
Yo no estoy en contra de ninguno de estos progresos porque creo que
aún más deprisa trabaja la delincuencia y, ojalá pudieran tener nuestros
municipales las redes del “spiderman”
o las pistolas inmovilizadoras del “superman”
y hasta poderse dar unos vuelos desde la torre del Bujaco a la barriada de las
Minas, sin más que estirar las manos… Lo que pasa es que todo esto sacrifica a
un Cáceres entrañable y recoleto que todavía hemos alcanzado a conocer y el que
aunque sea bien ido no está demás recordar de vez en cuando.
Hay algo que nos duele y es que se haya cambiado el nombre de nuestros
municipales a los que aquí se les llamaba por el singular nombre de “celadores” que creo es mucho más
castellano y ajustado a su función que el de policía, que es como se llama
ahora cualquier vigilante. Con esto ha pasado como con el nombre de “maestros” que, siendo tan entrañable y
diciendo más que el de profesor, cambiaron los mismos profesionales. Para mí,
que por cierto soy maestro de los antiguos, dice más “maestro” que profesor por mucha EGB que se le ponga detrás, como
dice mucho más “celador” que policía
municipal.
En mi infancia llamábamos “”celadores”
a los municipales, y por mal nombre: “guindillas”
y cuando jugábamos en la calle, con una improvisada pelota de trapo, uno había
de quedarse vigilando para lanzar el grito de: “¡Guindi!”, que indicaba la proximidad de un “celador” que nos tiraba de las orejas o nos echaría una reprimenda,
a no ser que se tratara del entrañable y venerable “señor Sevilla”, que era una especie de Papá Noel vestido de “celador”, al que le preguntábamos
continuamente la hora, por verle sacar del bolsillo su enorme y singular reloj,
pieza digna de verse porque era del tamaño de un despertador pero mucho más
bonito. El señor Sevilla, derrochaba bondad con los muchachos y era el único “celador” que hasta nos daba caramelos.
Recuerdos para la pequeña historia de la ciudad.
Diario HOY, 20 de marzo de 1981
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