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martes, 27 de febrero de 2018

Los niños mendigos


Aunque peque de reiterativo, voy a referirme de nuevo al caso de los mendigos portugueses. No es que uno quiera resucitar el cartel puesto el pasado siglo y que todavía figura en alguna entrada de Cáceres, aunque medio tapado por anuncios, que dice: “Cáceres, capital de provincia. Prohibida la blasfemia y la mendicidad.” Yo sé que ha pasado más de un siglo de la puesta de aquel cartel y de todo ello sólo se ha cumplido la primera parte, razón por la cual no voy a creerme que por un simple comentario de prensa vayamos a conseguir que aquí no se blasfeme ni se pidan limosnas. No, no es eso lo que pretende este comentario, sino más bien el suscitar un tema que alguien debería tomar sobre sí para resolverlo, que es el de los niños mendigos.
Estos niños son hijos de un matrimonio, o de dos, de gitanos portugueses a los que les debe ir bien en Cáceres, porque aquí se nos han quedado. Son mendigos profesionales que se ponen en actitudes llamativas, bien de rodillas, o como meditando y extienden ante ellos un cartel escrito en español (para no emplear el portugués) moviendo a caridad, ocupando ellos, sus mujeres y los miembros de la familia, cada cual sus puestos fijos. Yo no sé si esto es legalmente permitido o no, ni si en contrapartida, nuestros gitanos se van a pedir a Portugal, pero lo que no me parece bien es que los niños, niños de estos matrimonios y bien trajeados y presentados, que están en edad escolar, sean también explotados por los padres y estén en cualquier cruce de semáforos, donde paran los vehículos algún tiempo, con otros carteles, abordando a los conductores de cada uno de ellos para pedirles limosnas (sin hablar, claro). Posiblemente los padres no pueden enseñarles otra cosa, porque ellos son mendigos profesionales, pero estos niños deben estar en la escuela, o en algún centro que pueda enseñarles algo más, aunque sean portugueses.
Diario HOY, 4 de septiembre de 1987

miércoles, 21 de febrero de 2018

Simplemente una injusticia


En más de una ocasión nos hemos referido a la marginación gitana que, en muchos casos, provocan los propios gitanos cuya vida y costumbres no suelen adaptarse a la sociedad en que viven, cosa que para ellos es un orgullo secular porque mantienen puras muchas de sus costumbres, pero para la sociedad en que están enquistados suele ser molesto en muchas ocasiones y, en algunos sitios (no aquí en Cáceres), han dado lugar a rechazos violentos de este colectivo marginado, quizás por automarginación.
Todo esto puede ser cierto y hay que admitirlo así, lo que no es lógico, justo, ni cristiano (aunque esto último suene a trasnochado) es que nuestra propia sociedad y nuestras  instituciones oficiales y particulares que se llaman justas y ejemplares, sean las que abusan del gitano , porque el gitano —muchas vedes analfabeto— no sabe utilizar los canales de defensa que tiene  la sociedad paya (como no los saben utilizar los payos analfabetos).
El problema lo hemos señalado estos días atrás en algunas de nuestras secciones, pero no importa volver sobre él, más seriamente. Resulta que en la barriada gitana de “El Carrucho” existe un transformador de energía eléctrica que proporciona luz a diversas familias gitanas. Estas familias tienen obligación de pagar sus recibos que les cobra Iberduero, pero como algunas de esas familias están retrasadas en sus pagos, la forma de presionarles para que paguen es cortarle la luz a todos, a los que pagan y a los que no pagan, que llevan sin luz (y sin que nadie se ocupe de resolverles su problema) más de siete días. No entramos en tiquismiquis de si el transformador es o no de la entidad que cobra los recibos. Lo que nos parece totalmente injusto es tener sin luz a familias que los pagan, porque otros gitanos no los paguen.
Diario HOY, 13 de junio de 1987

lunes, 29 de enero de 2018

Agarrarse a la experiencia


Confiesa nuestro alcalde, con toda sinceridad, que no tiene solución a corto plazo para evitar la proliferación de mendigos callejeros. Y no es que no haya sentido inquietud por el tema, ya que hace tiempo encargó, mediante concurso, a unos sociólogos un estudio sobre el asunto y suponemos que lo que el alcalde esperaba es que el estudio aportara alguna solución para paliar el problema. El estudio se hizo, y las soluciones que propone son de “Pero Grullo”, pero tampoco aplicable al tema y al momento, que uno acaba pensando que lo mejor era no haber gastado tiempo y dinero en dicho estudio. Para que se den una idea, diremos que entre ellas figura el proporcionarles puestos de trabajo, viviendas y escuelas a los mendigos y a sus hijos. Es, sin duda, la solución ideal, pero no la posible en esos momentos para un Ayuntamiento que tiene un censo de parados (no mendigos) importante, muchos de cuyos vecinos (no mendigos) carecen de viviendas y muchos de los hijos de éstos de puestos escolares adecuados. Igual podría haber dicho el estudio que se les proporcionara coche y chalet a los mendigos y no hubiera dicho ninguna tontería, si todo ello lo miramos bajo el prisma de los ideales y no de las realidades, que era lo que el dicho estudio debería haber contemplado.
Hoy día tenemos muchas cosas así, en las que se gasta dinero a manos llenas pero que luego no sirven para nada. Yo diría que estamos malgastando la experiencia que se acumuló en generaciones anteriores y, por ignorancia o por orgullo (que sería peor) no queremos aplicarla Peores momentos que los de ahora se pasaron (aquí en Cáceres) en la posguerra y en los llamados años del hambre.
Todavía creo que haya muchas personas vivas que se acuerden de todo aquello y de cómo se palió, en lo que se pudo, hasta que llegó el momento de “las vacas gordas”.
Diario HOY, 12 de octubre de 1986

domingo, 21 de enero de 2018

Una feria tercermundista


Yo me crié en una España tercermundista. En mi infancia había por la calle el gitano o el húngaro (que luego no lo era), que llevaba una cabra que hacía equilibrio sobre un tocho de madera, y un burro que contaba con la cabeza; hasta recuerdo los nombres: “la cabra Lola y el burro Basilio”. También llevaba un mono y en algunas ocasiones traían hasta un oso. No había confort en aquella España de mi infancia, eso vino después. Lo que sí había era niños en edad escolar tocando la trompeta y haciendo títeres por la calle, para después pasar la gorra, porque ellos vivían algo peor que nosotros. También había familias de pedigüeños, con niños o sin ellos, que por las mismas causas limosneaban en la calle y en las puertas de las iglesias, y mendigos conocidos como el ciego Simón, porque entonces no se había inventado la ONCE. Aquello era entrañable, pero incómodo y visto a partir de los años 60, como una pesadilla que deseábamos no volviera.
Cito lo del año 60, simplemente porque el desarrollo llegó a partir de esos años (no voy a decir de manos de quien, porque eso parece molestar a algunos, ni importa ahora) y desaparecieron los más pobres porque todos tuvimos un poco más y no había necesidad de la cabra, el burro y el oso, ni de que niños en edad escolar tocaran la trompeta por la calle, ni de que familias enteras, con cartel incluido, se arrodillaran en los paseos para pedir una limosna. Todo ha vuelto en nuestras ferias, posiblemente como rememoración del pasado, porque al decir de los políticos actuales estamos mejor que estábamos, pero usted y yo sabemos que eso no es verdad del todo, y nos dejamos engañar, aunque veamos que el tercermundismo vuelve a invadirnos de nuevo.
Y le confieso una cosa: cualquiera pensaría que a mí me agrada esta vuelta por recordarme mi infancia, pues no señor, yo prefería no haber vuelto a estas recordaciones.
Diario HOY, 5 de junio de 1986

sábado, 20 de enero de 2018

La marcha verde


Cáceres dejó de ser moro en el siglo XIII, cuando el rey Alfonso IX de León pudo entrar por un pasadizo, con sus caballeros. Las llaves del pasadizo y su situación se la había proporcionado a un caballero leonés la hija del Kaid agareno que mandaba la villa, que se prendó locamente del joven, traicionando de este modo a los suyos. El jefe moro maldijo a su hija convirtiéndola, a ella y a sus damas, en gallinas de oro, que salen en las noches de San Juan y San Jorge a recorrer las calles cacereñas lanzando píos lastimeros y que no volverán a su ser natural hasta que Cáceres vuelva a ser tomada por los moros.
Como pueden ustedes suponer todo esto es una leyenda muy ligada a la reconquista definitiva de Cáceres, porque Cáceres es una ciudad con infinidad de leyendas medievales, muchas de las cuales ligan su cumplimiento, o el de las personas mágicas que las protagonizan, a la vuelta de las tropas agarenas de las que Cáceres fue propiedad casi ocho siglos.
Pues bien, no sabemos si de una forma intencionada o sin darse cuenta de ello, nuestro alcalde y su grupo político están a punto de conseguir el que las leyendas se cumplan y la princesa mora deje de ser una áurea gallina y vuelva a descansar a su tumba sin andar asustando a los cacereños en las noches mágicas.
Decimos esto por la invasión mora, en forma de vendedores de baratijas de la que está siendo víctima nuestra ciudad. Desde la guerra civil, en que Franco trajo a los ejércitos regulares de Melilla, en Cáceres no habíamos visto tanto moro junto. Es más, conocida la leyenda, hay cacereños que temen que ésta sea una disimulada “marcha verde” como la que Hassan realizó para apoderarse de las “provincias españolas” del Sáhara. No sabemos si el ayuntamiento ha parado mientes en este peligro, que puede ser la marcha de la tortuga de la que se habla en Ceuta y Melilla.
Uno no quiere ser agorero, pero la princesa puede que muy pronto deje de ser gallina.
Diario HOY, 30 de mayo de 1986

martes, 2 de enero de 2018

Mendigos de importación


Yo no sé cómo diría esto que quiero decir, sin herir los sentimientos caritativos de algunos cacereños que suelen ser de los que abusan los mendigos organizados. En Cáceres, de poco tiempo a esta parte, estamos asistiendo a una invasión de mendigos portugueses que tienen su clan y su método de explotación de sus propios hijos con los que mueven a la caridad, teniéndolos horas y horas en los brazos —posiblemente drogados, yo no lo sé, pero no es fácil que un pequeño de la edad de éstos se esté totalmente quieto— y que tienen ya hasta sitios precisos para desplegarse toda la familia y ocupar cada uno su lugar “de trabajo”, todos con sus carteles similares —escritos en español, porque ellos hablan sólo portugués— que vienen a decir las mismas cosas: “Soy padre de tantos hijos, no tengo trabajo, etc.”
En tiempos tuvimos otra banda de mendigos organizados belgas, que venían en dos furgonetas y que estuvieron algún tiempo entre nosotros porque ésta debe ser una buena plaza para la mendicidad, aún a pesar de que en tiempos antiguos había un cartel a las entradas de Cáceres que decía: “Cáceres, capital de provincial, prohibida la blasfemia y la mendicidad”. Esto se ha olvidado ahora y no sólo blasfemamos y mendigamos los de casa, sino que tenemos hasta mendigos de importación. Lo de los belgas se solucionó, pero  lo de los portugueses parece ser que no lleva camino de ello y hasta el clan ha invadido algún piso cerrado, con idea de quedarse entre nosotros. Yo no sé qué leyes rigen ahora estas cosas, pero las autoridades sí deben saberlas, porque pienso yo que si no se permite la mendicidad de los de casa, mucho menos debe permitirse la de los extranjeros, que es de suponer han entrado con unos permisos y unas normas que alguien debe revisar y ver si están en regla, porque para ejercer de mendigos ya tenemos bastantes dentro.
Diario HOY, 17 de noviembre de 1985

lunes, 4 de diciembre de 2017

Los niños mendigos


Yo no sé qué habrá legislado al respecto, pero hay ahora una proliferación de niños gitanos pidiendo por los establecimientos hasta bien entrada la madrugada. Son niños en edad escolar que se dedican a la mendicidad obligados por sus mayores, al menos es lo que ellos cuentan, no sé si para mover más a la caridad o porque el asunto sea cierto, porque de los gitanos, que han hecho oficio de la mendicidad, hay que esperarlo todo. Es más, en Cáceres hay una gitana que pide en un carrito, que suele ir “al corte”, llevada en coche por sus hijos o familiares que, al concluir su jornada de mendiga, suelen retirarla del mismo modo.
No digo que no padezcan necesidades, y muy lejos de mi intención está el restarle clientela, sino que reconozco que han sabido montar por métodos más modernos este sistema de mendicidad del que viven.
Pero volviendo a los niños gitanos, que son los que en realidad me preocupan, por verlos hasta altas horas de la noche de bar en bar, o refugiados a última hora en alguna sala de fiestas, huyendo del frío de la madrugada, lo tremendo es que son niños en edad escolar y que ellos mismos cuentan el dinero que les falta para poder volver a casa, ya que de no llevar una determinada cantidad, impuesta por los padres, no les dejarán entrar en ella. Esto lo saben muchos cacereños, que charlan con ellos y que, en más de una ocasión, les completan la cantidad fijada por el padre, para que puedan regresar al hogar.
Uno llega a preguntarse: ¿puede haber padres tan desalmados como para exigirles esto?, o bien, ¿es una añagaza de los propios gitanillos para mover más a la caridad? Cierto que en todo esto se lucha con el analfabetismo de los padres, pero es cierto también que los gitanos suelen ser muy familiares.
De todos modos, pienso que alguien debería encargarse de averiguar si existe realmente esta forma de explotación y poner coto a ella.
Diario HOY, 17 de enero de 1985

miércoles, 18 de octubre de 2017

Ser o no ser oportuno


Sin nostalgia ninguna, sino más bien con temor de que aquellos tiempos vuelvan, pensaba ayer en aquellas campañas de la “cena de Navidad del necesitado”, de las que fue adalid y adelantada en nuestra ciudad la veterana emisora Radio Cáceres que movía voluntades y hacía lo indecible por allegar fondos para que, al menos en fechas tan señaladas, los más menesterosos tuvieran algo de lo que carecían. Sucedió hasta los años cuarenta o cincuenta, y se sabia ya que el ideal no era que los pobres cenaran bien una sola vez al año, sino el que cenaran todas las noches, cosa que, con bastantes sacrificios, se consiguió posteriormente. A partir de los años sesenta, aquellas campañas fueron más bien simbólicas y sus fondos destinados a construcciones de viviendas o de otras necesidades que hasta el presente hemos venido padeciendo
Quizá lo más importante de aquello era la mentalización de ayuda al prójimo y la oportunidad de hacerlo en esas fechas, porque la ocasión es una cosa que debe tenerse muy en cuenta.
Las fechas elegidas para cualquier decisión constituyen una circunstancia muy importante con la que no suele contar el bisoño, y una decisión precipitada puede amargar esas fechas, cuando una buena “mano izquierda” (y no me refiero a la de algún político) lograrían retrasar esa amargura.
Dicho esto, pienso que nuestra Administración de izquierdas —la que ahora tenemos— no tiene precisamente “mano izquierda” para muchas de sus decisiones, quizás por esa bisoñez de que hablo
Ahora, al filo de la Navidad, y cuando las gentes necesitarían un respiro para pensar en esas fiestas familiares, se nos sube todo: impuestos, productos de consumo, etc., y lo que es peor, se “nos amenaza” con la subida de la ya de por sí cara gasolina española. Puede que la gasolina tenga que subir, pero pienso yo que no puede haber elegido peor momento para hacerlo, precisamente al filo de esas fiestas en las que el ya esquilmado ciudadano, que por regla general tiene su humilde coche, tendrá que hacer largos o cortos desplazamientos para estar con los suyos. ¿Se trata de un modo de felicitación de la Administración socialista? Pues de ser así, no puede llegar en peor momento.
Diario HOY, 1 de diciembre de 1983