
En cada pueblo el chaval destinado a monaguillo solía ser el más
travieso y espabilado de la localidad, el que acaudillaba las incursiones a los
desvanes y a las torres de la Iglesia: el que subía al campanario no sólo a
tocar las campanas —que ahora se tocan solas—, sino a coger nidos y organizar
otras travesuras, que solían acabar con algún pescozón del sacristán o algún
tirón de orejas del párroco. Pues imagínense lo que habrá sido el reunir a
cuatrocientos, que, sin duda, son los más traviesos de cada localidad de la
diócesis, y aguantarlos durante una jornada. Pero la iniciativa es buena porque
los monaguillos de tradición han sido la “cantera”
de los seminarios y ahora, con la tremenda falta de vocaciones, es bueno
cuidarla porque alguno de ellos puede llegar potencialmente a ser mañana un
respetable sacerdote razón por la que digo que el tambor también es tropa y que
me parece muy bien la iniciativa de don Jesús.

Valga esta experiencia pasajera de monaguillo para decir que me siento
identificado con los concentrados, como se sentirán otros muchos de mi generación.
Diario HOY, 18 de marzo de 1984
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