lunes, 8 de enero de 2018

El Carnaval y mi pregonero


Sé que Agustín García, el concejal de los festejos del Ayuntamiento, que ahora está en lo de ultimar los que formarán el Carnaval cacereño, prácticamente resucitado el pasado año, está dándole vueltas a la elección de un “pregonero” que ponga en marcha las fiestas de Carnaval. Como se sabe, tomando ejemplo de lo sucedido el pasado año, el pregón carnavalero se da desde el balcón municipal por un micrófono que mediante un sistema de altavoces lleva la voz del que hace este pórtico festivo a las comparsas y máscaras que, impacientes y con alguna copilla de más, esperan con la paciencia que su estado les permite y sujetando el hormiguillo que les invade por dentro, a que el orador de turno les diga algo grato y termine de una vez con un viva, o con algo parecido, declarando inaugurado el Carnaval 1986. La elección, al parecer, es difícil y como aún no ha elegido a ningún candidato entre los muchos que tiene, voy a contar lo que yo haría caso de encontrarme en las circunstancias de Agustín, sin que esto quiera decir que trato de darle consejo alguno, sino más bien de señalar cómo veo yo estas cosas del Carnaval
Por ser una iniciación de una mascarada y una fiesta alegre, a mi modo de ver, el pregonero debería salir vestido de pierrot, dominó, arlequín o cualquier traje clásico de los carnavales, y sin seriedad ninguna, porque se trata de poner en marcha algo festivo. No estaría de más un “matasuegras”, trompeta u otro instrumento de hacer ruido. Ni que decir tiene que el discurso no debe ser serio, sino un puro chiste que haga reír a la concurrencia y lo más corto posible para no aburrir a nadie. No estaría de más un coro que le remedara la gracia, porque lo peor de un Carnaval es iniciarlo con un discurso académico. ¿Qué quién podría hacerlo?, para mí un humorista sería lo apropiado, y de no encontrarlo porque están escasos, alguno de nuestros jóvenes universitarios, abrigado por la tuna de su Facultad, puesto que parece ser que es ahí donde se ha refugiado el humor que falta a todos los niveles.
Diario HOY, 17 de enero de 1986

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