viernes, 13 de octubre de 2017

El asado de las castañas


Yo no sé si por aquello de que “los duelos con pan son menos”, existe la tradición de que, tanto el día de los Santos como el de los Difuntos, nos lo pasemos los vivos comiendo y más y mejor.
No es nuevo el que cualquier celebración extraordinaria la tengamos que hacer los cristianos a base de banquetearnos unos a otros, o reunirnos a comer —mejor o peor, que esto es lo de menos— quizás porque una comida o cena es el momento más idóneo para, con el estómago lleno, tener un reposado cambio de impresiones, una relación con los otros que, sobre todo, en el mundo que vivimos en el que se come a salto de mata y donde cae, no tenemos habitualmente.
No es por tanto la comida, sino el pretexto de reunirnos para un acto social de relación, que es lo que importan aunque en muchos casos —y sobre todo a los políticos— les critiquemos la excesiva frecuencia de estas reuniones.
Yo no suelo criticar esta práctica tradicional, porque pienso que hasta Jesús se reunió en cena con sus apóstoles para la despedida, tras de la que redimió el mundo, dicho sea salvando las diferencias
Pero en fin, a lo que quiero referirme hoy es a una práctica tradicional que se va perdiendo, pero que todavía “colea” entre nosotros sin que yo sepa ciertamente de dónde parte la tradición. Me refiero a lo de “asar las castañas”. En Cáceres esta práctica se hacía precisamente por estos días, dando motivo a una excursión campestre donde, aparte del asado del fruto del castaño se consumían otras variedades y daba ocasión a ser un poco pórtico de despedida del buen tiempo otoñal y de llegada del invierno. Tras de la excursión, era obligado el tomar chocolate o café con churros, siendo este día especial para las churrerías que, excepcionalmente, abren por la tarde y para consumir esos dulces especiales de las fechas que son los llamados “huesos de santo” o “buñuelos de viento”.
Ni que decir tiene que la mayoría de los días del “asado de castañas”, la excursión terminaba mojada, por ser ésta la época de los chubascos —aunque ahora tengamos sequía— pero ello no solía arredrar a los excursionistas que terminaban acogiéndose a cualquier casa de campo y tenían algo más que contar entre las incidencias.
Diario HOY, 30 de octubre de 1983

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