
A la que nos vamos a referir aquí es a la del miedo interno que la mayoría
de los mortales tenemos a hablar de algo que más o menos remotamente nos tiene
que llegar: la muerte. En este orden de cosas, más generalizada de lo que nos
puede parecer, se inscriben lo que tienen miedo a hacer testamento y acaban
muriendo sin testar, acarreando un verdadero problema a sus herederos, y
también, que todo hay que decirlo, los que tienen miedo a la donación de sus
órganos, aunque sepan que ello será una vez hayan fallecido. No es falta de
generosidad en las gentes —y lo decimos al filo de haberse celebrado el “Día del Donante de Riñón”— es más bien
una superstición arraigada desde siglos y relacionada con la intocabilidad de
los cadáveres. Eso de que a uno le “remuevan”
el suyo una vez fallecido no suele gustar.
Hay que hacer un esfuerzo de hombre civilizado y tener amor a nuestro
prójimo para decidirse a hacer estas donaciones. Este es el inconveniente con el
que chocan, a nivel popular, estas campañas que, no obstante, tienen su éxito, y
que nosotros deseamos que lo tengan, por lo que “aplaudimos sin reservas” a todos los que han logrado romper esas
barreras de superstición que todos llevamos consigo.
Diario HOY, 6 de junio de 1982
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