domingo, 25 de febrero de 2018

A 50 años vista


El 23 de julio pasado se cumplió el 50 aniversario del único y sangriento bombardeo que sufrió Cáceres durante la Guerra Civil. Nuestro periódico se ocupó de la efemérides cumplidamente y ofreció una serie de datos y curiosas fotografías de aquel entonces, por lo que no vamos a centrarnos en detalles de aquello, si no es decir que las víctimas que se entierran el día después, muertas en acción de guerra republicana, son 33, más otras tres que se llevan a enterrar fuera, por ser personas forasteras, y los heridos muertos posteriormente, se están enterrando hasta el día 26 de aquel julo de 1937, con lo que las víctimas alcanzan quizás las cuarenta personas, sumiendo en luto a aquel Cáceres recoleto que no tendría arria de 30.000 habitantes
Pero hay un aspecto que es el que quiero comentar, sin tratar de profundizar en heridas ya posiblemente cerradas, y es que el bombardeo que sembró de víctimas y terror a Cáceres de entonces, tuvo también un aspecto en lo que el urbanismo se refiere que visto cincuenta años después, tenemos que catalogar de positivo.
Muchas de las casas que derruyeron las bombas no volvieron a levantarse, sino que sirvieron para agrandar plazuelas o pasos conflictivos en calles que desde entonces son más anchas y practicables y de las que las nuevas generaciones no tienen ni idea. Por ejemplo, lo que es hoy a Plaza de las Piñuelas, aparcamiento y entrada posterior al Ayuntamiento, no existía puesto que lo ocupaba una casa de dos pisos y terraza que destruyó una bomba y no volvió a levantarse. La entrada a la Plaza Mayor desde Defensores del Alcázar, era muy estrecha, ya que la cerraba —en cuello de botella— un finca propiedad de Mateo Laporta, que hizo desaparecer una bomba, y no volvió a reconstruirse, sino que sirvió para terminar el proyecto de ensanche de esa vía y así, en algunos sitios más, como el Rincón de la Monja, se reconstruyó lo destruido dejando un mayor espacio a lo que era vía pública.
No quiero decir más que el bombardeo fue también una violenta operación quirúrgica de nuestro urbanismo.
Diario HOY, 21 de agosto de 1987

A la caza de papeles


Como resulta que el sábado sale —dicho sea con todas las reservas— la veda de la tórtola, los cazadores modestos se están proveyendo de papeles, que es lo único que nos ofrecen los administradores actuales del deporte cinegético, papeles y más papeles, y ahora es el Ayuntamiento de Cáceres, y en otros diversos, donde mediante una fotocopia de la licencia y otra del DNI, le dan a uno un papel que le autoriza a cazar en los terrenos libres del término municipal y en los, libres también, de los términos colindantes al del lugar de residencia del cazador solicitante. Suelen ofrecer también una lista de los términos colindantes con el del lugar, para que el cazador esté bien informado.
Hay que decir, en lo que al Ayuntamiento de Cáceres se refiere, que los funcionarios que llevan este asunto derrochan paciencia y simpatía, porque no todos los que allí se acercan a  solicitar este permiso, que por cierto se da gratuitamente, son amables con los funcionarios y suelen descargar el mal humor y las iras de lo mal que están trazadas las cosas cinegéticas sobre estos funcionarios que, aparte de no tener culpa alguna, cumplen con su deber como mejor saben.
Presenciamos el caso de uno que protestaba porque tenía que hacer las fotocopias exigidas “de su bolsillo” y los funcionarios hubieron de decirle que ellos no eran los que legislaban. En fin, no es este el caso. El caso es que en esos terrenos libres no suele haber un bicho, porque ni la Consejería, ni nadie, se ha encargado de repoblar de caza esos lugares (y creemos que ningunos otros), cuando eso hubiera sido lo lógico, si es que se intenta promocionar un deporte. Lo que sí ha hecho la Consejería de unos años a esta parte, es cargarnos el morral de permisos y papeles, por lo que lo recomendado es que, como no habrá un bicho en lo libre, puede usted tirar de morral, echar al aire los papeles y liarse a tiros con ellos.
Diario HOY, 20 de agosto de 1987

Anunciar bien las cosas


Miren ustedes lo que son las cosas, no solemos aquí hablar de televisión, porque esos espacios tienen su lugar habitual en el periódico, pero sí podemos y debemos hablar de la repercusión de algún programa de la misma, que acaba indignando al sufrido y acalorado televidente (digo lo de acalorado por la temperatura veraniega), que no tiene más entretenimientos en estas noches caniculares que, ponerse cómodo, tomar agua fresca de la nevera, o del “piporro”, o de ambas cosas, porque hay quien encierra el botijo en la nevera, y ver algún programa de televisión, sobre algo conocido de su época, con los que se lo pasó muy bien y lo recuerda gratamente.
Esto suele pasar con algunas películas cuyos títulos vienen a ser recuerdos de la juventud de muchos de nuestros conciudadanos y esto mismo sucedió el último lunes, en el espacio “Cine Club”, con la conocidísima y antigua película titulada “Ella, él y Asta”, que trata de unas deliciosas aventuras entre Myrna Loy, Willian Powell y el pequeño fox terrier, llamado “Asta” que en versión castellana, muchos de los que peinamos canas vimos una y otra vez, pasándolo en grande en nuestra juventud.
Como en el anuncio no se dice nada de que la versión que dan (quizás por ahorrar, aunque disimulen diciendo que es para los cinéfilos) es en versión inglesa subtitulada, uno comienza a “fardar” con la familia y a decir: “no dejéis de verla, es una delicia y se pasa en grande”. Esta ilusión dura hasta que los primeros fotogramas nos comienza a sonar a chino y no nos da tiempo de leer el diálogo subtitulado de la versión inglesa. Ni que decir tiene que la familia se le queda a uno mirando, con esas miradas que dicen más que mil palabras, y uno desearía que se lo tragara la tierra. Pero es lo que yo digo, que en vez de anunciar “Ella, él y Asta”, anuncien “After the thin man”, verá usted como todos apagan el televisor.
Diario HOY, 19 de agosto de 1987

Cabrear a la afición


Yo no sé en qué va a terminar esto de la caza y los cazadores, a cuenta de la Ley de vedas que el director general de estos asuntos para la región, Jesús Garzón, acaba de publicar. Por lo que vengo oyendo en este mundillo de la caza, el asunto no ha complacido a nadie, o a muy pocos, y las protestas están a la orden del día. Índice de lo que pudiéramos decir es la carta publicada por nuestro periódico, en su sección de “Cartas a HOY”, del pasado viernes, día 14, que firma un tal Francisco Bazaga Zamorano y que bajo el titular “La caza y cosas mal hechas”, al decir  de la mayoría de  los cazadores que la han leído pone los puntos sobre las íes de todo este asunto, “porque aquí lo que parece es  que se nos está marginando a los cazadores modestos para dejar la caza sólo a los ricos y a los que ostentan cargos”.
Estas y otras lindezas por el estilo se oyen en las tertulias de cazadores porque, la ley del señor Garzón, ha tenido la habilidad de revolucionar a todos los cazadores de “pocos posibles” que, hasta lo de ahora, mal que mal y con mucho sacrificio podían salir al campo a satisfacer la afición, pero que ahora ven que eso va a ser imposible dentro de la Ley, si es que uno trata de cumplirla en todos los complicados extremos que, según ellos, se viene inventando don Jesús Garzón.
Miguel Trenado, presidente de una federación de cazadores, no me dejará mentir y ha sido él mismo el que me ha dicho que varias sociedades de nuestros pueblos le están pidiendo una reunión urgente para ver qué se puede hacer, porque “la mayoría de esta gente está dispuesta a tirar por la calle del medio”, Yo no sé qué resortes vendrá tocando mi buen amigo Jesús Garzón, lo que sí sé es que en ésta y en alguna ocasión más ha tenido el acierto de “cabrear” a una gran mayoría de los compañeros de escopeta y perro, a los que él dice representar.
Diario HOY, 18 de agosto de 1987

Hay que revisar el tráfico


El respeto a las señales de tráfico en general y a los semáforos en particular, por parte de los conductores, comienza a decaer, no sabemos si con los calores, aunque en el caso de las motocicletas y ciclomotores podemos decir que es casi nulo, porque la mayoría de sus conductores se pasan los semáforos en rojo y marchan por direcciones contrarias con la mayor desfachatez.
Un caso ejemplarizador
Un caso que puede servir de simple muestra de lo que comentamos es que los vecinos de la calle Pintores, en una de estas noches pasadas, sobre las dos de la madrugada, hubieron de llamar a los guardias para decirles que uno o varios individuos con motocicletas estaban circulando por las calle Paneras y Pintores, donde está totalmente prohibido el paso de ningún vehículo y máxime el paso provocativo y con recochineo insistente de escape libre y motor a toda potencia, que tales individuos estaban ofreciendo al vecindario que trababa de descansar.
Ni que decir tiene que los guardias no llegaron a tiempo y estos u otros motoristas seguirán saltándose semáforos, recorriendo calles prohibidas y haciendo lo que les venga en gana, porque este asunto del tráfico en la ciudad cada día funciona peor.
Civismo, más civismo
Yo quisiera explicarme el fenómeno de la siguiente manera: agarrados a la escasez de guardias, hemos fiado demasiado en el civismo de nuestros conductores, pero el civismo se olvida si tras de él no hay alguien que le pare los pies al incívico y, desgraciadamente, en nuestras calles no se ve un solo guardia cumpliendo la simple función de vigilancia, en este sector del tráfico. Sólo los tenemos para la grúa.
Por poner un ejemplo de país democrático diremos que en Norteamérica, el conductor que se salta un semáforo o va por dirección prohibida, tiene 500 dólares de multa y retirada del carnet, que podrá volver a obtener tras de examinarse de nuevo en una autoescuela de la policía.
¿No creen que es hora de imponer algo así en España?
Diario HOY, 15 de agosto de 1987

El principio de dos libros


Muchos de los libros de los autores cacereños que hoy nos parecen míticos, por formar parte de la historia próxima de la ciudad, libros que en su mayoría están hoy agotados, pero son imprescindibles para conocer mejor el Cáceres de siempre, se produjeron en su tiempo de una manera informal a la que no dio importancia la gente de entonces. Tuvieron que venir tiempos nuevos para valorar esas aportaciones, como únicas.
Uno de estos libros, totalmente agotado, como casi todos los suyos, es el de Publio Hurtado titulado: “Ayuntamiento y Familias Cacerenses”, cuya gestación narró él mismo, en el prólogo, y que en líneas generales fue de la siguiente manera: era el año 1906 y estaban, el autor, y otros personajes también míticos, como son Daniel Berjano y Juan Sanguino Michel, sentados en Cánovas, hablando de la “Revista de Extremadura”, publicación que también alcanzó fama, y que los tres redactaron y alcanzó a pasar un tipo estirado que no les dio ni las buenas tardes y, a continuación, un indigente al que un municipal apartó para que no molestara. Don Publio, a título de ejemplo, narró que el primero era descendiente de una familia noble y rica, empobrecida ahora. Sanguino y Bejarano, que escuchaban, le animaron a poner sobre el papel todas estas historia que el público leería con gusto y, como encargado de la revista, surgieron los primeros cuadernillos que, más tarde, se convirtieron en un libro patrocinado por el Ayuntamiento.
Un comienzo parecido tuvo otro de los libros importantes de Hurtado, como fue “Castillos, Torres y Casas Fuertes de la provincia de Cáceres”, cuyos cuadernillos se “encartaron” en alguna publicación de su tiempo, hasta que se convirtieron más tarde en libro. Ambos son ahora dos libros agotados.
Diario HOY, 14 de agosto de 1987

sábado, 24 de febrero de 2018

Nuestros árboles


No sé si fue Pons o alguno de los muchos viajeros clásicos que recorrieron nuestra tierra y escribieron sus memorias, el que dice que el extremeño en general odia los árboles y los maltrata o arranca, sin pensar en las funestas consecuencias que la desertización puede acarrear a sus tierras. La observación es muy aguda y aún hoy en día ese odio concentrado a las especie arbóreas sigue existiendo entre nuestros paisanos y convecinos, a todos los niveles. Se da el caso de que, desde los mismos ayuntamientos, se decretan arrancados de árboles, por aprovechar la tierra que hay bajo ellos o por realizar algún cultivo de dudoso futuro.
Históricamente, en algunos momentos, eso fue necesario, aunque no lo fuera el abuso. Por ejemplo, las llanadas entre Cáceres y Trujillo, que se desmontaron hace siglos, se hicieron, al parecer, para la siembra de cereales que eran entonces necesarias, pero no se volvió a intentar poner ni un árbol más, sino que parece que nos encontramos muy a gusto en los paisajes desérticos, sin ninguna protección de las arboledas. Esto sin duda se mama, como suele decirse, y estamos hartos de ver a muchos padres y madres que hasta ríen la travesura de sus retoños cuando tronchan un arbolito. Ese niño, al crecer, no tendrá respeto alguno a sus convecinos de la especie vegetal y los tratará como si no fueran seres vivos. Por ello, tenemos que aplaudir la actitud de los ayuntamientos cacereños que han llegado a hacer una ordenanza por la que, el que tiene que “matar” un árbol por necesidad ha de comprometerse a plantar tres o cuatro árboles más, ordenanza que no es nueva porque ya la aplican hace siglos en Elche, con las palmeras, pero que puede crear una mayor conciencia de conservación y respeto a nuestros hermanos los árboles, dicho sea sin las falsas beaterías políticas de “los verdes”.
Diario HOY, 13 de agosto de 1987