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viernes, 8 de diciembre de 2017

El que no se conforma…


Para saber lo que ha evolucionado la higiene en estos últimos años, sólo tendríamos que fijarnos en el Cáceres de nuestros padres o abuelos, donde era raro el que hubiera cuarto de baño en cada piso y el actual donde es imprescindible que lo tenga en cada vivienda. Pienso yo que mucho del abandono de nuestros pueblos, aparte de la emigración, han sido las incomodidades de una vida que evolucionaba, sin que las estructuras del hogar lo hicieran en muchos de nuestros pueblos en los que se tenía que seguir utilizando el corral para ciertos menesteres —y ustedes me entienden— y donde el tener baño era casi un privilegio. Los jóvenes de estos pueblos que habían probado la emigración, por mal que se les diera, no deseaban volver a su lugar donde el corral seguiría siendo el “baño” y donde sus hijos, si habían nacido en el extranjero, veían aquello como un regreso a los incómodos orígenes, en el túnel del tiempo. Quizá esta imagen se ha borrado de muchos de nuestros pueblos, pero continúa en otros casi sin evolución. Suelen ser pueblos preciosos para los ecologistas, que están un ratito en ellos, pero incomodísimos para vivir y esto hay que reconocerlo, porque ha habido una verdadera revolución en los métodos habituales de la higiene y hasta nos resulta curioso leer intimidades de la vida de algunos personajes históricos, a los que admiramos por otras cosas, sin pararnos a pensar lo mal que vivían.
De Isabel de Inglaterra dicen las crónicas que era muy limpia, porque se bañaba una vez al mes lo necesitase o no. Nuestra Isabel la Católica se pasó sin cambiarse de camisa hasta que se tomó Granada, y la blanca camisa quedó con un tinte amarillento ocre, que por cierto se puso de moda y se le llamó “color a la isabela”, En fin, que ni aún los personajes destacados de entonces vivían mejor de lo que ahora vive el ciudadano de a pie, aunque les abandone el desodorante.
Diario HOY, 27 de febrero de 1985

sábado, 18 de noviembre de 2017

Las vacas flacas


Eso de las épocas de las vacas gordas y las flacas donde más se aprecia es en nuestros pueblos a cuenta de la venida de los emigrantes, que hace unos años se hacía a lo grande y ahora se hace dentro de unos cauces más bien pequeños.
La situación económica de todos ha variado hacia peor y esto de la venida de los emigrantes, que antes solía ser una verdadera fiesta de derroches —como si de los reyes magos se tratara—, puede ser el barómetro para medir el que también a nuestros paisanos que trabajaban fuera de su pueblo no les van las cosas como les iban hace escasamente unos años.
No digo que las fiestas en los pueblos no estén animadas, ya que este es el mes de las fiestas de casi todos ellos, pero el colorido que les daban la llegada de los emigrantes se ha perdido totalmente. Antes, el emigrante, con un puesto seguro en el extranjero —o en otra región española— tomaba sus vacaciones y venía a derrochar el dinero que había ahorrado para epatar a sus convecinos y “fardar” a lo grande. Solían traer arrendado un buen coche “Mercedes” y regalos para parientes y amigos. Taberna donde ellos entraban, estaba todo “a pago” y contaban y no acababan de lo bien que les iba por aquellas tierras. Se contaba con ellos para todo, porque no escatimaban el dinero y hasta se permitían el cazar en cualquier época y el montar el pitote, porque venían de “señores”.
Ahora el vacacionar puede tener el peligro de perder el puesto de trabajo y muchos se retraen de hacerlo. Las cosas por allí y por aquí no están tan bien y no se puede derrochar el dinero que no se sabe si se va a volver a ganar, son pocos los que vienen y, desde luego, “fardar” menos y pasan, como usted y como yo, la época de las vacas flacas, que es una sequía a la que no acabamos de verle el fin.
Diario HOY, 18 de agosto de 1984