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sábado, 10 de febrero de 2018

El gato y el cascabel


La cosa no es nueva y hasta estoy por decir que es conocida de casi todo el mundo: la mendicidad es un negocio, aunque a veces sea el único negocio que no paga impuestos y se permite en una sociedad con casi tres millones de parados. De ahí, pienso yo, que viene la permisividad que ahora se tiene con los mendigos, agarrándose un poco a que, democráticamente, a nadie se le puede privar la libertad de pedir socorro a los otros, ni a los otros de darles el socorro pedido. Pero de ahí a convertir la mendicidad en un negocio permitido, sólo hay un paso.
Todos sabemos que las familias de mendigos portugueses que ahora están en Cáceres tienen un negocio itinerante, con furgonetas en las que viven y viajan, y que se suelen distribuir diariamente por la ciudad para, adoptando posturas menesterosas, poner el cartel y, al final de la jornada, recoger el dinero de todos, recontarlo y llevarlo a una entidad bancaria de donde irán tirando de él según necesidades. Lo que dice el cartel de que “estoy parado, tengo tantos hijos, etc” es sólo verdad a medias ya que no van a poner: “vivo de pedir, soy un profesional y tengo que alimentar a una familia”. Lo que yo no sé es si, no teniendo la nacionalidad española, pueden venirse a España a montar este negocio cuando aquí tenemos nuestros propios mendigos.
Luego está el mal trato a los niños mendigos por parte de sus padres. La Policía Municipal recoge un caso escalofriante sucedido con una niña a la que el padre obliga a llevar una determinada cantidad de dinero a casa y si no la maltrata, causándole lesiones, como pudo comprobar un médico que recogió a la niña y pasó a reconocerla.
Hay entidades de caridad y socorro y creemos que hay una legislación –aplíquese o no— por la que no puede maltratarse a los niños ni obligarles a la mendicidad. ¿Pero quién le pone el cascabel al gato?
Diario HOY, 18 de febrero de 1987

lunes, 29 de enero de 2018

Agarrarse a la experiencia


Confiesa nuestro alcalde, con toda sinceridad, que no tiene solución a corto plazo para evitar la proliferación de mendigos callejeros. Y no es que no haya sentido inquietud por el tema, ya que hace tiempo encargó, mediante concurso, a unos sociólogos un estudio sobre el asunto y suponemos que lo que el alcalde esperaba es que el estudio aportara alguna solución para paliar el problema. El estudio se hizo, y las soluciones que propone son de “Pero Grullo”, pero tampoco aplicable al tema y al momento, que uno acaba pensando que lo mejor era no haber gastado tiempo y dinero en dicho estudio. Para que se den una idea, diremos que entre ellas figura el proporcionarles puestos de trabajo, viviendas y escuelas a los mendigos y a sus hijos. Es, sin duda, la solución ideal, pero no la posible en esos momentos para un Ayuntamiento que tiene un censo de parados (no mendigos) importante, muchos de cuyos vecinos (no mendigos) carecen de viviendas y muchos de los hijos de éstos de puestos escolares adecuados. Igual podría haber dicho el estudio que se les proporcionara coche y chalet a los mendigos y no hubiera dicho ninguna tontería, si todo ello lo miramos bajo el prisma de los ideales y no de las realidades, que era lo que el dicho estudio debería haber contemplado.
Hoy día tenemos muchas cosas así, en las que se gasta dinero a manos llenas pero que luego no sirven para nada. Yo diría que estamos malgastando la experiencia que se acumuló en generaciones anteriores y, por ignorancia o por orgullo (que sería peor) no queremos aplicarla Peores momentos que los de ahora se pasaron (aquí en Cáceres) en la posguerra y en los llamados años del hambre.
Todavía creo que haya muchas personas vivas que se acuerden de todo aquello y de cómo se palió, en lo que se pudo, hasta que llegó el momento de “las vacas gordas”.
Diario HOY, 12 de octubre de 1986

domingo, 21 de enero de 2018

Una feria tercermundista


Yo me crié en una España tercermundista. En mi infancia había por la calle el gitano o el húngaro (que luego no lo era), que llevaba una cabra que hacía equilibrio sobre un tocho de madera, y un burro que contaba con la cabeza; hasta recuerdo los nombres: “la cabra Lola y el burro Basilio”. También llevaba un mono y en algunas ocasiones traían hasta un oso. No había confort en aquella España de mi infancia, eso vino después. Lo que sí había era niños en edad escolar tocando la trompeta y haciendo títeres por la calle, para después pasar la gorra, porque ellos vivían algo peor que nosotros. También había familias de pedigüeños, con niños o sin ellos, que por las mismas causas limosneaban en la calle y en las puertas de las iglesias, y mendigos conocidos como el ciego Simón, porque entonces no se había inventado la ONCE. Aquello era entrañable, pero incómodo y visto a partir de los años 60, como una pesadilla que deseábamos no volviera.
Cito lo del año 60, simplemente porque el desarrollo llegó a partir de esos años (no voy a decir de manos de quien, porque eso parece molestar a algunos, ni importa ahora) y desaparecieron los más pobres porque todos tuvimos un poco más y no había necesidad de la cabra, el burro y el oso, ni de que niños en edad escolar tocaran la trompeta por la calle, ni de que familias enteras, con cartel incluido, se arrodillaran en los paseos para pedir una limosna. Todo ha vuelto en nuestras ferias, posiblemente como rememoración del pasado, porque al decir de los políticos actuales estamos mejor que estábamos, pero usted y yo sabemos que eso no es verdad del todo, y nos dejamos engañar, aunque veamos que el tercermundismo vuelve a invadirnos de nuevo.
Y le confieso una cosa: cualquiera pensaría que a mí me agrada esta vuelta por recordarme mi infancia, pues no señor, yo prefería no haber vuelto a estas recordaciones.
Diario HOY, 5 de junio de 1986

sábado, 20 de enero de 2018

La marcha verde


Cáceres dejó de ser moro en el siglo XIII, cuando el rey Alfonso IX de León pudo entrar por un pasadizo, con sus caballeros. Las llaves del pasadizo y su situación se la había proporcionado a un caballero leonés la hija del Kaid agareno que mandaba la villa, que se prendó locamente del joven, traicionando de este modo a los suyos. El jefe moro maldijo a su hija convirtiéndola, a ella y a sus damas, en gallinas de oro, que salen en las noches de San Juan y San Jorge a recorrer las calles cacereñas lanzando píos lastimeros y que no volverán a su ser natural hasta que Cáceres vuelva a ser tomada por los moros.
Como pueden ustedes suponer todo esto es una leyenda muy ligada a la reconquista definitiva de Cáceres, porque Cáceres es una ciudad con infinidad de leyendas medievales, muchas de las cuales ligan su cumplimiento, o el de las personas mágicas que las protagonizan, a la vuelta de las tropas agarenas de las que Cáceres fue propiedad casi ocho siglos.
Pues bien, no sabemos si de una forma intencionada o sin darse cuenta de ello, nuestro alcalde y su grupo político están a punto de conseguir el que las leyendas se cumplan y la princesa mora deje de ser una áurea gallina y vuelva a descansar a su tumba sin andar asustando a los cacereños en las noches mágicas.
Decimos esto por la invasión mora, en forma de vendedores de baratijas de la que está siendo víctima nuestra ciudad. Desde la guerra civil, en que Franco trajo a los ejércitos regulares de Melilla, en Cáceres no habíamos visto tanto moro junto. Es más, conocida la leyenda, hay cacereños que temen que ésta sea una disimulada “marcha verde” como la que Hassan realizó para apoderarse de las “provincias españolas” del Sáhara. No sabemos si el ayuntamiento ha parado mientes en este peligro, que puede ser la marcha de la tortuga de la que se habla en Ceuta y Melilla.
Uno no quiere ser agorero, pero la princesa puede que muy pronto deje de ser gallina.
Diario HOY, 30 de mayo de 1986

miércoles, 29 de noviembre de 2017

El mes de las esperanzas


A los españoles nos interesa más que salir de pobres, salir de trabajadores o ambas cosas a la vez. Vamos, que lo que quiero decir para explicarme es que al filo del mediados de este mes, que para todos es el mes de las esperanzas —y ahora me explico—, nos interesa más poder colgar los “aperos” de nuestro propio trabajo y vivir en el futuro mirándonos el ombligo y haciendo lo que nos venga en gana, que ser ricos en sí, cosas ambas para las que se necesita una gran bolsa.
Pero ahí está este mes de las esperanzas con sus loterías extraordinarias, sus quinielas millonarias, las rifas de todo tipo, etc., con las que soñamos hacernos unos potentados y dejar de trabajar. Porque esto es lo que quiero destacar ya que está en el comentario de todos o de casi todos: “Si a mí me tocara el gordo, el portazo y el corte de mangas que le iba a dar a mi jefe sería de campeonato”, dicen los más. Yo no sé si lo que nos pasa es que los españoles seguimos viendo el trabajo como una maldición bíblica y por esa inercia lo que más nos importa es dejarlo, pero es curioso que el que sueña con hacerse millonario a base de alguna suerte no es por invertir mejor para su negocio formarse mejor, llevar mejor vida, sino simplemente darle una patada al trabajo que realiza y poder decir a su empresa: “Ahí te quedas, que yo no voy a dar ni golpe de aquí en adelante.”
Cierto que esto es un sueño que surge principalmente al filo de este mes de las Navidades y las loterías y como tal pasa, sin más ni más y sin que el asunto se realice.
Luego, cuando uno ve que no ha salido agraciado en ninguna de ellas, se conforma y se dice algo así como “qué le vamos a hacer; no pudo ser, pero que me quiten lo soñado”, y quizás sea esto lo más importante en este mes de las esperanzas.
Diario HOY, 12 de diciembre de 1984

sábado, 14 de octubre de 2017

Una cuestión de filosofía


Los criterios son los criterios y uno no puede entrar en la filosofía que los informa, ya que a lo mejor tienen unas buenísimas intenciones pero, como suele decirse: “de buenas intenciones está el infierno lleno”.
Digo esto porque en la discusión que la Diputación llevó a cabo en el último pleno, en la moción que suprimía una paga extraordinaria a los funcionarios, que se viene cobrando desde 1959, había algo de  encontrada filosofía entre un grupo y otro.
El grupo socialista, que es el mayoritario, llevó adelante la moción, en la que expresaba esa filosofía de la que hablo, que tiene un principio social de mejor reparto de bienes, al menos teóricamente, aunque yo no sé si en la práctica la decisión es justa, sin beneficio para lo que se invoca.
Una filosofía parecida existe en Cuba, donde han tenido que repartir la miseria, porque no tenían otra cosa que repartir y quizás porque no supieron crear hasta el momento nuevas fuentes de riqueza. Me explico. En Cuba —y vamos a recurrir a un ejemplo, que es lo más explicativo— si en un hotel de primera categoría antes había un solo ascensorista, que con el sueldo que percibía vivía decentemente, al llegar el nuevo régimen y haber más ascensoristas en paro, se ha seguido el criterio de repartir la hornada laboral y el sueldo entre éste y otros ascensoristas a los que se ha colocado, llegando a la consecuencia simple de que no hay paro —ya que lo que decimos para el ascensorista lo podemos referir a otras profesiones—, pero lo que también es verdad es que el sueldo de uno repartido entre cuatro no da para que viva ninguno de ellos, con o que la creación de puestos de trabajo —al menos dignos y suficientes— es un poco engaño y lo único que se ha hecho es repartir la miseria. Yo no sé si esto es más justo, o lo justo sería tener la capacidad suficiente para crear más hoteles y más ascensores por tanto, en los que pudieran colocarse los parados con un sueldo digno todos ellos, porque lo demás —el igualatorio por abajo— acaba siendo injusto para todos, aparte del poco respeto a los derechos adquiridos que en un estado de derecho deben ser sagrados.
No digo que este sea el caso de la Diputación, pero esa filosofía puede llegar a ello.
Diario HOY, 2 de noviembre de 1983