día de la Montaña, ponerle el “Collar colorado” (como solía llamarse al proceder a su mate) y que sirviera de comida familiar en la excursión campestre o romería de toda la familia.
Para los pequeños, la muerte del cordero solía ser un “día de luto” y algunos se negaban hasta a comerlo, pero los días anteriores eran de suma alegría, y hasta había vendedores ambulantes de trébol para alimentarlos que recorrían las calles con su cantinela de “¡Trébol pa los borregos!”. Los campos cercanos a Cáceres se llenaban de familias que aprovechando el tiempo primaveral salían a merendar todas las tardes a ellos poniendo como pretexto el darle de comer al borreguito.
Hay otras tradiciones que se relacionan precisamente con el ganado ovino, ya que la Mesta debió centrarse principalmente en la bajada de estos ganados a Cáceres, hasta el punto de que la Iglesia parroquial de San Juan se llamó en principio “San Juan de los ovejeros”, porque fueron estos ganaderos los que la crearon, y hasta ahora pueden verse en la actual iglesia una serie de gárgolas o canalones de piedra que tienen precisamente la forma de ovejas o corderos y recuerdan el origen ganadero de la fundación de esta iglesia cacereña.
Ello nos vincula precisamente a estas tradiciones ovinas, que son oportuno recordar en estas fechas.
Diario HOY, 21 de marzo de 1982

NOTA.-  Agradecemos la cesión de las dos fotos en las que se ven niños. La primera (cuatro niños), cedida por D. Antonio JIménez tomada el 17 de abril de 1960, siendo su esposa la primera niña de la izquierda.- La segunda foto (dos niños), cedida por D. Luis Montes Quijada, en la que aparecen D. José Solana y su hermana. A todos ellos, ¡gracias por su aportación!

jueves, 27 de julio de 2017

Contar con los niños


Aunque el tema parezca nimio, la preparación de los Reyes Magos es más importante de lo que pueda parecer a primera vista. En ella los niños deben tener “voz y voto” y los mayores acatar sus decisiones. Tan importante es el tema que, entendiéndolo así los comerciantes avispados de esta sociedad de consumo en la que vivimos, ha comenzado ya su mentalización del niño a través de la pequeña pantalla, pero no ofreciéndoles lo mejor, ni lo que ellos desean, sino “comiéndoles el coco” (como se dice ahora) para que pidan —y sus padres compren— lo que a ellos les interesa vender. A mi esto —con todos los respetos para la sociedad de consumo— me parece un juego sucio de la industria del juguete y le veo poca solución porque, dígame, ¿cómo cerramos la “tele” a los pequeños en estos días de vacaciones, o cómo luchamos contra la “mentalización” que sus anuncios suponen? En fin, que el pobre niño acabará tragando lo que no quiere, como le va a suceder después en la vida “de mayor” con otras tantas cosas.
Otro problema que se plantea —dejando ese sin solución— es ¿cuándo le damos los juguetes, en las fechas tradicionales o en las de fin de año? Aquí hay opiniones para todos los gustos. Hay familias que siguen la tradición de los Magos y los juguetes se dan en la noche del 5 al 6, pero hay que reconocer que la vacación escolar termina con el día de Reyes, y por tanto el disfrute de esos juguetes va a ser mínimo, por lo que otras familias han optado en darlos la noche de fin de año, dejando así a los niños unos días para disfrutar de ellos. Son problemas nuevos que en nuestra infancia no se nos daban, pero que hay que tener en cuenta, porque la sensibilidad del niño es grande y la “bendita inocencia” hay que cuidarla porque cada día es más escasa.
Por otra parte hay que reconocer que ahora, en esta sociedad actual, casi todos los días son “de reyes” porque el niño recibe más juguetes que entonces, y la ilusión —por aquello de que la privación es causa del apetito— es menor.
Recordando la infancia vivida en mi época, diré que la ilusión era mayor y nos conformábamos con cualquier juguete, no importándonos si nos lo daban antes o después, porque en la mayoría de los casos, tras disfrutarlos el día de Reyes, nos lo guardaban para ocasiones muy importantes. Pero la sociedad y el mundo evoluciona y lo que antes no se tenía en cuenta ahora debe tenerse, por lo que planteamos todo este “dilema” para los padres que aún creen en la inocencia de sus hijos y quieren seguir conservándosela.
Diario HOY, 30 de diciembre de 1981

miércoles, 19 de julio de 2017

Lucas, su casco y su corneta


Cuando yo era muchacho nos solíamos reunir en el “Rodeo” —que entonces era más campo que ahora— los niños de las calles Hornos, Fuentenueva, Soledad, Colón y alguna otra, para pelearnos a cantazos. No es que fuéramos enemigos, sino que éste era un juego infantil más en el que, dejando aparte algunas descalabraduras, a las que llamábamos “piteras”, lo pasábamos en grande. Los dos más destacados “líderes” del grupo “echaban pie” e iban eligiendo por turno a los contendientes para formar dos grupos. El único que se negaba a ser elegido era Lucas, que se declaraba neutral, pero no es que Lucas fuera un “pacifista”, sino que a Lucas le habían regalado un “casco de soldado”, de cartón piedra, y una bocina de un viejo coche, de esas que dan dos vueltas, a la que había quitado la pera de goma y la usaba como corneta, y quería lucir todo aquello. Una vez que los dos grupos se “alineaban” para la pelea, Lucas se ponía en medio y nos decía: “Que nadie lance una piedra hasta que yo toque la corneta, como en las luchas legionarias.” Y, en efecto, nada más que Lucas había tocado su corneta todas las piedras de los dos bandos caían sobre él, con el lógico “jolgorio” de los dos grupos y la desesperación del propio Lucas que se enroscaba en el suelo y al que no abrimos más de una vez la cabeza gracias al casco de cartón-piedra. A Lucas se le pedía perdón, se le decía que no volvería a suceder aquello, que no se le había entendido bien, y volvíamos a convencerlo de que volviera a tocar la corneta entre los dos bandos, para volver a repetir la faena y verle retorcerse en el suelo llamándonos de todo… y con razón.
Mientras le duró a Lucas el casco y la corneta no hubo forma de convencerle de que fuera “contendiente” de uno de los dos bandos, ni hacerle desistir de su protagonismo neutralista, ni de que dejara el casco y la corneta, hasta el punto de que cuando ahora le veo, hecho ya una persona mayor, recuerdo con él el caso y pienso que hasta vive de milagro… Es más, muchas veces he pensado si, ahora que nuestras Cortes están decidiendo si entramos o no en la OTAN, no están nuestros políticos jugando el mismo juego de “echar pie” y elegir bando, y hasta si alguno de ellos piensa que es mejor calarse el casco de cartón-piedra y hacer del “Lucas” de mis juegos infantiles…; y es que, oiga, con como niños.
Diario HOY, 30 de octubre de 1981

miércoles, 5 de julio de 2017

Los “huesos de las perdices” y las narices propias


Yo no sé si ustedes recuerdan la terminación de los cuentos infantiles, “cuentos rosas” casi todos, en los que los protagonistas, tras de pasarlas moradas en el transcurso de la narración, que solía tenernos en vilo, acababan “felices y comiendo perdices y dándonos a nosotros con los huesos en las narices”. Yo, que era un niño bueno, cuando me contaban algún cuento que, indefectiblemente, solía tener la misma coletilla final, solía alegrarme mucho de la felicidad de lo protagonistas, pero me molestaba el que para que esa felicidad fuera completa tuvieran que tirarnos a las narices de los que escuchábamos los susodichos “huesos de las perdices”, que ellos se comían tan ricamente. No solía yo encajar muy bien ese final, quizás porque no sabía que la felicidad de algunos tenía que ser comparativa con el dolor de la narices de otros que, viéndolos comer perdices sin que les invitaran, ya deberían quedarse bastante doloridos, como para aguantar además impacto huesiles en su apéndice nasal… En fin, que no me explicaba yo muy bien qué tenían que ver las narices ajenas con la felicidad del que come perdices.
Pero andando la vida uno acaba enterándose de que, en todos nosotros, hay un complejo comparativo por el que la felicidad no es tanta si no suscita un poco la envidia de los otros. Es como quien dice la teoría de la relatividad, que tendría una constante que sería: “A mayor infelicidad de los demás, más felicidad mía”, cosa que no siendo justa es cierta, porque así somos los humanos, ¿Ustedes no han parado mientes en lo a gusto que se está en la cama, oyendo llover o tronar en la calle, mientras uno se emboza y piensa: “anda, que los que estén por ahí fuera las estarán pasando moradas”…? Parece que uno es más feliz sabiendo lo mal que lo pasan los otro… Pero dejemos filosofía aparte y vayamos a lo que les quería decir. Precisamente con la llegada del verano se han prodigado  los acondicionadores de aire, que dan el fresquito para dentro pero al par echan un vaho insoportable de aire caliente —como salido del infierno— hacia la calle, que suele caernos en pleno rostro a los que no tenemos más remedio que andar por ella. Supongo yo que los instaladores podrían dirigir ese chorro insoportable hacia las alturas y no hacia el acerado… pero entonces faltaría lo que dijimos al principio, porque ese chorro insoportable son los “huesos de las perdices” que tienen que darnos en las narices a los de fuera, para que se sientan más a gusto los de dentro… ¡Vamos, digo yo!
Diario HOY, 23 de junio de 1981

martes, 4 de julio de 2017

Las primeras piscinas

(Incluida en el libro “Ventanas a la Ciudad”)
La primera piscina que hubo en Cáceres la creó el Club Deportivo Cacereño en el Espíritu Santo. Me estoy refiriendo a la primera piscina “oficial” llamada así. Por supuesto que entonces no tenía depuradora, sino una simple ducha a la que se obligaba a entrar el “socio” antes de bañarse; contaba también con una barra para hacer gimnasia y unos vestuarios masculinos y otros femeninos, porque, como se creó en el mismo año 1936 o finales del 35, en plena República, no había los “tiquismiquis” de separación de sexos en el baño que luego fueron habituales. Asimismo, la piscina tenía su poco de bar, y las muchas familias que entonces eran socios se pasaban las tardes y parte de las noches en ella en los días calurosos de Cáceres como los que ahora estamos disfrutando.
Cuando estalló la Guerra Civil y los directivos del club tuvieron que marchar a un frente u otro, aquello quedó como sin dueño y a alguien se le ocurrió la solución de “donarla”, regalarla o requisarla para el Frente de Juventudes y como piscina del Frente de Juventudes se ha conocido hasta que ha dejado de existir, aunque lo único que puso allí el Frente de Juventudes fue el recoger lo que le daban.
También por esas épocas hubo una piscina infantil hecha en la misma rivera del Marco (sí señor, donde ahora van las aguas fecales), al lado mismo de la Fuente de Concejo. La piscina fue municipal y consistía simplemente en un represado del regato del Marco, casi debajo del puente de Fuente Concejo, donde los muchachos de aquel entonces se chapuzaban en poca agua, que, por cierto, estaba llena de sanguijuelas. Se decía que las aguas fecales (ya que entonces aquello no estaba canalizado) vertían un poco más abajo de la “piscina” que tuvo más bien una vida corta.
Aparte de estas piscinas “oficiales”, estaban el “Zonche Villegas”, de tipo particular, así como “El Cuatro” y las de Aldea Moret, que eran depósitos de agua de la Unión Española de Explosivos; existían, el propio “Marco”, la Charca Musia, la del Rodeo, “el charco del Tío Pepe” y pare usted de contar..., porque si uno quería irse a bañar tenía que desplazarse lo más cerca, al Guadiloba o al Salor y eso no era para todos los días.
Ni que decir tiene que los muchachos de aquel entonces nos íbamos a bañar a cualquiera de estos sitios, pero sin autorización paterna, por lo que para que nuestros mayores no notaran que lo habíamos hecho, al salir limpios del baño nos rebozábamos en la tierra para que en casa no notaran nuestra limpieza, lo que no dejaba de ser un contrasentido.
Diario HOY, 16 de junio de 1981

jueves, 29 de junio de 2017

El juego de las estatuas


Recordaba yo cómo nos entreteníamos en mi barrio cuando éramos pequeños, muy pequeños, jugando al “juego de las estatuas”. Consistía en agarrarnos de las manos y dar remolinos muy deprisa hasta que el que dirigía daba un grito y, soltándonos, salíamos despedidos para quedar totalmente quietos unos segundos, según caíamos —como los perros “puestos”— imitando a cualquier estatua que hubiéramos visto. El que dirigía elegía el que él estimaba el mejor, que pasaba a ocupar su puesto de dirigente y continuaba el juego hasta el aburrimiento. Mejor dicho, en mi barrio no había ocasión de ello, porque un tal Rosendito, que tenía fama de bruto y tonto, cuando le apetecía y aprovechando la quietud de los demás, largaba un par de bofetones a los que tenía más próximos, con lo que el juego acababa en batalla campal.
Estaba yo contando esto a un grupo de amigos, cuando nos llego la noticia del acuerdo que, en pacto y parto común, habían tenido nuestros partidos políticos sobre lo de parar todos los españoles unos segundos el día 12 a las doce en “rogativa” por que desaparezca el terrorismo y se arreglen las cosas. Paco, que es un ingenuo que no se entera de la “evolución”, peguntó: “¿Y por qué no habrán acordado unas rogativas a algún santo como se hacía antes?”. La sapiencia de Antonio Belvedere le respondió: “Pero hombre, ¿cómo quieres que un cúmulo de ideologías tan dispares puedan acordar algo así? ¿Es que no te has enterado que ya no somos un estado confesional y que el rezar a un santo sería una antigualla? Han tenido que elegir una especie de rogativa laica, que todos puedan aceptar.” “Pues mira, a mi —insistió el otro— me parece mejor un Padrenuestro que un minuto de silencio.” Belvedere, que es un demócrata, le dijo: “Tú si quieres aprovecha el silencio y reza lo que te parezca, pero no vas a obligar a los demás a que lo hagan.”
En fin, que Paco y alguno más han quedado en rezarle a Santa Rita, y unos opinaron de un modo y otros deforma distinta, aunque no teniéndolas todas consigo sobre la eficacia del “paro laico comunal”. Yo, ligando una cosa a otra, me di en pensar: “¡Mira que si en estos momentos aparece el Rosendito de turno!”… En fin, que quizás uno prefiere aquello de: “A Dios rogando y con el mazo dando”, pero allá cada cual con sus ideas.
Diario HOY, 8 de mayo de 1981

sábado, 24 de junio de 2017

Mi “hija”, la acacia del Perejil


Dicen que lo de la “Fiesta del árbol” nació en Cáceres, aunque luego nos quedáramos sin ella y aún sin el recuerdo de cómo se hacía o cómo se inició. Se nos ha dado muchas veces el caso de que cosas nacidas aquí han rebasado el nivel local o provincial y cuando han arraigado fuera hemos perdido hasta la noción de que aquí fueron “inventadas”. No recuerdo exactamente de qué escuela o de qué maestro cacereño partió la idea de hacer “la fiesta del árbol” para encariñar a los escolares con la propia naturaleza y lograr que se sintieran en cierto modo unidos a ella por un lazo de afecto. Ahora que se habla tanto de ecología, estos pequeños vínculos se han olvidado. Entonces —pienso yo— se hacía más y se hablaba menos. Lo que sí recuerdo era cómo se realizaba aquí la aludida “fiesta” anualmente, porque yo era escolar por aquel entonces. Cada niño plantaba un árbol y se le mentalizaba en la “obligación moral” de cuidar de él hasta que fuera grande. Unos años tocaba un paseo y otros años otro. La fiesta —en la que dicho sea de paso lo hacían casi todo los jardineros municipales— se reducía a que el niño sujetaba el plantón de árbol, mientras se procedía a su implantación y prácticamente se comprometía a “defenderlo”. Después había una merienda para los escolares y cada cual presumía de su árbol, y, si no todos los días, de vez en cuando pasaba a ver cómo iba su “hijo vegetal”, al que defendía del ataque de otros niños y hasta regaba, si llegaba el caso.
Recuerdo yo que, por ese sistema, yo soy “padre espiritual” de una de las frondosas acacias que existen en el paseo del “Peregil” que ahora se llama de “Las Delicias” y muchas veces, en mi niñez, adolescencia y madurez, he pasado a “visitarla”. La verdad es que mi acacia me ha salido un poco “respondona”, porque como resulta que soy alérgico al polen de estos árboles, en alguna de estas visitas me ha proporcionado unos picores nasales que han convertido la posible conversación paterno-filial en un monólogo de estornudos por mi parte, en los que en ocasión me he dado hasta algún cabezazo contra ella. Son los disgustos que proporcionan los “hijos” y yo se lo perdono porque creo que lo hace más bien por broma, como algunos niños lo hacen con los polvos de “pica-pica”… Pero esto aparte creo que aquellas “fiestas del árbol” tenían mucho más de positivo que de negativo y que, de algún modo, a la juventud actual los deberíamos encariñar también con nuestros “hermanos los árboles”, con lo que habría bastantes menos incendios forestales y un respeto mayor a nuestro entorno natural del que dependemos.
Diario HOY, 7 de abril de 1981