Es tema obligado de estos días y por ello, y también por ser tema
popular, hemos de hablar de la Semana Santa cacereña, ya que desde algunas de
las imágenes que salen a procesionar estos días nos contemplan más de cinco
siglos de tradición piadosa de nuestro pueblo.
De las siete cofradías penitenciales cacereñas, las que discuten su
mayor antigüedad son dos: la de la Santa y Vera Cruz que, aunque incardinada al
convento de San Francisco, parte de un 3 de mayo de 1521, siendo su primer
mayordomo Pedro Rosado Mate, pero hay documentos que hacen referencia a otra más
antigua de la que ésta es originaria y la del Nazareno, que se llamó anteriormente
de la Misericordia y sus ordenanzas parten de 1464, aunque la propia del Nazareno,
unida a la citada, parte de 1609, cuando se le encarga la imagen actual del
mismo a Tomás de la Huerta, que por cierto cobró 300 reales por ella, siendo su
mayordomo Francisco Martín Ojalvo. La cruz de conchas que ahora porta el
Nazareno es obra del sevillano Pedro Barrés, que la realizó en 1779.
Como podemos ver, ya ha llovido desde entonces —como suele decirse—,
pero no entrando en este pleito de antigüedades cofradieras, lo que sí hemos de
decir es que estas hermandades, de muy
antiguo, tenían una finalidad piadosa que hoy se ha perdido. Estas cofradías
nacían para hacer obras de caridad y, entre ellas como primordial, dar sepultura
a los muertos, atender a los enfermos, proporcionarles consuelo, amortajar a
los primeros y aún cavar las fosas de los propios hermanos de estas
asociaciones. Esto se hacía durante todo el año, y la procesión era, en cierto
modo, una manifestación externa y secundaria. Se fundaron como hermandades de
caridad y eso fueron, aunque hayan perdido su primitiva función.
Hay que reconocer, no obstante, que casi cinco siglos de pervivencia
de estas hermandades tienen sin duda su peso específico en el pueblo que sigue
volcándose en esas tradiciones, porque las procesiones son una tradición
popular de nuestro pueblo que sabe vivirlas aún en cosas tan habituales como
las saetas de Teresa “La Navera”, del
Niño de la Ribera, o de Dieguino de Cáceres, que siendo algo superficial para
algunos, van cargadas de una devoción tradicional tan profunda que sintetizan
oraciones cantadas de más de cinco siglos de existencia, que sin duda no es
poco.
Diario HOY, 30 de marzo de 1983
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