jueves, 18 de enero de 2018

La pareja que perdió la alegría


Uno recibe tantas tristezas diarias, a través de todos los medios de comunicación, y tan seguidas, que se le acaba olvidando la última, esa que tanto impacto  le causó y hasta en la que se prometió interiormente que algo tendría que hacer para mitigar el dolor de un  convecino, de un conocido, de una familia próxima a su entorno. Nos pasa siempre, no sólo porque la humanidad tiene, no sé si la virtud o el defecto, de olvidar y porque aunque unos males no remedien a otros, los más próximos nos hacen olvidar los que pasaron hace unos días o unas horas. Cuando nos estamos condoliendo por la desgracia de una familia, la ETA mata a mansalva a cinco guardias civiles, y cuando comenzamos a pensar la tristeza de estas familias y la situación en que quedan, explota una central nuclear de Rusia (de las que no son discutidas ni contestadas por nadie) y la nube radiactiva que nos amenaza nos mete el corazón en un puño y olvidamos lo anterior, y la guerra de Gadafi y sus amenazas y acabaremos olvidando la nube radiactiva y sus consecuencias porque otra desgracia mayor, próxima o lejana, nos amenazará de nuevo y acabaremos olvidando una vez más.
Pues bien, aún confesándome que son así las cosas, yo no quisiera olvidar la desgracia de esta joven familia de nuestro entorno, esos ilusionados padres de 23 años ella y 27 él, a los que se les quemó su única alegría, la hija de cuatro meses (que llevaba precisamente ese nombre: Alegría) en un incendio de su humilde vivienda de la calle Gallegos y que quedaron con duelo y sin pan, porque si “los duelos con pan son menos”, mucho más dolorosos serán cuando se está en paro y se pierde todo, hasta la única hija.
La Cofradía de la Virgen de la Montaña, de la que el padre es “hermano”, hizo en la misa y en la novena de patrona una colecta para ayudarles en lo material —que es lo único que sabemos ayudar, cuando ayudamos— y se consiguieron algo más de 142.000 pesetas, que se le darán como “la limosna de la Virgen”, aunque pienso yo que la verdadera ayuda —aunque no despreciemos ésta— sería el proporcionar al padre un trabajo que volviera a encender la esperanza y la fe de esta joven pareja. Es nuestro entorno próximo que no debemos olvidar.
Diario HOY, 3 de mayo de 1986

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