Cuando yo era niño había determinados productos que traían dentro
sorpresas para estimular su compra. Recuerdo que los “Chocolates de Matías López
—que no sé si se venden ya— traían en cada tableta una “carta” de una original
baraja —hecha por Heraclio Fournier, como todas —pero con motivos taurinos: las
sotas eran banderilleros; los caballos, picadores etc., etc.; barajas que por
cierto no he vuelto a ver después, pero que tenían su gracia.
Más modestamente, las pastillas de chocolate relleno para la merienda,
que comprábamos —los chicos de mi barrio— en el comercio de Alvarito Moruno,
traían cromos de fútbol para un álbum, en los que figuraban los “fenómenos” de
aquel entonces: Zamora, Ciriaco y Quincoces, entre otros… Es más, recuerdo que
hasta unos caramelos que vendía Ildefonso Rincón en su comercio de la calle San
Pedro, traían dentro unas letras que, completándolas, te daban derecho a que te
entregaran un proyector de cine infantil… o un balón, etc., etc.
Lo que yo ya no sé a qué da derecho ahora, es a la serie de cosas
extrañas que están apareciendo en los diversos embotellados, al menos en
nuestra ciudad aunque sospecho que en las demás venga pasando lo mismo. Por
recordar algunas de las últimas, está la de esa botella de leche, en cuyo
interior había un mensaje que en vez de llegar al destinatario llegó a una
familia que se disponía a consumirla; últimamente, en botellas cerradas —y
controladas, según dicen— de cerveza han aparecido clavos oxidados y retorcidos
y hasta un ciempiés, u otros animalitos que también han causado el asco de los
posibles consumidores…, y no cabe aquí la explicación que nos daba la dueña de
la pensión estudiantil en que yo estuve, cuando apareció un clavo en un plato
de lentejas que, no sabiendo qué decir,
afirmaba: “Es que las lentejas tienen mucho hierro.”
Yo no sé qué tendríamos que decir los consumidores ante esta falta de
control de los comestibles y “bebestibles”, porque con denunciar el hecho poco
se consigue, si los que llevan el control de estos embotellados afirman que
pasa por cuatro o cinco inspecciones y que es
“inconcebible” que esto se les pase… Pues, con todos los respetos para
ellos, hay que decir que los controles son insuficientes y que, según están las
cosas, vamos a llegar a la situación de aquel comensal que quería protestar
porque en su sopa había una mosca, y otro le decía: “No lo haga que éstos son
capaz de cobrársela por carne.” En definitiva, y sin cargar más tintas, que hay
que tener mucho mayor respeto al consumidor que es de lo que se trata.
Diario HOY, 18 de diciembre de 1981
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