(Incluida en el libro “Ventanas a la Ciudad”)

“La Inmaculada” va a perder
hasta el nombre aunque las personas que allí residen pasarán a engrosar el
Hogar Infantil “Julián Murillo”, con instalaciones sin duda más modernas y
capaces que el viejo palacio de la ciudad monumental, pero no sé yo si tan
entrañables.
Posiblemente la vida actual va por otros derroteros y todo lo que no
pueda medirse o pesarse, como puede ser el afecto de una comunidad religiosa o
el amor vocacional al servicio de Dios y del prójimo, son cosas que resbalan.
Es más fácil de controlar y nos pone menos nerviosos el que los trabajadores
fichen a la entrada y a la salida y no anden mezclando afectos o vocaciones
religiosas con labores puramente técnicas y profesionales.
Ya se dio el caso, casi igual, con las monjas que en tiempo pasado
rigieron algunas de las atenciones del Hospital y que terminaron marchando, no
sé si con el agradecimiento de los servicios prestados, reflejado en algún
papel de oficio. Yo no sé si las hermanas de la Inmaculada, las que rigieron
aquello, se van o no con pena, ni si alguien les ha pedido su opinión. Pero la
mía, que doy sin que nadie me la pida, es que merecen al menos algo más que un
oficio agradeciéndoles sus servicios.
Diario HOY, 31 de octubre de 1987
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