
La idea es bonita y muy femenina, porque las viejas ciudades
históricas han conservado siempre grandes bandos de palomas que realzan el
encanto de sus monumentos, aunque ensucien sus estatuas como sucede en Roma, y
haya que gastar lo suyo en limpiarlas. Según nos explicaba la concejal, el
palomar sería municipal, como lo fue otras veces, corriendo con el gasto de la
alimentación de estas aves el Ayuntamiento; estaría en la torre de Peña
Redonda. Tiene el temor de que, al haber palomares particulares en los que
existen lo que suelen llamarse palomos ladrones, el gasto se hiciera para engrosar
palomares ajenos.
Lo que sí hemos recordado a la concejal, es que en tiempos anteriores
a la Guerra Civil, el Ayuntamiento mantenía un palomar, en el lugar donde ahora
está el reloj municipal y nuestras calles y plazas estaban inundadas de dóciles
palomas de todas clases, que hasta comían en las manos de los cacereños de aquél
entonces. No eran extrañas estas aves y se las respetaba por parte de todos.
Pasada la guerra, llegaron los años difíciles del hambre y las palomas fueron desapareciendo
poco a poco, con lo que cumplieron la finalidad social de servir de bocado a
los hambrientos cacereños de los años cuarenta, muchos de los cuales murieron
por falta de alimentos.
Diario HOY, 25 de septiembre de 1987
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