
—“Yo lo que no entiendo —decía
el actual alcalde— es como pasado un año,
le tenga yo ahora que enviar al gobernador los cuernos del toro de la capea. Ya
sabes —agregó— que disequé la cabeza
y la tengo en el comedor de mi casa y sería una pena quedarla mocha, por ese
capricho del gobernador, porque ¿para qué “narices” querrá el los cuernos?”
—“Yo no lo sé, dijo el
compañero de concejalía, pero ya sabes
que de la capital piden cosas muy raras, y esto de lo taurino tiene un
reglamento y hasta tengo entendido que en la capital envían los cuernos a
Madrid, tras de las corridas. De todos modos, tú debes consultar con el alcalde
anterior que sabrá más de estas cosas.”
Total, que mi buen alcalde se hizo el encontradizo con el anterior
alcalde que, por cierto, estaba charlando con el cura del pueblo, por lo que
tampoco quiso ser muy explícito en cuanto a la consulta y le preguntó: “Oye, ¿cuándo tú eras alcalde, tenías que
enviar las astas de los toros a Cáceres?” El alcalde saliente, por eso de
la imprecisión coloquial de nuestro extremeño, debió entender “actas” y le contestó: “Sí, todos los años había que enviarlas”,
con lo que sumió al alcalde en un mar de dudas. Total —se dijo— al gobernador
debe serle igual recibir unos cuernos que otros, y encargó a alguien que le
proporcionara, del matadero, unos cuernos viejos por no quedar descabalada la
cabeza disecada del toro.
¿Ustedes se imaginan qué habrá dicho el gobernador cuando en
contestación a sus oficios les hayan enviado un par de cuernos?
Diario HOY, 25 de julio de 1984
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