sábado, 27 de enero de 2018

Una anécdota de Maltravieso


Nuestra cueva de Maltravieso, en la que han vuelto a aparecer pinturas de manos, de la época paleolítica, ha tomado nueva importancia y va a ser objeto de estudio en un coloquio internacional que organizarán las Universidades de Salamanca y Extremadura en abril del próximo año. Ello quiere decir, según nos confesaba el profesor Cerrillo, que en el Paleolítico esa cueva fue un verdadero santuario de las religiones que aquellos hombres, posiblemente cazadores, tenían en aquel entonces, que es lo que se va a estudiar en esos coloquios de que hablamos. En fin, que la cueva, por razones que se nos alcancen o no, es mucho más importante de lo que pudiéramos imaginar y, en tiempos, estuvo a punto de desaparecer, como desapareció el mosaico de Monroy que cuidaba como “oro en paño” el profesor Cerrillo y que un monroyego mandó que se tirara a la basura. La ignorancia es muy atrevida y estas cosas ocurren en las mejores familia, y aun en hombres que consideramos cultos.
Don Justo Corchón
Cuando se descubrió la cueva de Maltravieso era director del Museo de Cáceres un sabio profesor de historia, don Miguel Ángel Orti Belmonte, que fue recogiendo todo lo que de la cueva salía: huesos, fragmentos de cerámica, puntas de flechas de sílex, muelas de caballos cuaternarios, alguna cerámica casi completan hachas y utensilios de piedra, y fue amontonando todo en una sala del museo para clasificarlo, como clasificó algunas cosas —pocas— que pasaron a las vitrinas. Pero en estos momentos le llegó la jubilación y marchó a Córdoba, haciéndose cargo de la dirección del museo un geógrafo, don Justo Corchón, que no entendía  una palabra de historia y que ordenó, de malos modos, al conserje que tirara toda aquella porquería a la basura, lo que el conserje hizo. Total, que cuando llegó don Carlos Callejo, primero que trazó una monografía, tuvo que recurrir a las pocas piezas que se habían quedado los particulares, porque en el museo, excepto tres cráneos, lo demás se tiró a la basura. Como ven, no sólo los ediles monroyegos se equivocan.
Diario HOY, 4 de septiembre de 1986

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