
Nadie duda a estas alturas de que las consecuencias de lo que le viene
pasando al Cacereño no son de imputar a su antiguo entrenador Pepe Bizcocho, al
que no tengo el gusto de conocer personalmente, por lo que no se me puede
tildar como partidista. Digo que no son
de imputar, porque el tal entrenador —como muchos otros— sólo sirvió de “cabeza de turco”, de hombre pararrayos o
chivo expiatorio, como prueba el que, también sin él, el Cacereño sigue en
picado. Pero los entrenadores saben lo que se juegan y lo aceptan con
resignación y humildad. Ellos saben que si el equipo sube, los parabienes serán
para la directiva y su presidencia, y si baja, ellos son los primeros que
tienen que ofrecerse como víctimas, para contentar a la afición. Pues bien, yo
propondría que al igual que en los equipos de fútbol hay un entrenador al que
echarle las culpas, en los equipos de políticos debiera haber otro, con las
mismas prerrogativas de recibir los insultos y la indignación del público,
quedando a salvo el mal quehacer de los “jugadores”,
que en este caso serían los políticos de turno, que seguirán equivocándose a
sus anchas, tras de haber expulsado al entrenador y tener otro al que expulsar
en su próximo traspiés.
Imagínense la serie de entrenadores que hubieran resultado expulsados
a cuenta de “Valero” o de otros
muchos “affaires” que han sido “goles” colados al equipo político.
Diario HOY, 27 de octubre de 1987
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