
Creemos que no es el primer convenio de este tipo que el campamento
militar firma con el Ayuntamiento y pensamos que no deberá ser el último. Hay
algo que sale de estos convenios y es que los chicos que, por la razón que sea,
han tenido que venir a Cáceres a pasar ese tiempo obligado de la instrucción
militar, tengan un mayor conocimiento de la ciudad a la que esas circunstancias
lo han traído y de la región en la que se encuentran.
Hay algo normal y es que, de momento, cuando a uno le obligan a ir a un sitio a vivir la vida
militar, la rotura que produce con el entorno habitual es “hacer la mili”, predisponen contra el lugar a donde a uno le llevan.
Pero también esto es pasajero, porque luego, a lo largo de la vida, termina
recordándose esa ciudad y su entorno con cariño, porque se han olvidado las
incomodidades de las guardias y los trabajos militares. Nos consta que muchos
de esos chicos que vinieron a Cáceres a hacer la mili, en contra de su
voluntad, terminaron amando y admirando a nuestra ciudad y fueron los más encendidos
propagandistas de ella a la larga. En alguna ocasión hemos sido testigos de
algo realmente reconfortante, una familia que venía a ver Cáceres, porque el
padre había estado aquí en “la mili”
y deseaba que los hijos vieran las maravillas artísticas de esta ciudad de las
que él se creía un descubridor.
Diario HOY, 17 de junio de 1987
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