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jueves, 7 de diciembre de 2017

Entender al pueblo llano


Lo malo de las herencias es que se terminan y hay que arbitrar otras fuentes de ingresos, porque no se puede ir por la vida sólo de heredero. Tan se no gastan las herencias que la renta per cápita de los españoles de pocos años a esta parte se nos ha convertido en la mitad de lo que era y, como suele decirse en la Bolsa, seguimos con tendencia a la baja. Porque, dicho sea de paso, lo que nos importa a los hombres de la calle, partidos y tendencias políticas aparte, es que nuestro poder adquisitivo no vaya disminuyendo, nuestra cesta de la compra no esté cada vez más cara y  con menos artículos de los que tenía, nuestro puesto de trabajo no este más inseguro porque cada vez se cierran más industrias, y no se abren ningunas; que cada vez nos suben más los impuestos, sin darnos opción a enjugar nuestro déficit particular por aquello de las incompatibilidades —en muchos casos—, porque aumenta el paro, porque se nos engaña en todo, aun en esto y, porque dígase lo que se quiera, vamos a marchas forzadas a la España de la alpargata de la que salimos hace años, por las razones que fuera —que no deseamos nos expliquen porque muchos las vivimos— y los políticos de ahora no saben más que destruir sin crear, lo que no puede más que llevarnos todo lo cuesta abajo que ahora vamos y sin horizontes halagüeños para los que formamos el pueblo y no tenemos cargos políticos de los que sacar alguna renta.
Sé que contarles esto a políticos bien pagados, a todos los niveles, es un poco tontería,  porque uno mide por uno mismo y a ellos el nivel les ha aumentado, casi a cambio de nada, por lo que habrá que esperar a que se les termine “el chollo” —si es que logramos que se les termine— para que comiencen a entender al pueblo llano y sus angustias.
Diario HOY, 14 de febrero de 1985

jueves, 23 de noviembre de 2017

Sobre el mercadillo franco


Tras la aprobación de la moción presentada al Ayuntamiento por el grupo popular sobre supresión y traslado del mercadillo franco de los miércoles de Camino Llano, nos tememos que va a comenzar otra vez la misma guerra de los usuarios y vendedores del  mismo que cuando hace tiempo el grupo socialista aprobó una moción similar, que no se había llevado a efecto, y de la que tomaba pie la del grupo popular aprobada ayer.
Yo no voy a entrar en la justeza o no de aprobación de una moción. En democracia hay que acatar estas decisiones y la moción la aprobaron todos los grupos menos el socialista que, por matizaciones, se abstuvo.
Lo que sí quiero es expresar lo que pienso sobre la supresión del mercadillo Desde su inicio, allá por la época de la dictadura franquista, los industriales establecidos le habían sentenciado a muerte porque para ellos suponía una competencia a sus negocios que no podemos olvidar, y si el mercadillo se mantuvo fue por el decidido apoyo del gobernador de entonces que se inclinó, justa o injustamente, por lo que él creía un beneficio para los consumidores. Esto suele olvidarse o silenciarse aunque en nuestro fuero interno todos sabemos que es así. Lo demás, a mi modo de ver, es anecdótico; aquí, como en las guerras, hay unos intereses comerciales en juego que son los que en definitiva privan en estas decisiones, aunque se disfracen como conveniencias a favor del usuario. Lo cierto y verdad es que los usuarios, aun con todos los defectos que se le señalan al mercadillo, estaban volcados en él y, para mí, ese es el mejor síntoma de que era válido. Que para muchos usuarios modestos el mercadillo suponía un ahorro también es verdad, por lo que aun respetando al acuerdo, a mi no me quitan de la cabeza de que en él han prevalecido en mucha medida los intereses creados, Así de claro.
Diario HOY, 12 de octubre de 1984

NOTA.- Aunque Fernando ubica los principios del mercadillo: “allá por la época de la dictadura franquista”, la afirmación no es correcta, ya que el mercado franco de Cáceres se inició el 14 de diciembre de 1977, cuando Franco llevaba más de dos años muerto y enterrado. Gobernaba la UCD y fue una iniciativa del entonces Gobernador Civil Luis García Tafalla ante la insistente petición de la Asociación de Amas de Casa y así lo recoge el propio Fernando en la “Ventana” tituladaCáceres y sus mercados”. (Nota de Teófilo Amores)

viernes, 10 de noviembre de 2017

Del polen y otras panaceas


La humanidad ha estado “pachucha” siempre y por ello ha tenido mucha fe en los reconstituyentes curalotodo, habiendo tenido cada época sus modas en estas panaceas que han ido evolucionando con el tiempo, pero que en cada momento popularizan un producto.
Cuando uno era niño recuerda la cantidad de “ferroquinas”, inyecciones de “cacodilato” y “ceregumiles” que le arrearon para el colegio, con la lógica protesta del infante por la incomodidad del pinchazo o los malos sabores de los productos. Pero no había más remedio que tomarlos, porque las modas médicas —que las hay como las otras— lo imponían así hasta que el curalotodo de turno era sustituido por algo más nuevo y con más garra.
En la época más antigua que yo he conocido, lo que estaban en moda eran las “emulsiones” de diversas marcas, de las que se decía que ponían a los niños hechos unas rosas y a los mayores fuertes como toros. Tras ello, ya en mi niñez, la moda fue el aceite de hígado de bacalao del que no había forma de escaparse por mucho que llorara y pataleara el infante al que, si era preciso, se le agarraba y se le tapaba la nariz, haciéndole sufrir por su propio bien.
Luego vino lo del hongo cultivado en té, del que no había forma de escaparse, y que alcanzó tal popularidad que no había casa en que no estuviera y hasta se ofreciera a los amigos. Esto duró bastante y pienso yo que si alguna ventaja tuvo fue la de la fe en sus propiedades, porque la fe mueve montañas. Y pasó lo del hongo y llegó, con la misma fuerza popular, lo de la “jalea real” que debió curar a muchos “pachuchos” imaginarios, como creo que curaron todos los productos nombrados. Ahora la moda es lo del polen que tiene una infinidad de propiedades curativas y el lógico mal sabor que requieren estas cosas.
¿Sirve el polen?, haría de preguntarse, y a mi juicio la respuesta es que servirá según la fe que pongamos al tomarlo.
Diario HOY, 8 de junio de 1984

jueves, 9 de noviembre de 2017

Conocer lo nuestro


Es indudable el éxito que han tenido, dentro de las Feria de San Fernando de Cáceres, la de muestras de productos extremeños, a la que concurren una veintena de expositores de productos alimenticios, comestibles y bebestibles de nuestra región, dándose el caso de que muchos de estos productos son desconocidos de nuestras gentes, o al menos desconocidos en cuanto a que se producen en Extremadura. En este sentido ha habido muchas sorpresas, en su mayoría gratas, en cuanto a exclamar: “¡Ah!, ¿pero esto se fabrica aquí?”. Pues sí señores, hay muchas cosas que se fabrican en Extremadura y que desconocemos los extremeños de una y otra provincia, sobre todo si lo producido es en la otra provincia.
Por todo lo dicho, pienso yo que estas ferias tienen entre otras muchas ventajas la parte positiva de que los propios extremeños vayamos conociendo nuestros productos, nuestras marcas, nuestros fabricados y todo lo que Extremadura produce y vende, fuera de la región y aún fuera de la nación. No se trata de una defensa a ultranza de lo nuestro si su calidad no lo merece, pero sí de lo que tenga verdadera calidad para ser defendido, divulgado y consumido por nosotros mismos, si es que queremos que lo nuestro se imponga.
La nuestra, como decimos, es una sorpresa porque —por ejemplo— yo no sabía que aquí una de nuestras empresas hace una serie de comidas enlatadas para animalitos domésticos que tienen su garra en el mercado nacional; o que aquí se producen una gran cantidad de mieles y ponen —que está tan en moda— que son buscados y apetecidos en el resto de España. En fin, que también esta feria es una verdadera lección para el resto de los extremeños que es bueno conozcamos lo nuestro, sin que ello quiera decir que defendamos lo que no sea de calidad.
Diario HOY, 31 de mayo de 1984

miércoles, 18 de octubre de 2017

Ser o no ser oportuno


Sin nostalgia ninguna, sino más bien con temor de que aquellos tiempos vuelvan, pensaba ayer en aquellas campañas de la “cena de Navidad del necesitado”, de las que fue adalid y adelantada en nuestra ciudad la veterana emisora Radio Cáceres que movía voluntades y hacía lo indecible por allegar fondos para que, al menos en fechas tan señaladas, los más menesterosos tuvieran algo de lo que carecían. Sucedió hasta los años cuarenta o cincuenta, y se sabia ya que el ideal no era que los pobres cenaran bien una sola vez al año, sino el que cenaran todas las noches, cosa que, con bastantes sacrificios, se consiguió posteriormente. A partir de los años sesenta, aquellas campañas fueron más bien simbólicas y sus fondos destinados a construcciones de viviendas o de otras necesidades que hasta el presente hemos venido padeciendo
Quizá lo más importante de aquello era la mentalización de ayuda al prójimo y la oportunidad de hacerlo en esas fechas, porque la ocasión es una cosa que debe tenerse muy en cuenta.
Las fechas elegidas para cualquier decisión constituyen una circunstancia muy importante con la que no suele contar el bisoño, y una decisión precipitada puede amargar esas fechas, cuando una buena “mano izquierda” (y no me refiero a la de algún político) lograrían retrasar esa amargura.
Dicho esto, pienso que nuestra Administración de izquierdas —la que ahora tenemos— no tiene precisamente “mano izquierda” para muchas de sus decisiones, quizás por esa bisoñez de que hablo
Ahora, al filo de la Navidad, y cuando las gentes necesitarían un respiro para pensar en esas fiestas familiares, se nos sube todo: impuestos, productos de consumo, etc., y lo que es peor, se “nos amenaza” con la subida de la ya de por sí cara gasolina española. Puede que la gasolina tenga que subir, pero pienso yo que no puede haber elegido peor momento para hacerlo, precisamente al filo de esas fiestas en las que el ya esquilmado ciudadano, que por regla general tiene su humilde coche, tendrá que hacer largos o cortos desplazamientos para estar con los suyos. ¿Se trata de un modo de felicitación de la Administración socialista? Pues de ser así, no puede llegar en peor momento.
Diario HOY, 1 de diciembre de 1983

martes, 19 de septiembre de 2017

Hablemos de las tortas

El próximo pueblo de Casar de Cáceres ha sido y es famoso por muchas cosas. Como quien dice, ha entrañado y entraña muchas curiosidades, entre la que no es menor conservar algunos modismos en su modo de hablar que aún no se han perdido, pese a la proximidad y contacto con la capital, de la que está tan próximo. Todo ello indica una fuerte personalidad que ha mantenido y mantiene, aun a pesar de que el paso del tiempo tienda a igualar las personalidades de unos pueblos y otros.
En el Casar siempre ha habido cosas insólitas de las que hablar, que muchas veces no suelen creerse. No queremos repetir aquí viejas historias que tienen su raíz cierta, como el que en su hermosa iglesia, quizás durante siglos, hubo colgado un lagarto sobre la pila del agua bendita. El lagarto, que en realidad es un caimán o cocodrilo, sigue existiendo, aunque muy deteriorado, en una de las habitaciones de la torre de la iglesia. Posiblemente se trata de algún exvoto que envió algún casareño emigrado a América.
Igualmente insólito fue la existencia allí durante muchos años de un célebre maestro de escuela que vestía como un griego clásico, sobre el que en otra ocasión hablaremos ampliamente. Fue un sabio al que había que perdonarle sus excentricidades y era conocido en España entera como el “maestro romano del Casar”, fallecido ya hace años, que educó a muchas generaciones de casareños.
Pero hay algo en el Casar que es inimitable, y son sus célebres “tortas”. La “torta del Casar” es un queso de oveja que, por la razón que sea, y sin que científicamente se sepa a qué es debido, se convierte en verdadera crema de queso. Es famoso en el mundo entero, y aunque tiene muchas imitaciones, no ha llegado a superarle ningún alimento de este tipo. Recuerdo que en tiempos un químico cacereño, gran entendido en la elaboración del queso, el señor Corrales, estuvo empeñado en montar una fábrica en la que, por procedimientos químicos, se lograra este queso. Por muchas pruebas que hizo no fue capaz de dar con el secreto de “fabricación”, que aún hoy en día sigue sin desvelarse. No le hace falta promoción a este producto, pero sí cabe señalar que hoy día, cuando hay tanto sucedáneo imitativo, es una delicia el que las “tortas del Casar” sigan manteniendo su secreto. Bien lo sabe la Cofradía Extremeña de Gastronomía, que suele incluirlo entre sus productos recomendados. Y es que, como dicen allí, “a lo natural no llega nada”.
Diario HOY, 5 de marzo de 1983

martes, 22 de agosto de 2017

Los “hinchados” del año del hambre


En la última emisión del programa de televisión, “La clave”, se pasó la película de Patino: “Canciones para después de una guerra”, muy interesante, y tras ella se mantuvo un larguísimo coloquio sobre la duración y las consecuencias de la posguerra en España. No vamos a referirnos a todos los puntos tratados en dicho coloquio, algunos de ellos interesantes, otros no tanto y los más con un desconocimiento de los contertulios que intervenían en él, que no puede achacárseles a ellos, sino a la elección del grupo.
Hubo algo que sí hay que destacar y es que los elegidos para este caso todos vieron la posguerra y las privaciones, principalmente  desde la capital de España, donde, en cierto modo, por montarse antes el “mercado negro”, al que entonces llamábamos “estraperlo” las privaciones fueron menores que en muchos pueblos y provincias que hasta que lograron montar sus canales de “estraperlo” las pasaron realmente “moradas” y peor aún que en las poblaciones grandes.
No quiero criticar negativamente el programa, que tuvo su parte positiva, pero sí decir que los invitados desconocían muchos puntos de lo preguntado. Como ejemplo, podemos citar la pregunta que se hizo sobre si las gentes morían de hambre, que contestó el actor Fernando Fernán Gómez, en el sentido de que por lo que morían era por el llamado “piojo verde”, o sea el tifus exantemático. Como quiera que esto es incompleto, al menos en lo que en Cáceres pasó, convendría aclararlo, como algún cacereño me aclaraba ayer comentando el programa.
En Cáceres murió mucha gente de hambre, en los años 40 y 41, los llamados “años del hambre”, y por el “piojo verde” también, pero posteriormente.
En el primer caso, los individuos menos afortunados, comenzaban a adelgazar y morían por desnutrición, por inanición, pero lo curioso es que en la última etapa de esta desnutrición, se hinchaban, por lo que aquí se les llamó “los hinchados” y puedo agregar que yo, siendo niño, vi a muchos caer desfallecidos camino del Hospital, donde iban a buscar un remedio que ya no podía dárseles.
El “piojo verde” fue otra cosa surgida después, quizás con los mismo resultados de muerte, pero más bien debida a la falta de aseo a que el jabón estaba racionado y se daba muy de tarde en tarde. Y hubo otros casos más de muerte por envenenamiento ya que las gentes buscaban en el campo cualquier cosa que pudiera comerse y muchas de estas yerbas eran venenosas. En las provincias y pueblos fue una época brutal y nefasta que, ojalá no vuelva a ocurrir.
Diario HOY, 18 de julio de 1982

viernes, 11 de agosto de 2017

Lo de la cofradía debe tener “bula”


Me decía mi buen amigo Antonio Paramio, presidente de la Cofradía Extremeña de Gastronomía, a cuenta de la “I Semana de Gastronomía Extremeña”, que comenzó ayer y que continuará celebrándose estos días en la región, con una serie de interesantes conferencias de diversas personas impuestas en el tema, si no sería inoportuno el que la “Semana”, programada hace ya muchas fechas, venga a coincidir con la protesta regional ante el Gobierno a cuenta de la negativa o demora de la instalación de la planta de pellets en Fregenal que, como se sabe, ha provocado encierros voluntarios, huelgas de hambre, etc.
No parece sino —decía— que la coincidencia imprevista, en fechas, con esta protesta, viene a estimular el apetito de los extremeños, con estas conferencias sobre la gastronomía y temo que pueda tomarse a mal…”
En fin, el amigo Paramio, que, como todos los integrantes de la Cofradía, es un extremeño por los cuatro costados, temía esa mala interpretación, ya que él y sus cofrades están de acuerdo en la protesta y hasta serían capaces de encerrarse en “huelga de hambre”, si para bien de la región era. Pero nos explicaba que las conferencias estaban ya ajustadas y programadas antes de saberse nada de esta protesta y no le parecía serio decir a los conferenciantes —muchos de los cuales han tenido que ajustar sus compromisos para el desplazamiento— que la “Semana” quedaba retrasada, con carteles ya tirados, etc., etc. En fin, para entendernos, que parecía un contrasentido que mientras unos extremeños hacen huelga de hambre, otros hagan divulgación de los buenos platos.
Yo, estimando unas razonas y otras — como creo que pensarán ustedes— le dije que, a mi juicio, no tenía que ver una cosa y otra y hasta le referí el consejo que en tiempos un cura, amigo mío,  dio a una pobre familia de campesinos —que no comían carne ningún día del año, por su propia pobreza— y que le vinieron a consultar qué hacían, ya que les habían regalado un cabrito precisamente en días de abstinencia y ayuno, y si observaban el ayuno la carne se les estropearía: “Cómanlo bajo mi responsabilidad —dijo el cura— que ustedes no pecan”… Y esto mismo pienso yo del caso de Paramio.
Diario HOY, 20 de abril de 1982

sábado, 5 de agosto de 2017

Don Manuel y los pasteles de Zorita


He admirado siempre al pueblo de Zorita, bella localidad que está en el camino de Guadalupe, como lo está Logrosán y Cañamero. Cada uno de nuestros pueblos tiene su especialidad y la de Cañamero, con su riquísimo vino, no se le oculta a nadie; Logrosán destacó más que en la producción de alguna especialidad bebible o comestible en el haber nacido en su suelo gentes tan ilustres como el médico Sorapán de Rieros, que tiene la “Medicina en proverbios”, o el sabio polifacético que fue Mario Roso de Luna, descubridor de asteroides y fundador hasta de una religión…
Zorita lo distinguía yo por haber nacido allí el marqués del Socorro, al que la Liga Naval le hizo un monumento y también, y cuento una intimidad personal, porque allí vio la luz mi buen amigo y compañero Antonio Barquilla, que “tampoco es manco” y si no, al tiempo… Pero lo que yo no conocía de Zorita eran sus especialidades gastronómicas que, al parecer, las tiene y que desvelando un secreto, y porque me lo han contado así, voy a referirles.
Resulta que unos amigos, que me merecen todo crédito, en una de las idas a Guadalupe pararon en una pastelería de este bello pueblo, y encargaron y consumieron unos riquísimos pasteles que allí fabrican con métodos caseros y artesanos, que son los que están en moda. Encomiando la mercancía, el dueño del establecimiento les dijo, como explicación de esta excelencias del producto: “Es que nosotros somos abastecedores del alcalde de Cáceres”, cosa que convenció a mis amigos, porque sin duda el alcalde de Cáceres es persona de buen paladar y sabe apreciar lo bueno.
Lo que ya no me dijeron, pero me imagino, es si el establecimiento tiene puesto algún cartel que así lo diga, como solía hacerse de antiguo en muchos establecimientos que solían ponerse: “Abastecedores de la Casa Real”, o de cualquier personaje conocido. Es más, no se si el bueno de don Manuel Domínguez, nuestro alcalde, conoce el tema. Si lo conoce, es para ponerse “muy ancho”, pero como somos amigos de él y sabemos que ahora tiene “régimen alimenticio”, desvelamos un poco el secreto como “tirón de orejas” afectuoso, porque hasta han llegado a decirnos: “Si don Manuel se pierde en Cáceres, que lo busquen en Zorita”… y por algo será.
Diario HOY, 7 de marzo de 1982

miércoles, 26 de julio de 2017

Embotellados con sorpresa


Cuando yo era niño había determinados productos que traían dentro sorpresas para estimular su compra. Recuerdo que los “Chocolates de Matías López —que no sé si se venden ya— traían en cada tableta una “carta” de una original baraja —hecha por Heraclio Fournier, como todas —pero con motivos taurinos: las sotas eran banderilleros; los caballos, picadores etc., etc.; barajas que por cierto no he vuelto a ver después, pero que tenían su gracia.
Más modestamente, las pastillas de chocolate relleno para la merienda, que comprábamos —los chicos de mi barrio— en el comercio de Alvarito Moruno, traían cromos de fútbol para un álbum, en los que figuraban los “fenómenos” de aquel entonces: Zamora, Ciriaco y Quincoces, entre otros… Es más, recuerdo que hasta unos caramelos que vendía Ildefonso Rincón en su comercio de la calle San Pedro, traían dentro unas letras que, completándolas, te daban derecho a que te entregaran un proyector de cine infantil… o un balón, etc., etc.
Lo que yo ya no sé a qué da derecho ahora, es a la serie de cosas extrañas que están apareciendo en los diversos embotellados, al menos en nuestra ciudad aunque sospecho que en las demás venga pasando lo mismo. Por recordar algunas de las últimas, está la de esa botella de leche, en cuyo interior había un mensaje que en vez de llegar al destinatario llegó a una familia que se disponía a consumirla; últimamente, en botellas cerradas —y controladas, según dicen— de cerveza han aparecido clavos oxidados y retorcidos y hasta un ciempiés, u otros animalitos que también han causado el asco de los posibles consumidores…, y no cabe aquí la explicación que nos daba la dueña de la pensión estudiantil en que yo estuve, cuando apareció un clavo en un plato de lentejas que, no sabiendo qué decir,  afirmaba: “Es que las lentejas tienen mucho hierro.”
Yo no sé qué tendríamos que decir los consumidores ante esta falta de control de los comestibles y “bebestibles”, porque con denunciar el hecho poco se consigue, si los que llevan el control de estos embotellados afirman que pasa por cuatro o cinco inspecciones y que es  “inconcebible” que esto se les pase… Pues, con todos los respetos para ellos, hay que decir que los controles son insuficientes y que, según están las cosas, vamos a llegar a la situación de aquel comensal que quería protestar porque en su sopa había una mosca, y otro le decía: “No lo haga que éstos son capaz de cobrársela por carne.” En definitiva, y sin cargar más tintas, que hay que tener mucho mayor respeto al consumidor que es de lo que se trata.
Diario HOY, 18 de diciembre de 1981

martes, 25 de julio de 2017

Don Ponciano y la gastronomía


Tuve yo en tiempos un profesor que tenía el extraño nombre de don Ponciano, pero que era un verdadero sabio, no sólo porque tuviera las carreras de Ciencias y Letras, sino porque había aprendido en el libro de la vida —que es el que más enseña— y había sido, desde picador taurino hasta cocinero. En definitiva un trotamundos que sabía transmitir, de la forma más amena, los muchísimos conocimientos que poseía, hasta el punto de llegarnos a hacer aprender los principios de Arquímedes, las leyes de las lentes y espejos y otros conocimientos de la Física, poniendo letras para las canciones al uso, que era la mejor forma de que nunca las olvidáramos.
Él tenía su teoría sobre los distintos lenguajes de la Tierra y nos enseñaba el porqué de que los idiomas nórdicos se pronunciaran con la boca casi cerrada, para evitar enfriamientos, en contra de los idiomas africanos o meridionales, cuyas pronunciaciones se hacía con la boca muy abierta, por aquello del calor ambiente.
Tenía unos amplios conocimientos de cocina, que ponía en práctica, y puedo decir que uno de sus castigos para los que no nos sabíamos el tema del día, era hacernos ir más tarde a comer, pero describiéndonos, en esa hora de la comida, los platos más suculentos que uno pueda imaginar y la forma de cocinarlos, con lo que el castigo era psicológico e inolvidable.
También en esto de la cocina tenía su teoría, que yo comparto, pensando que cada pueblo, a lo largo de la historia, fue seleccionando sus comidas con arreglo al clima y al trabajo a realizar… porque, qué duda cabe, que un cocido extremeño, con todo su condumio, era bueno para el hombre que tenía que trabajar físicamente en el campo de sol a sol, gastando energías “a mantas”, pero que no es bueno para la vida sedentaria que ahora llevamos. En este mismo orden de cosas estaría la prohibición de las religiones árabes de consumir el cerdo, no sólo por las enfermedades que transmitía, sino por el exceso de grasa en un clima tórrido; los consumos de los “gazpachos”, alimento ligero y equilibrado, en esos mismos climas, etc., etc.
¿Qué a qué viene esto?, pues viene porque, aunque me perdí la cena extremeña de Mérida, y la conferencia de Néstor Luján, organizado todo ello por la Cofradía de Gastronomía Extremeña, estoy de acuerdo con lo que allí ocurrió y hasta con la teoría de que “Extremadura inventó el chorizo”, pero creo que debería investigarse más sobre las cocinas regionales en relación con el clima, punto que sería sumamente interesante.
Diario HOY, 16 de diciembre de 1981

sábado, 22 de julio de 2017

El olivo como vehículo de cultura


Tengo que decir que me molestan las reticencias con que los centroeuropeos o los norteuropeos reciben a nuestros emigrantes, a los que, de algún modo, buscando el pan, han pretendido integrarse en su cultura, sin conseguirlo del todo. Pero entre todas las “sutilezas” con que les echan en cara su modo distinto de vida hay una que molesta sobremanera, porque es tomar el rábano por las hojas, y volver por pasiva una cosa que nosotros podríamos echarles en cara a ellos, pero que ellos se adelantan en echarle en cara a nuestros emigrantes que, muchas veces, no saben cómo defenderse. Se trata del uso del aceite de oliva. Despectivamente, suelen decir: “sus casas huelen a aceite de oliva”…
Pues bien, para tratar de evitar el posible complejo que tal frase pudiera suscitar en estos sencillos españoles —más por ignorancia que por otra cosa— tenemos que decir que precisamente el olivo y su aceite ha marcado el paso de la más profunda cultura europea y en muchos casos ha sido el vehículo de ella. Los que deberían acomplejarse serían los descendientes de bárbaros que siguen comiendo sebos y mantecas de animales, más o menos sofisticadas, perfumadas y transformadas en mantequillas y margarinas Ellos pueden tener progreso, pero la cultura —que es cosa distinta— la llevaron y la transportaron siempre los que consumían aceite de oliva. El olivo siempre ha tenido una significación sagrada y mítica. Noé, desde el Arca, vio que el diluvio había pasado porque una paloma portaba en el pico una rama de olivo. Fue Grecia la que propagó este árbol y su cultivo al mundo culto que parte de Grecia y que nos llegó a la Península por dos vías: la greco-romana y la árabe, los despreciables eran los bárbaros comedores de sebos y mantecas, pero nunca los que extendieron el aceite de oliva y su consumo.
Tan importante es este árbol y su producto en la historia de la civilización, que se ha llegado a decir que los árabes no invadieron el resto de Europa porque abandonaron los países donde no podía cultivarse, ya que su religión les prohibía consumir las grasas animales, práctica bárbara que siguen realizando esos países que nos critican… Ese árbol mediterráneo y su producto, el aceite, fueron siempre vehículos de civilización y sus consumidores gentes que, aun ignorantes, son bastantes más civilizados que los que lo rechazan.
La picaresca —y esto es lo malo— trajo luego la colza adulterada, pero eso es “harina de otro costal”, que no resta un ápice al consumo de aceite de oliva.
Diario HOY, 25 de noviembre de 1981