
El asunto está de tal forma, que puede compararse con un vehículo
lanzado a una velocidad de más de 200 kilómetros-hora, al que se le quisiera
parar de un frenado. La permisividad ha sido tanta y a todos los niveles que,
entrar en la norma (no en cintura) a establecimientos y clientes demandados,
llevará lo suyo. Porque, además, todo es relativo y se están tolerando cosas
peores, sin que nadie se escandalice. Nos lo decía el jefe de la Policía
Municipal: “Si uno de nuestros policías
sorprende a un ladrón (presunto, claro) robando en el interior de un coche, le
coge con las manos en la masa, se “la juega” en el forcejeo para detenerle, le lleva
a Comisaría, donde le toman declaración y lo sueltan, por muy grande que haya
sido el robo. Se ve el juicio y, como alega que está parado, el juez le pone en
la calle, donde va a seguir robando, ¿con qué fuerza moral, el mismo policía,
detiene a nadie, porque de voces en la calle?”.
Diario HOY, 12 de septiembre de 1987
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