
No obstante, es curioso saber que la vida social de Cáceres giró casi
siempre alrededor de un café —y me refiero a la vida del verdadero pueblo, no a
la de los “señores” que tuvieron su casino—. He citado el café de “Santa
Catalina” que fue centro de reunión social de primeros de siglo, pero herederos
de él —y ya conocidos por mí— fueron el “Café Viena” donde cacereños como Pedro
de Lorenzo y Leocadio Mejías, comenzaron a hacer sus primeros pinitos
literarios aunque entonces se firmaran: Viky y Kopolan, lanzando una deliciosa
novela con el extraño título de Santa Lila de la Luna y Lola, en la que se
describe, de forma deliciosa, el mencionado café provinciano.
Después fue el “Jamec”, que fundó Eugenio Alonso, que trajo a Cáceres
las primeras bandas de “jazz” con el negro Arango incluido.
Más tarde sería el “Avenida” el que acaparara la vida social cacereña,
con sus dos barras, la de los “cursis” y los menos cursis, que nos ofreció las
primeras “animadoras” entre las que se cuenta la famosísima cantante lírica
Pilar Lorengar, aunque entonces no se llamara así, sino Lorenza García, más
tarde Loren Garcí, y posteriormente el nombre artístico que ahora tiene.
Todos estos cafés desaparecieron, algunos recientemente, y ahora ¿cuál
es el “café” que ha tomado el testigo?, porque la vida social es menos recoleta
que entonces y puede que haya terminado con el carácter familiar de aquellos
“cafés” de entonces que muy bien pudieron servir para inspirar la letra de
tango.
Diario HOY, 3 de mayo de 1981
— — — — — — — — — — — — — — — — — —
La carta a la que alude Fernando
García Morales en esta ventana se publicó en el Diario Hoy de 1 de mayo de 1981
y se relacionaba con “Ventana” titulada “Una saeta de Miguel “El Gacho”,
publicada el 24 de abril anterior.
La carta de Luis Montalbán
Portillo decía lo siguiente:
— — — — — — — — — — — — — — — — — —
Para
Fernando:
Amigo Fernando: Estoy en una cuádruple deuda
contigo, y es mucha carga moral para seguir durmiendo con tranquilidad.
Primero fue por un artículo sobre bolindres y
“guindillas” que correspondía a mi homónimo hijo y me la colgaron a mí.
Después, porque fuiste mi eco en lo que, con muy buena intención, aireaba por
obligación y para evitar su repetición. No se interpretó así mi buena fe y ha
quedado en el silencio la definitiva contestación, con las pruebas autógrafas
que quiero enseñarte, para que seas mi heredero espiritual, quedando de testigo
mudo y complicado en el buen consejo que me dieron:
“Mira, Montalbán, vamos a dejarlo porque ya
no se adelanta nada más con seguir liando el asunto”.
Y sigo contigo: La tercera fue que volviste
sobre la misma polémica, repitiendo el eco con mayor sonoridad y a semejanza de
esas repeticiones que se dan en esa Serranía de los Órganos, que sólo conozco
por aquella película en la que Joselito, entonces un niño, interpreta una
canción, como solo un ruiseñor podría hacerlo, en la soledad de aquellas
bellísimas montañas.
Y por cuarta vez sales comentando,
jocosamente, un episodio de mi antigua casa, el “Café Santa Catalina”, sobre la
actuación de un perro que no se separaba de mí ni un momento y que, a trancas y
barrancas de las personas mayores que me criaban, compartía conmigo la cama y
el rebañar, o relamer, mi colmado plato de natillas o arroz con leche.
¡Qué bien y que sencillas te han salido tus
cuatro intervenciones!
También estoy enterado de tu interés para que
yo escriba —¿más?— sobre esta querida ciudad cacereña de la multitud de
anécdotas y sucedidos que, por mi afortunada y larga vida, presencié, o supe, a
través de algunos relatos; para que quede constancia y, tal vez pudieran tener
su utilidad a los futuros historiadores que nos sucedan.
Sobre esto, no puedo hacer una promesa de
complacerte, aparte de que son muchas las cosas que tengo contadas y
publicadas, o archivadas, pues los años no pasan en balde y cada vez me va
gustando más el vivir sin molestias ni preocupaciones, aunque luego no soy
capaz de conseguirlo.
Pero eso sí, de momento voy a hacer una
excepción, porque te la mereces, y te voy a contar la pequeña historia de aquel
perro que, a la presencia del “Gachó”, y por motivo justificado (que conste),
le gruñía invariablemente, demostrándole su rencor y enemistad.
Como este preámbulo ha salido demasiado
extenso, lo dejo para un próximo día, teniendo en cuenta que, para mí el ser un
buen periodista (una ilusión de toda mi vida) necesita que sus artículos tengan
tres condiciones: primera, ser cortos; segunda, ser claros y tercera, ser
instructivos.
Tres sabidurías que el amigo Fernando reúne
constantemente en su “Ventana a la ciudad” y de cuanto sale de su pluma.
Espero que la dirección de HOY, si publica
estas líneas, me ceda otro espacio para que cuente la biografía y andanzas del
“fox terrier” de inolvidable recuerdo y que, en vida, atendía por el nombre de
“Curro”.
Así queda esto en un “suspense” de tanto
atractivo para lectores asiduos y curiosos, con la posibilidad de que, al
final, salga algún superviviente diciendo:
—Eso ya lo sabía yo, y, además…
Unos puntos suspensivos que podrían servir
para que, ese anónimo que contesta interiormente, nos citara a una charla y,
entre todos, enriqueceríamos el filón – histórico de nuestro Cáceres desde
primeros de siglo.
Luis Montalbán
No hay comentarios:
Publicar un comentario
Nota: solo los miembros de este blog pueden publicar comentarios.