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domingo, 25 de febrero de 2018

A 50 años vista


El 23 de julio pasado se cumplió el 50 aniversario del único y sangriento bombardeo que sufrió Cáceres durante la Guerra Civil. Nuestro periódico se ocupó de la efemérides cumplidamente y ofreció una serie de datos y curiosas fotografías de aquel entonces, por lo que no vamos a centrarnos en detalles de aquello, si no es decir que las víctimas que se entierran el día después, muertas en acción de guerra republicana, son 33, más otras tres que se llevan a enterrar fuera, por ser personas forasteras, y los heridos muertos posteriormente, se están enterrando hasta el día 26 de aquel julo de 1937, con lo que las víctimas alcanzan quizás las cuarenta personas, sumiendo en luto a aquel Cáceres recoleto que no tendría arria de 30.000 habitantes
Pero hay un aspecto que es el que quiero comentar, sin tratar de profundizar en heridas ya posiblemente cerradas, y es que el bombardeo que sembró de víctimas y terror a Cáceres de entonces, tuvo también un aspecto en lo que el urbanismo se refiere que visto cincuenta años después, tenemos que catalogar de positivo.
Muchas de las casas que derruyeron las bombas no volvieron a levantarse, sino que sirvieron para agrandar plazuelas o pasos conflictivos en calles que desde entonces son más anchas y practicables y de las que las nuevas generaciones no tienen ni idea. Por ejemplo, lo que es hoy a Plaza de las Piñuelas, aparcamiento y entrada posterior al Ayuntamiento, no existía puesto que lo ocupaba una casa de dos pisos y terraza que destruyó una bomba y no volvió a levantarse. La entrada a la Plaza Mayor desde Defensores del Alcázar, era muy estrecha, ya que la cerraba —en cuello de botella— un finca propiedad de Mateo Laporta, que hizo desaparecer una bomba, y no volvió a reconstruirse, sino que sirvió para terminar el proyecto de ensanche de esa vía y así, en algunos sitios más, como el Rincón de la Monja, se reconstruyó lo destruido dejando un mayor espacio a lo que era vía pública.
No quiero decir más que el bombardeo fue también una violenta operación quirúrgica de nuestro urbanismo.
Diario HOY, 21 de agosto de 1987

martes, 20 de febrero de 2018

Empatar


Por aquello que dicen los refranes de que “la mentira tiene las patas muy cortas”; se coge antes a un mentiroso que a un cojo”, y “las verdades siempre afloran”, habrá que salir al paso de las tergiversaciones y mentiras que nos sirve la Televisión Española en sus series sobre la “Guerra Civil”, de la que muchos de los cacereños que vivieron aquellos tiempos vienen echando truenos, señalando las inexactitudes y las confusiones de las cosas realizadas por uno y otro de los bandos contendientes. Como resulta que se ha llegado al colmo presentando fotografías de hechos ocurridos en nuestra región, sobre las barbaridades que hacían los “rojos”, pero diciendo que esas barbaridades las habían hecho “los azules” y como resulta que viven aún las personas de esas familias que sufrieron el daño en sus carnes, algo habrá que decir para llamar mentirosos a los guionistas y a los que programaron la serie.
Ayer, nuestro periódico, en su sección de “cartas” recogía la aclaración de uno de los interesados; pero como no es ese sólo el caso, sino que existen otras muchas personas vivas que vivieron los hechos que se narran y que insisten en que se narran al revés de cómo fueron, habrá que hacer dos puntualizaciones: la primera es que si en verdad se quiere que se olvide la Guerra Civil y que se cierren las heridas de ella, no nos explicamos la reiteración del sector de izquierdas en explicar los hechos a su modo y tergiversándolos, porque eso es hacer lo contrario de lo que se predica; la segunda es que, narrándose de forma tan partidista los capítulos, el final debería ser que la República ganara la guerra, ya que lo hacía tan bien y la quería todo el mundo.
Un cacereño que vivió aquello nos decía, respecto a lo que comentamos; “No creo que se atrevan a decir que ganaron la guerra, pero acabarán diciendo que la empataron”.
Diario HOY, 11 de junio de 1987

miércoles, 31 de enero de 2018

Los cuarteles de Cáceres


(Incluida en el libro “Ventanas a la Ciudad”)
Hay curiosidades del Cáceres inmediatamente pasado que si no se cuentan terminan olvidándose. Pequeñas cosas que el cacereño actual se pregunta por qué son o por qué se llaman así. Ejemplo de ello puede ser un comercio que existe en Cáceres al que popularmente se le llama “El Requeté”, porque en el lugar que ocupa hubo en tiempos de la Guerra Civil un cuartel de tropas carlistas, sin que el fundador de ese comercio, don Getulio —al que conocí y traté— tuviera en absoluto esas ideas. Cada dos por tres surgen alusiones a cosas de entonces que, dadas por sabidas de las generaciones anteriores, nadie ha intentado explicar a las nuevas, como la serie de cuarteles y tropas que hubo en Cáceres durante los tres años de guerra, ya que habiendo sido Cáceres el primer cuartel general de Franco, aquí se alojaron gran y variado número de tropas y fuerzas de todas clases. Aparte de los cuarteles normales, como pueden ser los del Regimiento Argel (hoy del CIR); los de la Guardia Civil, en las calles Margallo y Alfonso IX, hubo otras muchas casas y palacios habilitados como cuarteles, de los que voy a tratar de recordar algunos.
En lo que hoy es el Complejo Cultural “San Francisco” estuvo el cuartel de las tropas moras; los requetés tuvieron su cuartel principal en el número uno de la calle Olmo; hubo otros varios cuarteles en los Golfines de Abajo; el antiguo Cuartel Viejo (desaparecido) que ocupó la zona de la plaza de Galarza y mercado de abastos; Falange tuvo un cuartel en una casa desaparecida, donde hoy está el cine Capitol; las “Milicias Patrióticas” (tropas de segunda fila) ocuparon el palacio del conde de Canilleros y las escuelas de la calle de Alfonso IX; parte del Instituto de Segunda Enseñanza (hoy Luisa de Carvajal) fue también cuartel moruno; como lo fue el Gran Teatro y la antigua “Casa del Pueblo” de la calle Olmo; hubo otro en la Casa de los Caballos y algunos más que no recuerdo.
Sirva esto para completar esa pequeña historia local que alguien escribirá algún día.
Diario HOY, 1 de noviembre de 1986

viernes, 15 de diciembre de 2017

"Los años del volfram"


Las gentes de mi generación, de Cáceres, llamamos “años del hambre” y “años del volfram”, a los que van desde el final de la guerra civil, sobre el cuarenta —a los primeros— y de los cuarenta y tantos a cincuenta —a los segundos— y nos entendemos perfectamente.
Unos y otros los desconocen las generaciones actuales, pero en ambos casos ellos marcaron una época cacereña y hasta, estoy por decir, que nos marcaron también a nosotros.
Se va a celebrar en Extremadura el “Tercer Simposio internacional del tungsteno” y por aquello de que tungsteno, wolframio y volfram son lo mismo y esta última designación se deba a dos químicos españoles, los hermanos Elhúyar, voy a designarlos así, en vez de emplear la palabra sueca: tungsteno.
Los años del volfram marcaron en Cáceres una afloración de dinero como no se conocía. Cualquiera que consiguiera esas piedras llamadas volfram y las llevara hasta la frontera portuguesa, las vendía a precio de oro, sin más trabajo. Había “sacadores” que las compraban “a domicilio”, aunque a menor precio, y como eran piedras que estaban sobre el suelo de muchas zonas de la provincia de Cáceres, con conocerlas y llenar un saco de ellas podría uno hacerse rico. Las gentes, que acababan de salir de los “años del hambre” y que malvivían buscando cardillos y espárragos, supusieron que aquello era el maná y hasta desempedraban los pueblos, si sus piedras contenían volfram, para venderlas a los portugueses que, al parecer, las vendían a su vez a los aliados para endurecer sus armas de guerra, ya que oficialmente España no podía venderlas más que a los países del Eje.
Podría contar alguna anécdota de la picaresca que se empleó en todo esto, pero de momento diré solamente que en la mayoríade los casos pasó con ese dinero como con los del sacristán que “cantando se vienen y cantando se van” y los que se enriquecieron volvieron a ser pobres al poco tiempo.
Diario HOY, 14 de mayo de 1985

lunes, 13 de noviembre de 2017

Los estampillados


Yo no sé si ustedes recuerdan a “los estampillados”. Los estampillados solía llamarse en nuestra guerra civil, a los oficiales o mandos hechos a toda prisa para ponerse a la cabeza de las tropas voluntarias que luchaban en los frentes, porque no había suficientes oficiales de carrera  y porque había que formar nuevas unidades que fueran reemplazando a las que morían en dichos frentes. No se les exigía mucho, sino más bien el valor “que se les presuponía” y el arroyo suficiente para jugársela al frente de una unidad, lo que fue muy atractivo para la juventud de aquel entonces que asistían en gran número a los cursos acelerados de formación; en muchos casos por ideales, en otros más porque lucir un uniforme de oficial con una estrella era muy bonito, aunque uno se jugara la vida, y en otros —y hay casos que así lo demuestran— porque de salir con vida se había logrado una carrera militar y un puesto apetecible. Muchos, la mayoría, quedaron en el intento y hasta llegó a correr el dicho de: “Alférez provisional, cadáver efectivo”.
Lo de llamarles “estampillados” era porque las estrellas o los galones se llevaban sobre una estampilla y no en la bocamanga como los de carrera. Con todo, hay que reconocer que aquella provisionalidad dio sus frutos y ello lo reseñan calles con sus nombres o monumentos diversos a este tipo de oficiales improvisados para un tiempo azaroso.
Dicho esto, pienso yo que ahora —aun en tiempos de paz— vivimos también un momento azaroso de nuestra historia, en los que también ha habido que fiar a la improvisación muchas cosas. Por ejemplo, hemos pasado a la España de las autonomías, de la España que tenía un gobierno único y monocolor, con un único número de ministros en cada ramo que se han tenido que desdoblar en cada una de las comunidades autónomas, o sea, que de tener un solo ministro de Agricultura, de Cultura, de Sanidad, etc. para todo el territorio, hemos pasado a tener además 17 en cada ramo, en las 17 autonomías en las que ahora se ha dividido España, aunque se los llame en ellas consejeros. Para mí esto implica un paralelismo con los estampillados de entonces y son por tanto “ministros estampillados” que ya veremos qué resultado nos dan.
Esperemos que el tiempo y las circunstancias les hagan ir “aprendiendo el oficio”.
Diario HOY, 29 de junio de 1984

miércoles, 25 de octubre de 2017

De la próxima no se libra nadie


El tema trasciende de lo local, pero como al final nos afectará a todos, creo que es razón que lo tratemos y nos vayamos haciendo a la idea. La próxima guerra mundial va a ser un poco la “guerra de las galaxias” que hemos visto más de una vez en el cine.
El presidente Reagan, de Norteamérica, acaba de decir algo de ello en un discurso, en el que anuncia el establecimiento de una estación permanente en el espacio en la que, se dice, habría hasta misiles. A nosotros, los ingenuos, los hombres de a pie del resto de las naciones del mundo, que no son más que peones en el tablero de ajedrez que juegan las dos grandes potencias del mundo, nos tocará cargar con los trastos rotos, de lo que se nos venga encima desde el espacio.
Hasta ahora, hemos estado pensando que la llamada “carrera del espacio” de los dos grandes era algo limpio y asépticamente científico: satélites de comunicaciones, satélites meteorológicos o pruebas para explorar el universo externo que nos circunda, en las que la ciencia se impondría al deseo atávico de matarnos unos a otros. Pero lo malo de lo científico es que una vez conocido, comienza a dársele vueltas para ver cómo puede empleárselo en destruir a los otros. No era esa una carrera limpia, sino que tenía la secuela de ver cómo desde el espacio se podía dominar lo de abajo, lo otro era simplemente tapadera
Hay que reconocer que ésta ha sido la tónica de todos los inventos históricos que comenzaron sólo por ciencia: la pólvora se inventó en China como entretenimiento para los fuegos artificiales; el barco de vapor como un ensayo para burlar el aire o el remo; el submarino como una conquista científica para bajar a las profundidades; luego pólvora, barcos y submarinos se emplearon para matarse entre unos y otros, y la conquista espacial no puede por menos que seguir los mismos trámites.
Por ello pienso yo que toda esa discusión del desarme, de la no nuclearización, de poner o no misiles en Europa, es más una cortina de humo de las grandes potencias, porque si nos las van a poner en esas plataformas espaciales la seguridad de los que estamos debajo se nos ha ido al garete, aunque usted esté en Pescueza —pueblo tranquilo— o en Cáceres o Badajoz, no menos tranquilos que Pescueza. Ya ven cómo el tema también puede afectarnos.
Diario HOY, 28 de enero de 1984

martes, 24 de octubre de 2017

Ni izquierda ni derecha


Vuelve a ponerse en moda algo que, yo creo, nos fue funesto en tiempos atrás, que es catalogar de “derechas” o de “izquierdas” todo lo que no debe tener tal catalogación porque es bien común de toda la comunidad, valga la redundancia.
Viene esto a cuento, porque me dicen que se intenta crear una asociación de consumidores, de izquierdas, y pienso yo que los consumidores lo son, sin más adjetivaciones y por el hecho de consumir, sin que sus ideas o credos políticos tengan que ver nada con el propio hecho del consumo, pensando que cualquier asociación de consumidores y usuarios se hace para defenderlos a todos y no para discriminarlos, o exigirles el carné de algún partido político —lo que ya sería el colmo—. En esto hay cierta “galleta mental” que no terminamos de aclarar, porque el sectarismo, no puede llegar a aspectos tan comunes de la vida. Yo no sé si es que en esto vamos a tener que seguir empleando el dicho de “España es diferente” y darle la razón a los que así piensan. Creo que cuando un partido político llega al poder, su forma de gobernar tiene que ser para todos, no para un sector sí, pero no para el otro, empleando como frase arrojadiza lo de ser de “izquierdas” o de “derechas”.
Recuerdo que cuando mi buen amigo Romano García llegó a la dirección de la Institución Cultural “El Brocense”, en su discurso de toma de posesión, tuvo una frase desacertada como era el decir que la institución “haría una cultura de izquierdas”. Tan desacertada fue que luego hubo de aclarar que lo que pretendió decir era que la gestión, no la cultura, sería de izquierdas, porque la cultura es cultura sin más, y para todos, sean de izquierdas o de derechas, porque si no, deja de ser cultura minimizando sus fines a un sector y abandonando otro.
Por otra parte, no me agrada el deseo de división en dos mitades que se está poniendo de manifiesto en todo esto. ¿No habíamos quedado en que no había dos Españas, sino una sola en la que se admitían los ideales de todos los campos, porque eso era la democracia? Pues de no hacerlo así, estamos faltando a lo prometido y a lo que va en uso en todos los países demócratas del mundo. No puede haber cultura de derecha y de izquierdas, o medicina, o asociaciones de consumidores, porque la idea de cultura, eficacia en el trabajo, o exigencia de atención en el consumo, ha de pedirse o realizarse para todos, tengan o no un determinado credo político. El no hacerlo así es embarullar al personal y, como dice el pueblo, “mezclar las churras con las merinas”, cuando todas pertenecen al rebaño.
Diario HOY, 27 de enero de 1984

Coria y la fuga del río


Los pueblos son muy dados a olvidar las catástrofes o los hechos que les han dejado mal sabor de boca. Pero esto da lugar a que se pierdan, por ese olvido, datos que son muy preciosos para la historia posterior.
En Cáceres, por poner un ejemplo, hay un hecho inmediato casi en el tiempo del que nos hemos olvidado, cual es el bombardeo aéreo que padeció nuestra ciudad en la guerra civil, en el que murieron —de manera inmediata casi— más de una treintena de cacereños, quedando algunos otros lisiados o mutilados. Puede que la estrategia de la guerra no aconsejara entonces dar cifras o detalles, pero el hecho es que aun los que vivieron aquello han acabado olvidándolo.
Si esto es así para una cosa inmediata, ustedes nos dirán cómo se pueden recabar datos de catástrofes que ocurrieron siglos atrás.
Es éste el caso de la ciudad de Coria que, teniendo puente y río, un buen día el río se cansó de pasar por debajo del puente y tiró por otros derroteros dejándolo seco. Este hecho debió ser una verdadera conmoción, porque el río no volvió a tener puente hasta pasados tres siglos teniendo que pasarse por medio de barcas. Pues bien, hoy día se desconocen las circunstancias ciertas de por qué sucedió esto, la fecha exacta y los detalles de lo sucedido. Tal estupor y asombro debió proporcionar a los corianos, que prefirieron olvidarse del tema, que no se refleja, con detalles, en ningún documento posterior, o se refleja en muy pocos.
La única referencia más precisa la leí en un trabajo del fallecido investigador —coriano por más señas— Tomás Martín Gil, que dice encontró un documento en la Biblioteca Pública, que supone perteneció al convento de San Benito, de Alcántara, y en el que se dice que “en el año 1590, por una violenta avenida del río Alagón, se produjo una rotura del cauce en el sitio conocido por “El Cachón”, por encima del puente, cambiándose el curso del río y quedando sin agua la madre antigua, y en seco el puente.”
Se refiere también a la serie de pleitos que todo ello produjo, por la invasión de aguas en otras tierras, los esfuerzos por volver el río a su cauce, todos infructuosos, quedando la ciudad aislada hasta principios de nuestro siglo en que se realizó el puente de hierro, que aún existe, teniéndose que pasar el río por barcas.
Al parecer, una de las cosas que contribuyó a que eso sucediera, era lo sucio que tenían el cauce y la manía de llevarse —para otras construcciones— las canterías y piedras que en algunos sitios lo encauzaban.
Pero con ser todo esto curioso, lo más curioso es que faltan documentos detallados y abundantes de este fenómeno, que debió conmocionar a la Coria de aquel entonces.
Diario HOY, 20 de enero de 1984

miércoles, 18 de octubre de 2017

Todo un gobernador militar


Entre la rara fauna de personajes que vivieron en nuestra ciudad, quizás los ejemplares más llamativos fueran los de los años de la guerra civil. Algunas historias de entonces, recordadas hoy día, se nos antojan insólitas, como se nos antojan insólitas algunas de aquellas autoridades que por aquí ejercieron mando en tiempos tan azarosos. Yo no sé si suele suceder esto en todas las guerras, por ser tiempos anormales en que el patriotismo, o la patriotería, o la forma de entender una cosa y otra crean fenómenos que en la vida normal llegan hasta dudarse que pudieran haber ocurrido. Yo viví aquello con ojos infantiles, pero recuerdo a algunos protagonistas de entonces, y hasta llego a dudar que todo aquello pueda haber ocurrido.
Lo que pudiéramos llamar el mando de la ciudad estaba a cargo de los gobernadores militares de entonces —por la emergencia de la guerra—, que en muchos casos supongo que llegaron a pensar que la provincia y la ciudad entera eran un verdadero cuartel. Los gobernadores civiles entonces, como el resto de las autoridades civiles, no pintaban nada.
Pues bien, entre los tipos que aquí ejercieron el mando de gobernador, existió un raro general llamado don Luis de Martín Pinillo y Blanco de Bustamante, que tenía la manía de que todos los cacereños y todos los que aquí vivían, lo fueran o no, tenían que saberse su nombre de carrerilla, saludarle e identificarle entre los muchos mandos militares que aquí existían, ya que esto era un cuartel general. El tal don Luis, aunque fuera de paisano, paraba a cualquier ciudadano y le preguntaba: “¿Usted sabe quien soy yo?”, y si el preguntado no sabía su nombre, mandaba detenerlo y acababa en la cárcel, por buenas componendas. A tales extremos llegó el asunto que las gentes se aprendieron la siguiente cuarteta:
“Si quieres andar tranquilo,
apréndete el consonante:
don Luis de Martín Pinillo
y Blanco de Bustamante”.
Puede que las gentes de hoy en día duden de que esto sucedía, pero así estuvieron las cosas.
Diario HOY, 6 de diciembre de 1983

NOTA.- El coronel Martín Pinillo cesó como Gobernador Militar de Cáceres el 5 de julio de 1937 (nota de Teófilo Amores).

viernes, 6 de octubre de 2017

La bandera

Yo envidio a pueblos que, como el inglés o el norteamericano, usan su propia bandera hasta para llevarla de calzoncillos. Nadie puede extrañarse de esta afirmación, ya que habré visto a ingleses vistiendo traje de baño con sus colores nacionales o a yanquis vistiendo camisetas con sus barras y estrellas, aunque a algunos españoles esto les parezca una paletada supina.
No obstante, esta costumbre tiene su parte práctica, que es la familiarización de pueblos y razas de aluvión, como la propia Norteamérica, con un solo símbolo que los identifica a todos. Un indio o un negro norteamericano podrán tener sus polémicas raciales con la Administración yanqui, pero no discutirán nunca el símbolo común de todos, que es la bandera. Por encima de diferencias raciales, de credos, de cultura y hasta de posiciones políticas, la bandera nacional no se discute.
¿Por qué no pasa esto en España? A mi modo de ver aquí hemos seguido un camino contrario y sin querer —o queriendo, que esto no lo sé— hemos cometido el error de identificar la bandera nacional con una facción política.
Para muchos, la bandera nacional, quizás por el uso que de ella ha hecho la derecha, la hemos identificado con esa posición política conservadora.
Cabría preguntarse por qué ha ocurrido esto y, a mi juicio, ello parte del error de que la República —y lo digo por confesión hecha por un republicano— cambió la bandera bicolor por la tricolor, cuando en realidad esa bandera tricolor era la bandera del partido republicano, sin la pretensión de llegar a ser la nacional.
Un peligro similar se corrió con el Movimiento cuando se intentó sustituir la bandera nacional bicolor por la de Falange, aunque la astucia de Franco no lo consintiera.
Hasta no hace tanto, los socialistas, cuando estaban en la oposición, tenían en sus sedes la bandera republicana, aunque el buen sentido de sus dirigentes olvidara este símbolo al llegar al poder, aceptando la bandera bicolor como la de todos los españoles. “Estos polvos han engendrado los actuales lodos”, como suele decirse, y hora es ya de que toda la izquierda y toda la derecha vean ese símbolo como el de toda la nación y no sólo como el de una parte de ella.
Finalmente, hemos de decir que en esto el Partido Comunista Español, quizás por cuquería, estrategia o lo que sea —que no lo sé— nos ha dado lecciones a todos ya que desde su legalización —y de ello soy testigo— en sus sedes, al lado de su bandera roja, ha puesto siempre la bicolor, siendo entonces la única izquierda que no tuvo empacho en reconocer ese símbolo nacional, que debemos acatar todos, desde los moderados a los extremistas, como el único símbolo que está por encima de las particulares ideas.
Diario HOY, 4 de agosto de 1983

lunes, 2 de octubre de 2017

Las tres carreras del Chori


Me lo ha recordado un comentario de Luis Apostua, sobre la invasión de campesinos andaluces de la antigua finca de Rumasa “El Indiano” y su posterior desalojo por fuerzas de la Guardia Civil.
Aquí en Cáceres también ocurrieron cosas de esas, pero en su tiempo. La referencia de ello que yo tengo me la narró “El Chori”, ya hace años, cuando estudiábamos magisterio en la vieja escuela normal instalada en “El Perejil”.
El Chori”, del que no conozco más que este nombre cariñoso por el que le nombrábamos los estudiantes de entonces, era un amable guarda – jardinero encargado de los jardines de la escuela, con el que nos tomábamos nuestros “chatos” y nos narraba su vida, con la experiencia de hombre de mayor edad que había vivido ya lo suyo. En una ocasión “El Chori” nos confesó: “Yo me hice falangista a la tercera carrera”. Como quiera que no entendimos lo que nos quería decir, pasó a narrárnoslo.
Resulta que en los años anteriores a la guerra, “El Chori”, era miembro de la Casa del Pueblo, y allí sus líderes “decretaron” que él y otros como él deberían de ir a tomar posesión de una finca, próxima a “Casa Pintada”, a unos diez kilómetros de Cáceres, asignándoles parcelas a cada uno de ellos.
Hacia allá se fueron, pero resultó que llegó la Guardia Civil, y les hizo regresar a Cáceres, más ligeros que ellos hubieran querido. Indignados fueron a la “Casa del Pueblo” a plantear el problema, diciéndoles los líderes que había habido una confusión y que volvieran a la finca, porque todo estaba arreglado; hacia allá se fueron y hacia acá les hizo venir la Guardia Civil, más deprisa que en la primera ocasión. Nueva consulta a los líderes, y nueva insistencia de éstos en que había acuerdo con el gobernador y era la Guardia Civil la que estaba confundida, por lo que volvieron de nuevo a la finca, para regresar ya a toda marcha corriendo delante de los caballos de los civiles… “Yo no aguanté más de estas tres carreras —remataba “El Chori” su narración— y me fui directamente al cuartel de Falange, donde me apunté, mucho antes de la guerra”.
Leyendo lo que ahora viene ocurriendo en “El Indiano”, uno no tiene más remedio que recordar estos tiempos que suponíamos idos, y que alguien parece ser se está encargando de resucitar como viejos fantasmas del pasado, pero fantasmas al fin.
Diario HOY, 11 de junio de 1983