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martes, 13 de febrero de 2018

El cojo infiltrado


Aquí en Cáceres, cuando comenzaron las campañas electorales, al principio de la democracia, todos los partidos políticos de aquel entonces se reunieron para tomar el acuerdo de no colocar cartelería, ni hacer pintadas, en los palacios y casonas de la Ciudad Monumental, ya que entendían que el hacerlo era deteriorar, de algún modo, un patrimonio que era de todos.
Este pacto se ha observado en todas las elecciones y ha quedado ya, como un acuerdo tácito, par cuantos efectúan una protesta o convocan una manifestación o se quejan de algo. Tenemos ciudad suficiente en la parte nueva, sin que sea necesario ensuciar la Ciudad Monumental Así lo hemos entendido todos, y raras veces han aparecido pintadas en los monumentos de esa zona, a la que podíamos llamar de respeto.
Las protestas y los encierros de ahora.
Ahora, los que están efectuando protestas y encierros por esa parte son los estudiantes universitarios, gente a las que se les presupone una cultura, que no se presupone a otros colectivos y dándose el caso curioso y doloroso de que, con ellos, se ha roto ese pacto, al menos en parte, y precisamente en la fachada y puerta del rectorado.
Uno de los profesores, que está de acuerdo con la protesta de los estudiantes, como estamos de acuerdo otros muchos cacereños, nos decía que les había rogado que fueran ellos los que dieran ejemplo en este sentido, máxime cuando la ciudad es más de todos que nunca, al haber sido nombrada Patrimonio de la Humanidad.
No lo han sabido entender.
Esto deberían entenderlo, por esa cultura universal, los universitarios, pero no lo han entendido, o bien ha habido un “cojo Manteca” infiltrado entre ellos, que está enturbiando lo que aquí era un pacto entre caballeros, que entendieron otros con menos cultura y sensibilidad. Yo quiero pensar que esto ha sido obra de ese cojo infiltrado, al que ellos mismos deberían echar de sus filas y su protesta, si es que no quieren perder la razón.
Diario HOY, 17 de marzo de 1987

domingo, 17 de diciembre de 2017

La viga en el propio…


En otra ocasión dije que en lo que se había especializado el Gobierno socialista era en “cabrear al personal”, cabreo este que llega ya hasta a los propios ugetistas, sindicalistas que han sido la esencia del socialismo y los que mantienen la “O” en las siglas del PSOE, porque los únicos obreros que figuran en el partido proceden precisamente de la UGT; el cabreo llega hasta el punto que este sindicato ha tenido que romper la disciplina de voto, para manifestarse en contra del recorte de las pensiones, como muy bien nos decía Miguel Ángel Rubio, secretario general en Cáceres, cuando convocó la manifestación para el día 4, por nuestras calles. A nivel nacional lo ha hecho Nicolás Redondo y otros altos sindicalistas, posiblemente con el mismo desencanto que nos confesaba, en el caso nuestro, Miguel Ángel.
Es una lástima que vayamos para atrás en las metas conseguidas por los obreros en regímenes y gobiernos anteriores y que sean los socialistas, los que tengan que quitar trenes, recortar pensiones y apretar el cinturón a todos los demás —muchos también socialistas— por no saber cómo apretárselo a quien más cintura tiene.
Conste que ese razonamiento lo hemos oído en la calle, donde unos cacereños con pinta de pensionistas se decían: —“Si el asunto económico anda tan mal, por donde deberían comenzar a recortar es por el sueldo de los políticos, no digo que los quitaran, pero sí que los recortaran, aunque sólo fuera para dar ejemplo, porque figúrate —agregaba— con un poquito de recorte a los miembros de todas las Juntas y Asambleas autonómicas, y a todos los alcaldes y concejales de España que cobran opíparos sueldos —aparte de su normal “modus vivendi”— lo que se conseguiría, cosa que tiene más razón que el que me quiten de mis 14.000 pesetas, aunque sea solo unos céntimos”.
Diario HOY, 4 de junio de 1985

miércoles, 29 de noviembre de 2017

El ruedo y la barrera

Todo se nos vuelven manifestaciones, paros y protestas, que sin entrar en el fondo de ellas muestran un malestar del ciudadano con la Administración, en este caso socialista, que se da de bruces con la alegría con que acogimos a dicho Gobierno, al que una mayoría de españoles les dimos el “mango de la sartén” y ahora, otra gran mayoría —que puede ser la misma— no nos gusta lo que se guisa en ella. Por algo se harán estas protestas y no todas pueden ser caprichosas, sino que la mayoría pueden tener un fondo de razón que es posible el Gobierno o la Administración, olímpicamente, no se pare a ver.
En el caso de los estudiantes, que nos atañe más directamente, ya que los de nuestra Universidad también se manifestaron, hay que decir que la subida excesiva de las tasas es una razón más que suficiente para protestar, máxime ante un Gobierno socialista que, en la oposición y en la campaña electoral, se le llenó la boca de decir que la enseñanza debería estar al alcance de todos y no ser elitista, aunque ahora con esas subidas se la convierte en tal, ya que sólo podrán estudiar los que tengan dinero para ello. Puede que sobren estudiantes y esa sea una razón, puesto que se ha dicho que la Universidad es una fábrica de hacer parados, pero la selección de los que deben estudiar no puede hacerse por la bolsa o las disponibilidades económicas de los padres, porque es injusto y antisocial y se condena a gentes bien dotadas intelectualmente, pero sin dinero. Yo no sé si esto lo han pensado en “las alturas”, o si en esas alturas hay cierto “nirvana” que emborracha y no deja ver lo que sucede más abajo.
En fin, que no lo tienen fácil los socialistas que, hasta para más inri “consienten” que al ministro de Sanidad le de hasta la gripe.
Lo que demuestra que, bromas aparte, los toros se veían mejor desde la barrera.
Diario HOY, 6 de diciembre de 1984

viernes, 17 de noviembre de 2017

Una lección para los vascos


Cuando Juan Manuel Romo llegó a Cáceres, hace ya muchos años, una de las primera obras que dirigió como ingeniero de Obras Públicas, fue la pavimentación de la Avenida de España, de Cánovas, que se hizo a machamartillo, como puede deducirse de su actual estado a pesar del paso del tiempo. En aquel entonces, entre los obreros que efectuaron la obra, le enviaron unos obreros vascos a los cuales se les había militarizado y condenado a estos trabajos, por haber tomado parte de unas huelgas en su región, reclamando mejores salarios de los que ya tenían.  Entonces las huelgas eran ilegales, ya que estábamos en pleno franquismo, y estos obreros trabajaban con unos “monos” especiales y unas insignias que señalaban su condición. La verdad es que trabajaron muy bien y que el trato del propio ingeniero director de la obra les ganó, comportándose aquí perfectamente, dando ejemplo de disciplina y dedicación a su trabajo y siendo unos excelentes compañeros de los obreros cacereños que, codo a codo, hicieron la obra con ellos.
En más de una ocasión conviví con estos trabajadores que me confesaron que, aparte de lo justo o no de la decisión de militarizarlos y obligarlos a estos trabajos, afirmaban habían recibido una lección que no olvidarían en la vida.
La huelga montada por ellos era en petición de unos salarios que en nuestra tierra se nos antojaban astronómicos, pero que ellos creían escasos —de buena fe— hasta  que conviviendo con nuestros obreros  que cobraban menos de la tercera parte, sin protestar, se dieron cuenta de lo injusto de su petición, ya que ellos tuvieron que vivir aquí con esos mismos salarios, Yo no sé, pero he pensado que muchas cerrazones del pueblos vasco se deben al poco conocimiento que tienen de lo que pasa en otras regiones españolas, ajenas a la suya.
Diario HOY, 10 de agosto de 1984

domingo, 29 de octubre de 2017

El mono forzudo


Pienso yo que lo habitual deja de ser noticia, por mucho que lo haya sido cuando era excepcional. Y esto sucede, no ya a nivel de medios informativos, sino a nivel de hombre de la calle, que en la actualidad y por el cúmulo de huelgas que se organizan para protestar de todo, lo más que pregunta es: “¿Y estos qué protestan, quiénes son?”, sin entrar siquiera en el contenido de la propia protesta y en si es justa o no, o si la razón está del lado de los “protestantes”, o de los que no les dan, o no les pueden dar, lo que piden.
A veces he llegado a pensar que los sindicatos que ahora nos disfrutamos, son un poco como el mono del que hablaba un caricato argentino, que tuvo mucho predicamento por la radio en los años cincuenta, que lo presentaba ante los oyentes y decía: “Y la fuerza que tiene… querrá usted creer que apretó un “Pegaso” con la mano y sacó un “Seiscientos”. Posiblemente alguno de ustedes recordarán a aquel cómico llamado Pepe Iglesias, “El Zorro”, y a su célebre mono forzudo Pues bien, en muchos casos he llegado a pensar que algunos de estos sindicatos están más interesados en demostrar su fuerza —tanto de convocatoria, como de protesta— que el solventarles el problema a sus afiliados y a los trabajadores en general.
No digo que no haya razón en algunas huelgas, sino que en ellas se habla sólo de derechos y no de obligaciones, cuando una cosa es contraprestación de otra y para pedir algo hay que ofrecer algo, no solamente el “acogotar” a las pocas empresas que van quedando y que, con la crisis, ya están bien “acogotadas” de por sí. Yo no soy empresario, sino un trabajador más al que me gustaría que me dieran la Luna, pero que como sé que no van a poder dármela, no se me ocurre montar una huelga porque no me la dan. Creo yo que el derecho a  la huelga es un derecho reconocido en la Constitución, pero para emplearlo excepcionalmente y cuando no hay otros cauces para conseguir algo posible que se nos niega. Los cauces naturales en democracia, deben ser: el Parlamento, los partidos, la negociación lógica. Se olvida que la empresa es un barco en el que reman todos y el provocar el naufragio del barco, no beneficia ni al capitán ni a los remeros, aunque alguien esté empeñado en que se vayan todos al agua. Mal síntoma es que comencemos a “pasar” también de las huelgas, por lo frecuentes.
Diario HOY, 2 de marzo de 1984

miércoles, 27 de septiembre de 2017

Optimistas y pesimistas


Las cosas tienen su lado positivo y su lado negativo y se ven según que el observador sea optimista o pesimista. Ya es clásico el cuento de los dos que miran una botella a medias y para el pesimista es una botella medio gastada siendo para el optimista una botella casi llena.
No es este que voy a referir el mismo caso, pero tiene implicaciones parecidas en cuanto al modo de ver las cosas por un lado o por otro. Se trata de que la huelga de médicos, que la mayoría ven por su lado negativo en cuanto a repercusiones de la misma, hay quien la ve por un lado positivo. Como quiera que yo no estoy en ninguna de esas dos extremas posiciones, voy a narrarles lo que un amigo optimista me decía al respecto de mencionada huelga, sin entrar —claro está— en las razones que los médicos aducen y que a mi juicio son muy dueños de aducir porque al fin y al cabo defienden aspectos de su profesión, que para ellos son sagrados,
Me decía mi amigo que para él tiene todo ello la parte positiva de que, como hay huelga, la Seguridad Social se va a ahorrar una importante cantidad de dinero en las medicinas que en régimen normal suelen recetarse y que ahora, por mantener solo servicios mínimos, se recetarán en mucha menor cantidad. “Es más —decía mi amigo— ya sabes que muchos españoles somos “toxicómanos” de las medicinas y hasta se ha dicho que el exceso de ellas suele provocar secuelas en esos enfermos imaginativos que son “medicinoadictos”. Pues bien, agregaba, si esta huelga se prolonga, todos esos enfermos imaginativos acabarán curándose al ver que siguen igual sin medicinas que con ellas”. Alguien más terció dándole la razón y diciendo que, según un médico amigo suyo, un enfermo se salva si lo atiende un solo médico, tardará más en salvarse si le atienden dos, y será más difícil que saque la salud adelante, si le atienden varios en consultas. En definitiva que la Naturaleza es tan sabia, que como decía nuestro Quevedo, a veces nos salvamos aún a pesar del médico, porque lo que nos salva es la fe que en él se tiene y no la ciencia, o dicho de otro modo y con argumento fatalista: que de la última enfermedad no hay quien nos salve, por mucho que confiemos en los médicos.
No es esto desconfianza, porque yo conozco a muy buenos médicos y tengo fe en ellos, pero sí es certeza de que cuando nacemos sabemos que lo único cierto es que tenemos que morir. Como ven, hay argumentaciones para todo y si ese es un lado positivo allá el que así piense, aunque estimando que lo que suele pasar es que el que no se conforma es porque no quiere. Esto aparte de que la huelga, cualquier huelga, es incómoda para todos y también —porque esto es democracia— el que cuando se protesta y a tan gran escala, alguna razón habrá para ello.
Diario HOY, 29 de abril de 1983

lunes, 3 de julio de 2017

Spain is diferent


Me ha llamado a mí la atención eso de que los japoneses, según los estudios del profesor Tsunoda —japonés también— tienen el cerebro diferente. Este profesor ha lanzado un libro titulado “Nihonjin no no”, donde lo demuestra. A mí se me había “barruntado” algo por eso de ser los japoneses tan trabajadores, hacer sus huelgas de protesta trabajando unas horas más, en vez de parando de trabajar o “racaneando” como las  hacemos por aquí, aunque lo que a mí “se me había barruntado” era que los diferentes éramos nosotros que hasta habíamos acuñado un “slogan” que rezaba: “Spain is different”, para decir que los distintos somos nosotros. Lo que yo ya no sé es si la diferencia radica en el cerebro o en otro cualquiera “menudillo” de nuestro sandunguero cuerpo español.
Cosa es ésta digna de investigarse porque lo de los japoneses, que han puesto a su nación a la cabeza del mundo, que trabajan hasta cuando protestan, etc, eso se veía  venir, porque ellos saben que su nación es pobre; pero, oiga, nuestro caso es distinto porque nuestra nación es rica, cosa que deduzco de que aquí sin que demos golpe, las cosas siguen adelante y ninguno —ni individualmente ni en grupo— nos hemos planteado la cuestión de lo que pasaría si todos de golpe nos pusiéramos a trabajar seriamente, en vez de hablar tanto. Seguro estoy que nos pondríamos a la cabeza del mundo, aunque como decía aquél: “¿para qué vamos a intentarlo?, ¿para quitar el pan a algún padre de familia japonés?” A nosotros lo que se nos da bien es la teoría, reunirnos —por ejemplo— para ver cómo defendemos la democracia y la Constitución, pero sin que a nadie se le ocurra decir que la mejor defensa de esas dos cuestiones es trabajando cada cual seriamente en lo suyo, porque así lo hace cualquiera.
Lo difícil es llegar, pero sin sacar las manos de los bolsillos. Por eso me pienso yo que merecía investigarse el cerebro español a  ver cuál es la diferenciación con los otros cerebros —hasta con los japoneses—. Tanto es así que yo, imitando al profesor nipón, estoy preparando un libro que se titulará: “Estructura de las ñáñaras españolas”, que tratará de todo eso intentando —como quien dice— “afeitar un huevo”.
Diario HOY, 7 de junio de 1981

lunes, 19 de junio de 2017

Una nota discordante que no estropeó el concierto


Ya lo decía un editorial nuestro ayer con el que creo que estamos de acuerdo todos los españoles y referido, claro es, al fallido golpe de Estado que nos tuvo en vela a todos y al que ya, tomando la cosa menos en serio, porque se nos ha comenzado a pasar el susto, y por aquello de estar protagonizado, al menos en la parte visible, por el teniente coronel Tejero, comienza a llamársele el “teringo” o “tejeringazo”. Nuestro editorial, decíamos, rezaba así: “Todo un Rey, todo un pueblo y todo un Gobierno”, y con él, decíamos, estamos de acuerdo todos. Hubo serenidad, coherencia y sensatez en todos esos estamentos y triunfaron, como era lógico, los resortes constitucionales pulsados en primera instancia por el Rey y acatados por todos los españoles, que no deseamos ir contra la autoridad constituida en la que, dígase lo que se diga, todos hemos aportado nuestro grano de arena.
Pero hay algo que yo no llegué a entender y creo que muchos no llegaron a entender tampoco y fue la convocatoria —en el peor momento— de algunas centrales sindicales al paro y a la huelga. Pienso yo, y creo que una gran mayoría, que una algarada no se rechaza con otra… y por eso no acabamos de entender aquella convocatoria que, a Dios gracia y en la mayoría de los casos, la sensatez de las bases sindicales —o sea, el trabajador de a pie— estimó que ni era oportuna, ni defendía sus intereses, ni venía a aclarar nada, sino más bien a oscurecerlo. Que perdonen los líderes sindicales, de los que pienso que en un momento de ofuscación tomaron esa inoportuna decisión que, como decimos, por la sensatez de sus bases no se llevó a cabo más que como asambleas informativas que eran bastante más lógicas que los paros y las huelgas convocadas a mi juicio (tan respetable como el de ellos) en el peor momento.
Yo no sé si es que estos líderes, o algunos de ellos, no saben pulsar más que ese resorte y desconocen otros que en algunas naciones, y aun en la nuestra se ha pulsado, aunque aquí no se haya dado mucha publicidad a ellos. Nos referimos por ejemplo a esas  “huelgas” que hacen en Japón, trabajando más aunque no se les pague; a las que han hecho los alemanes dando algunas horas, gratuitas, de su trabajo en beneficio de la nación… o a la que en alguna ocasión, y como insólita en nuestro país, hizo una empresa gaditana, cuyos trabajadores aumentaron su jornada laboral, sin cobrarla, como protesta de no sé qué…
Es, si se quiere, una opinión particular, pero a mí la convocatoria aludida me pareció al menos inoportuna, y si estoy equivocado que me lo demuestren.
Diario HOY, 26 de febrero de 1981

sábado, 17 de junio de 2017

El menos común de los sentidos


Según recogía nuestro colega “Ya”, el comité de empresa de la Red Nacional de Paradores ha propuesto a la  Administración, de la que depende, que sus trabajadores renuncien a la subida salarial que les corresponde este año a cambio de que se les garanticen los puestos de trabajo. Quieren participar en la reestructuración de la empresa, con el producto salarial no percibido, enjugando con ello parte del déficit que alcanza la red y, en definitiva, buscando una solución a la pervivencia de la empresa de que dependen, porque saben que de hundirse ésta, los primeros que se hundirán serán ellos, que se quedarán sin puestos de trabajo y sin ver por dónde meter la cabeza…, porque lo del subsidio del paro es, como quien dice, “pan para hoy y hambre para mañana”.
Ensalza el comentario el sentido común de estos trabajadores y lo poco común de la propuesta para agregar: “mucho más cuando vemos la alegría con que algunas centrales lanzan sus huestes a la calle, no sabemos muy bien si con intención de mejorar sus sueldos o de hundir sus empresas. Lo que sí sabemos es que acaban consiguiendo lo segundo”.
Esta “alegría” que se menciona nos ha recordado el cuento del loro del capitán de un barco que estaba hundiéndose que, subido en lo más alto del palo mayor, cuando veía que los de más abajo se iban ahogando poco a poco, según subía el agua, decía: “San Fastidiarse”, repitiendo la frase hasta que el agua le llegaba a las patas y se dio cuenta de que también él corría el mismo peligro, para terminar diciendo: “¡Pero, San Fastidiarse!, ¿es que vamos a fastidiarnos todos?” Porque pienso yo que si los que estamos en alguna empresa no hacemos lo imposible por que ésta no se hunda, puede también pasarnos lo que al loro de mi cuento, que seamos los primeros —o los últimos, que el orden no importa— que nos quedemos sin alpiste.
Mi buen amigo Belvedere, que lo sabe todo, dice que en el mundo sólo hay dos fuerzas contendientes: el capitalismo y el marxismo, aunque haya diversas matizaciones de uno y otro, y él —que es listo como un lince— piensa que todo esto se relaciona con esa lucha en la que a los jugadores (los dos prebostes a escala internacional que juegan) les importa muy poco que Juan o Pedro se queden sin trabajo, si ellos consiguen apuntarse un tanto en ese tablero internacional aunque sea a base de “caiga quien caiga”…, con lo que Juan o Pedro —que somos usted o yo— lo único que hacemos es el “caldo gordo” a quien nos mueve las fichas que ya se ocupa de mentalizarnos para creer que estamos haciendo lo más justo.
Yo no sé si darle la razón a Belvedere, porque el sentido común es el menos común de todos los sentidos.
Diario HOY, 17 de febrero de 1981

lunes, 12 de junio de 2017

¿Y qué me dicen de los educandos?


Al fin parece que se atisba un poco de sensatez por parte de los enseñantes, que ya han anunciado su entrada a clase. A pesar de todo, nos preocupa el que en la actualidad, cuando se organizan huelgas, no se tenga sumo cuidado en hacer la reclamación de lo que cada cual crea le corresponda en justicia sin perjudicar a nadie y menos a un tercero que en realidad es un sujeto paciente que va a recoger los trastos rotos, sin sacar ningún beneficio del pronunciamiento.
Cuando se han hecho otro tipo de huelgas, por ejemplo las de médicos, se suele dejar un retén o un compromiso de atender lo que pudiéramos llamar casos de urgencia, por lo que pensamos que en el caso de los enseñantes, no sabemos de qué modo, pero debió pensarse en el daño irreparable que se ocasionaba a la formación de los niños, y organizar la protesta de modo que este perjuicio no se hubiera llevado a efecto. No se nos alcanza cómo podría haberse montado esa atención a las urgencias, porque estimamos que aprender es urgente para todos los pequeños, máxime en la edad en que están que suele responder más al ejemplo de sus profesores que a las recomendaciones que se le puedan hacer. En este sentido el daño es irreparable, porque el tiempo perdido no habrá forma de recuperarlo más que cargando a los pequeños con más clases que lógicamente han de llevar cuesta arriba, porque ellos no han sacado nada de la huelga de sus maestros; queremos decir nada positivo. Sus maestros sí —y si no lo han sacado piensan sacarlo— por lo que es lógico que ellos sean los que tengan que recuperar el tiempo perdido, pero no los niños que de propia intención no perdieron tiempo alguno… Yo no sé cómo expresarlo, pero en toda esta huelga de profesores hay una cierta injusticia con los educandos que no debieron nunca padecer.
Podría argumentarse que la huelga es justa en cuanto a reivindicaciones salariales —y probablemente lo sea— pero lo que no es justo que en una discusión entre administración y profesores, haya un tercero perjudicado —que ni protestó ni se benefició de nada—… ¿A quién culpamos de esta injusticia, al Ministerio por no atender a sus profesores o a los profesores?
No sé, pero pienso —sin tratar de ofender a nadie— que debería haber otros caminos de protesta en los que no hubiera daños a tercero… o como pasa con el seguro del automóvil, indemnizar a esos terceros por el perjuicio que se les ha causado sin que ellos hayan tenido culpa de nada.
Diario HOY, 11 de enero de 1981