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domingo, 25 de febrero de 2018

Anunciar bien las cosas


Miren ustedes lo que son las cosas, no solemos aquí hablar de televisión, porque esos espacios tienen su lugar habitual en el periódico, pero sí podemos y debemos hablar de la repercusión de algún programa de la misma, que acaba indignando al sufrido y acalorado televidente (digo lo de acalorado por la temperatura veraniega), que no tiene más entretenimientos en estas noches caniculares que, ponerse cómodo, tomar agua fresca de la nevera, o del “piporro”, o de ambas cosas, porque hay quien encierra el botijo en la nevera, y ver algún programa de televisión, sobre algo conocido de su época, con los que se lo pasó muy bien y lo recuerda gratamente.
Esto suele pasar con algunas películas cuyos títulos vienen a ser recuerdos de la juventud de muchos de nuestros conciudadanos y esto mismo sucedió el último lunes, en el espacio “Cine Club”, con la conocidísima y antigua película titulada “Ella, él y Asta”, que trata de unas deliciosas aventuras entre Myrna Loy, Willian Powell y el pequeño fox terrier, llamado “Asta” que en versión castellana, muchos de los que peinamos canas vimos una y otra vez, pasándolo en grande en nuestra juventud.
Como en el anuncio no se dice nada de que la versión que dan (quizás por ahorrar, aunque disimulen diciendo que es para los cinéfilos) es en versión inglesa subtitulada, uno comienza a “fardar” con la familia y a decir: “no dejéis de verla, es una delicia y se pasa en grande”. Esta ilusión dura hasta que los primeros fotogramas nos comienza a sonar a chino y no nos da tiempo de leer el diálogo subtitulado de la versión inglesa. Ni que decir tiene que la familia se le queda a uno mirando, con esas miradas que dicen más que mil palabras, y uno desearía que se lo tragara la tierra. Pero es lo que yo digo, que en vez de anunciar “Ella, él y Asta”, anuncien “After the thin man”, verá usted como todos apagan el televisor.
Diario HOY, 19 de agosto de 1987

sábado, 24 de febrero de 2018

Nuestros árboles


No sé si fue Pons o alguno de los muchos viajeros clásicos que recorrieron nuestra tierra y escribieron sus memorias, el que dice que el extremeño en general odia los árboles y los maltrata o arranca, sin pensar en las funestas consecuencias que la desertización puede acarrear a sus tierras. La observación es muy aguda y aún hoy en día ese odio concentrado a las especie arbóreas sigue existiendo entre nuestros paisanos y convecinos, a todos los niveles. Se da el caso de que, desde los mismos ayuntamientos, se decretan arrancados de árboles, por aprovechar la tierra que hay bajo ellos o por realizar algún cultivo de dudoso futuro.
Históricamente, en algunos momentos, eso fue necesario, aunque no lo fuera el abuso. Por ejemplo, las llanadas entre Cáceres y Trujillo, que se desmontaron hace siglos, se hicieron, al parecer, para la siembra de cereales que eran entonces necesarias, pero no se volvió a intentar poner ni un árbol más, sino que parece que nos encontramos muy a gusto en los paisajes desérticos, sin ninguna protección de las arboledas. Esto sin duda se mama, como suele decirse, y estamos hartos de ver a muchos padres y madres que hasta ríen la travesura de sus retoños cuando tronchan un arbolito. Ese niño, al crecer, no tendrá respeto alguno a sus convecinos de la especie vegetal y los tratará como si no fueran seres vivos. Por ello, tenemos que aplaudir la actitud de los ayuntamientos cacereños que han llegado a hacer una ordenanza por la que, el que tiene que “matar” un árbol por necesidad ha de comprometerse a plantar tres o cuatro árboles más, ordenanza que no es nueva porque ya la aplican hace siglos en Elche, con las palmeras, pero que puede crear una mayor conciencia de conservación y respeto a nuestros hermanos los árboles, dicho sea sin las falsas beaterías políticas de “los verdes”.
Diario HOY, 13 de agosto de 1987

viernes, 23 de febrero de 2018

Tenemos doce centímetros más


Hay una curiosidad que se suscitó en la rueda de prensa que dio, hace unos días, el secretario general técnico de la Unión de Criadores de Toros de Lidia, Jaime Sebastián de Erice; se trata de que la mayoría de las viejas plazas de toros, entre ellas la nuestra, tienen unos aforos que no se corresponden con la realidad actual, pero no porque en su época se aforaran mal las plazas sino porque los españoles, de un siglo para acá, hemos crecido doce centímetros, según cálculos hechos por la propia Unión ante los frecuentes casos que vienen sucediendo en cosos taurinos que cuentan más de cien años, como la plaza de Cáceres, que es de 1846.
Un aforo inflado
El aforo de nuestra plaza, que está en las 7.500 personas, no es en absoluto real. Aunque los cacereños del 1846 al ser más pequeñitos, cabían perfectamente en ella y lograban completar las 7.500 personas de que habla el aforo, ya que al ser más escurridos y tener menos piernas ocupaban perfectamente las gradas sin tener, como ahora, que poner las rodillas en la mitad de las gradas del de abajo.
El cuento del inglés
A cuenta de esta elevación de talla de toda la humanidad, puedo contar una experiencia vivida por un militar cacereño que fue invitado a Inglaterra para participar en un determinado regimiento inglés, en lo que ellos llaman el “Arroyo Day”, conmemoración de una batalla de la Guerra de la Independencia española en la que dicho regimiento participó, logrando apresar a una compañía francesa cuyos uniformes conservan y se visten para un desfile.
Pues bien, esos uniformes que se vestían los ingleses del pasado siglo sin ningún problema, se los tienen que vestir ahora niños ingleses porque no les están bien de talla a las personas mayores y no porque hayan encogido los uniformes, sino porque han crecido los hombres actuales en relación con los de entonces.
Diario HOY, 30 de junio de 1987

miércoles, 14 de febrero de 2018

Carnet para excursionistas


Al igual que existe el proyecto de que los que quieran ejercer el deporte de la caza tengan que examinarse y sacar un determinado carnet para poder “darle gusto a la escopeta”, debería exigirse un examen y un carnet para poder ejercer el campismo, aunque mejor diríamos para “licenciarnos” en civismo, que en definitiva es el palo al que fallamos la mayoría de los españoles y a todos los niveles. No me voy a referir al civismo dentro de la ciudad, sino al respeto de la naturaleza y de nosotros mismos, en las excursiones campestres.
Aún no ha comenzado la temporada de las salidas dominicales al campo, pero se viene ya aproximando el buen tiempo y la llegada de la primavera anuncia ese deseo de muchas familias de pasar el domingo en campo propio o ajeno, para olvidarse un poco de la rutina diaria de la ciudad y del propio trabajo. Pero lo triste de todo esto es que los sitios más bellos, y por tanto más frecuentados, los tenemos hechos unos verdaderos basureros a cuenta de la salidas del pasado año, basureros sobre los que se volverá a volcar la incuria, el abandono y desaseo de la presente temporada, para acabar convirtiendo lo que es bella naturaleza en basureros permanentes. Si ustedes no lo creen, pueden darse una vuelta por los alrededores del pantano del Salor, al que se ha llamado playa natural de Cáceres, y en el que siguen existiendo los desperdicios de pasadas excursiones, sin que nadie —o muy pocos— se hayan ocupado de enterrarlos o hacerlos desaparecer, pero no en el fondo del embalse, porque esa es otra de las atrocidades que allí hacen los excursionistas cada año, consiguiendo no sólo ensuciar las aguas y hacer peligrar las especies piscícolas del mismo, sino que como se tiran latas y botellas son ellos mismos los que se tienden trampas para el baño próximo en esas mismas aguas, en las que suelen ser frecuentes los cortes y heridas en los pies de los bañistas. Ahora las hierbas han logrado tapar algunas de estas basuras, pero si se aceran y las apartan aparece un fondo de latas de conservas, botellas y recipientes de todas clases.
De esta incuria general sólo se salvan los componentes del Club Camping Caravaning.
Diario HOY, 2 de abril de 1987

Un invento de los romanos


Las generalizaciones siempre son odiosas, peligrosas y hasta demagógicas y nuestra pobreza no radica tanto en lo material como en lo imaginativo. Tenemos falta de imaginación para afrontar nuestros propios problemas y aún falta de formación para ver que lo que es aplicable en otros sitios, no lo es en nuestro propio terreno, al menos todas las veces. No hace mucho leía un escrito del profesor don Antonio Floriano, muerto ya, en el que daba una serie de explicaciones sobre el origen y el porqué de los latifundios extremeños, o de muchos de ellos, que se crearon así por necesidad, desde la época romana. No defendía el profesor Floriano de quién había de ser el latifundio, sino el que hay tierras que no tiene otra forma de explotación que esa y que la “dehesa” no es una forma caprichosa surgida en Extremadura para atesorar riquezas y extensiones de terreno, sino que hay tierras que, por pobres, no tienen otro sistema de explotación y dejarían de ser riqueza para nadie, si se las parcelara. Llega a decir: “Sin ganas de hacer demagogia de ningún tipo, la dehesa no tiene más explotación que la tradicional, porque díganme ustedes qué se sacaría de parcelar los Riveros de Montoya”.
Esto lo desconocen muchos de nuestros “salvadores” actuales de dentro y fuera de la región y suponen que la riqueza de muchas de nuestras tierras de secano, de la mayoría, es igual que la de las mejores tierras de Andalucía, donde posiblemente la parcelación pueda dar de comer a muchas familias, lo que no sucede en la mayoría de las tierras del secarral de Cáceres, cuya única explotación tradicional tuvo que ser por extensión porque no había otro modo de vivir de ellas, haciendo un todo en el que un poco de ganado extensivo otro poco de siembra rotativa, algún huerto en el mejor sitio, los pastos y poco más, podían proporcionar un “pasar” a varias familias, siempre que se explotara conjuntamente, porque si se despiezaba parcelándolo, de cada parcela no podía vivir nadie. La mayoría de nuestras dehesas de secano son como un coche que tiene un valor, poco o mucho, mientras “rueda” conjuntamente, pero que deja de tenerlo si a uno se le da el volante, a otro la carrocería, a otro las ruedas, etc. No hay nada por inventar y ese invento de la dehesa lo hicieron los romanos.
Diario HOY, 29 de marzo de 1987

viernes, 2 de febrero de 2018

El sentido del humor


Pienso yo que la vida se nos está volviendo muy seria. Nos hemos acostumbrado a marchar con cara de palo por ella y los responsables de la cosa pública han tomado un estilo de seriedad a todos los niveles y en todos los sectores, que nos está produciendo una úlcera, no en el estómago, sino en el alma —que es el sitio donde más daño pueden hacer las úlceras—. La “mala gaita” que suelen tener nuestros gobernantes se nos está contagiando a todos, porque ellos son los que suelen impartir la moda del estilo, y a ellos se los suele imitar en otros estamentos que están por bajo. No es que yo me oponga a que las cosas no sean serias, sino al destierro del humor y de la risa que esos “tíos cara de palo” nos están contagiando a todos.
Normalmente, la persona que no tiene sentido del humor es una persona incompleta. Así lo pensaban los griegos, que llegaron a tener la civilización democrática más importante de su tiempo y de otros muchos, solían condenar  al ostracismo (lo que ahora sería el destierro) a la persona a la que no se la había visto reír durante el año, con lo que lograban unas mentes sanas, porque las personas que no ríen, que no tienen sentido del humor, llevan alguna de esas úlceras de que hablamos en el alma y son realmente enfermos.
Por estas razones que doy, a mí me ha parecido  de perlas lo que vienen anunciando la Caja de Ahorros de Cáceres, que es un ciclo sobre “El humor intelectual” por el que pasarán, entre otros: Alfonso Ussía y Mingote, Como me parecen de perlas los espacios de humor —cada día más escasos— que tienen nuestros medios audiovisuales, entre los que podría citar el llamado “Estado de la nación”, con intervención de los humoristas del momento, que realiza la COPE. Lo que no me gusta es el título del ciclo, por lo de intelectual, porque pienso que el humor es de todos y lo de intelectual suena a demasiado serio.
Diario HOY, 23 de noviembre de 1986

miércoles, 31 de enero de 2018

Predicar con el ejemplo


A ras de terminada la guerra civil, entró el afán de repoblar todas las zonas que, a causa de la contienda, habían quedado desarboladas. Se hizo gran propaganda de ello, pero lo cierto es que en aquel entonces las gentes se ponían a hacer las cosas que “predicaban”, no sé si por imposición o por propia voluntad, pero se hacían cosas. En Cáceres, fruto de esas repoblaciones fue el bosque de pinos que hoy existe en el cerro de Cabezarrubia, que anteriormente era un calvero totalmente pelado y lleno de alacranes. Aquellas siembras se hacían por una especie de aportaciones muy curiosas, consistentes en que cada vecino tenía la obligación de ir a plantar un determinado número de árboles, o pagar para que otro lo hiciera en su lugar. Cierto que en muchos sitios no dieron el resultado apetecido, como sucedió en el campo de “El Rodeo”, que se plantó,  de punta a cabo, de arbolitos de pinos, que se comió el ganado nada más que se le dejó entrar, ya que como era una finca de pastos particulares no podía prohibirse su explotación tradicional. Pero otros sitios y lugares, como el cerro de Cabezarrubia, tienen un pequeño bosque gracias a aquello.
Tomando pie de esos intentos, pienso yo que las muchas asociaciones de ecologistas deberían hacer algo parecido y no centrar su acción sólo en la protesta. No niego que en alguna ocasión haya hecho alguna cosa, pero más simbólica que otra cosa. Resucitar la antigua “Fiesta del Árbol” (que, por cierto, nació en Cáceres) sería una buena cosa pero no dejándola solamente en símbolo. Podría pedirse algún terreno para ello y con maquinaria, como la que hoy tenemos, poco trabajo le costaba a esos centenares de ecologistas pasarse un fin de semana plantando arbolitos dirigidos por algún técnico en la materia, con lo que tendrían más fuerza moral para protestar después contra los que los quitan.
Diario HOY, 6 de noviembre de 1986

martes, 30 de enero de 2018

Sólo una puntualización histórica


No con ánimo de enmendar planas a nadie, sino con el de poner las cosas en su sitio, tengo que salir —más que al paso— a completar la información que mi buen amigo Tomás Rabanal Brito tiene sobre las ayudas prestadas, por inundaciones a  Valencia, desde Extremadura.
Se trata de un artículo publicado, por este amigo y compañero, en otro periódico regional, en el que afirma que dos veces socorrió Extremadura a Valencia, señalando la ayuda que en 1879 hizo el filántropo cacereño José Muñoz Bajo de Menjíbar, natural de Cabezuela del Valle, y la prestada por Radio Badajoz, Emisora Sindical, que logró reunir la suma no despreciable de un millón de pesetas, ya que comparada con la dada por la Fundación March (dos millones) puede dar idea del enorme esfuerzo de aquella emisora, que recibió la medalla de oro de la ciudad levantina, que el autor del artículo (que se contó en los equipos de aquella emisora) tiene también concedida.
Todo lo dicho por Tomás Rabanal vale, pero lo que no vale es hablar de las ayudas de Extremadura, silenciando o desconociendo, la que la emisora “Radio Cáceres” (hoy Radiocadena), realizó con sus subastas en 1957, en las que, aparte de todo Cáceres, participó el autor de este artículo. Esta emisora realizó una intensa campaña de sólo veintitantos días, sin cerrar sus emisiones en las 24 horas, logrando recaudar para Valencia en metálico, más de dos millones de pesetas (igual que la Fundación aludida), terminando todo ello con un festival en “Gran Teatro” en el que participaron entre otros, Tip y Top y Niní Montián, que subastó sus joyas. Ello valió el que se diera la Medalla de Ayuda a Valencia a todos los que participamos en las subastas y la Cruz de Beneficencia a la emisora, que se personificó en el locutor de esas subastas Cayetano Polo “Polito”, que la lleva desde entonces.
Espero que Tomás Rabanal tome nota de ello para próximas ocasiones.
Diario HOY, 29 de octubre de 1986

lunes, 29 de enero de 2018

Agarrarse a la experiencia


Confiesa nuestro alcalde, con toda sinceridad, que no tiene solución a corto plazo para evitar la proliferación de mendigos callejeros. Y no es que no haya sentido inquietud por el tema, ya que hace tiempo encargó, mediante concurso, a unos sociólogos un estudio sobre el asunto y suponemos que lo que el alcalde esperaba es que el estudio aportara alguna solución para paliar el problema. El estudio se hizo, y las soluciones que propone son de “Pero Grullo”, pero tampoco aplicable al tema y al momento, que uno acaba pensando que lo mejor era no haber gastado tiempo y dinero en dicho estudio. Para que se den una idea, diremos que entre ellas figura el proporcionarles puestos de trabajo, viviendas y escuelas a los mendigos y a sus hijos. Es, sin duda, la solución ideal, pero no la posible en esos momentos para un Ayuntamiento que tiene un censo de parados (no mendigos) importante, muchos de cuyos vecinos (no mendigos) carecen de viviendas y muchos de los hijos de éstos de puestos escolares adecuados. Igual podría haber dicho el estudio que se les proporcionara coche y chalet a los mendigos y no hubiera dicho ninguna tontería, si todo ello lo miramos bajo el prisma de los ideales y no de las realidades, que era lo que el dicho estudio debería haber contemplado.
Hoy día tenemos muchas cosas así, en las que se gasta dinero a manos llenas pero que luego no sirven para nada. Yo diría que estamos malgastando la experiencia que se acumuló en generaciones anteriores y, por ignorancia o por orgullo (que sería peor) no queremos aplicarla Peores momentos que los de ahora se pasaron (aquí en Cáceres) en la posguerra y en los llamados años del hambre.
Todavía creo que haya muchas personas vivas que se acuerden de todo aquello y de cómo se palió, en lo que se pudo, hasta que llegó el momento de “las vacas gordas”.
Diario HOY, 12 de octubre de 1986

sábado, 27 de enero de 2018

La aviación y nuestra ciudad


Diego Andrada
En estos día se está volando la II Vuelta Aérea a Extremadura en Ultraligeros, que esperamos sepa rendir etapa final en Guadalupe el día de la Patrona, consiguiendo así una marca más en la aviación deportiva a la que, dicho sea de paso, hay gran afición en nuestra ciudad, y yo diría que hay materia como para que las autoridades de turno (las que sean) le prestaran más atención.
No es sólo el hecho de que el campeón de España de ultraligeros sea un chaval de veintiocho años, nacido en Arroyo de la Luz, y que aprendió el vuelo en estos “cacharros” en nuestra ciudad, de manos de otro verdadero deportista de la alas, Javier Collado, que es el nombre del primero, y Diego Andrada, que es el del segundo, no necesitan ya promoción de clase alguna, pero sí lo necesita este deporte para el que habría que recabar algunas mayores facilidades, no sólo a nivel local, sino nacional.
Es curioso sabe que en nuestra provincia, no sabemos si por aquel lema de “más vale volando”, la afición a las alas, al vuelo y todo lo que se relacione con la aviación han tenido mucho arraigo popular, No habrá que remontarse al placentino José Patiño, que en 1784 voló con su “Pez Aéreo” desde la Catedral de Plasencia hasta Coria; ni a otros vuelos anteriores envueltos en la leyenda. Lo cierto y verdad es que nuestro viejo campo de aviación (ya fuera de servicio) data de 1927, pero que la llegada de escuadrillas a Cáceres era un verdadero acontecimiento popular, hasta el punto de que desde la feria de 1912 solían ofrecerse algunas exhibiciones aéreas que arrastraban la atención del público más que cualquier festejo de ferias.
Yo pienso que si en cualquier provincia o región logran tener al campeón de España del vuelo en ultraligeros algo más hubieran hecho por este deporte de lo que se está haciendo aquí.
Diario HOY, 8 de septiembre de 1986

Interesante artículo de Arturo Pérez Reverte sobre Javier Collado PINCHAR AQUÍ.

Los frágiles ciclistas


Hay algo que deseo decir, porque no sé si han reparado en ello, pero sobre todo porque cuando los veo, jugándose la vida sin saberlo, se me ponen de punta los pocos pelos que me quedan. Me refiero a los niños con bicicletas inmersos en el fárrago de tráfico ciudadano, en ese ingente lío en el que hay colisiones, abolladuras y malos tratos diariamente, donde el que más y el que menos se salta los semáforos en rojo, sin que pase nada, o no respeta las preferencias del otro, sin que tampoco pase nada en cuanto a multas, pero que pasa, en un caso y en otro, en cuanto a encontronazos más o menos graves. Estos pequeños, tan indefensos, que se aparecen con sus bicicletas por cualquier lado, sin respetar tampoco las señales o las direcciones prohibidas, o girando donde menos uno lo espera, o lanzándose desde el acerado a la calzada con su frágil vehículo, sin reparar si viene otro que los pueda llevar por delante. Ellos no respetan el código de circulación, porque no lo conocen, los otros porque lo conocen de sobra, pero llevan prisas.
Yo no sé qué habría que hacer con estos pequeños, porque fiar a los padres a que les aleccionen, creo que está más que dicho una y otra vez. Lo cierto es que para conducir una bicicleta no hace falta carnet de clase alguna, ni hay limitación de edad y estos pequeños ciclistas, que deberían tener un parque para sus ejercicios, están jugando inmersos en lo más peligroso del tráfico ciudadano y, con la versatilidad de reacciones que tienen los niños, igual frenan ante un vehículo que los puede llevar por delante, que adelantan por la izquierda, que atraviesan cuando no deben, o aparecen por direcciones prohibidas cuando menos lo esperas.
No hay razón para obligarles a saber el código para montar en bicicleta, pero sí para que vayan a sitios menos peligrosos a jugar con ellas.
Diario HOY, 31 de agosto de 1986

viernes, 26 de enero de 2018

La fe del consumidor


Se extraña el concejal delegado de Consumo, Emilio Vázquez Navedo, de que nadie haya ido a denunciar a la OMIC (Oficina Municipal de Información al Consumidor) los casos de intoxicación por alimentación ocurridos últimamente en unas bodas. Igual extrañeza nos mostraba el presidente de ADUCA (Asociación de Usuarios y Consumidores), Manuel Cupido, que nos decía que en la sede de dicha asociación sólo había habido una consulta que luego no se materializó en denuncia. El primero nos lo decía francamente molesto, agregando: “Pues si no hay denuncias, la OMIC ignorará lo ocurrido, porque nosotros no trabajamos de oficio”.
A mi modo de ver, tras de cuarenta años de desatenciones con el consumidor, a pesar de que había unos organismos —llamados de otro modo— que decían defenderle y no le defendían, aunque montaban la comedia. Tras de la aprobación de un código alimentario que nadie aplica y que, aun estando en vigor ha habido envenenamientos de todo tipo, harán falta al menos otros cuarenta años de trabajo anónimo y eficaz de estos organismos para que los consumidores comiencen a creer en ellos. En España siempre ha habido picaresca alrededor del consumo y su defensa, y el español de a pie no va a creer a hora que todo ello se ha quitado de golpe y porrazo. Primero habrá que demostrarlo y luego pedir la fe del consumidor. Un ejemplo local podría ser el de la promoción de turismo, que es también una forma de consumo. Si a los pocos turistas que vienen a Cáceres les robamos el coche, les asaltamos en la ciudad monumental, les intoxicamos en los restaurantes, les robamos en los precios y cuando protestan lo más que les decimos es que se queden en su tierra… ustedes me dirán quién viene a esta tierra de pícaros, de no traer consigo, para su defensa, el famoso “Séptimo de Caballería”.
Diario HOY, 29 de agosto de 1986