viernes, 11 de agosto de 2017

Ni un lujo ni un capricho


Estoy totalmente de acuerdo con la campaña que ADENEX viene realizando a favor de la conservación del encinar bajo el lema: “Encinas, garantía del futuro; no las arranques”, y lo estoy por unas razones muy lógicas relacionadas con la propia supervivencia de la especie humana. Actualmente la Humanidad nos estamos cargando los grandes bosques que, afortunadamente, todavía existen a lo largo de la línea del ecuador que, entre otras cosas, nos proporcionan mayor oxígeno, regulan el ciclo de la lluvia, etc., etc. Se ha llegado a decir que los grandes bosques del Amazonas pueden desaparecer en un periodo de una veintena de años y para mi, visto la utilidad que para la Humanidad tienen esos bosques, creo que su desaparición puede ser una catástrofe mayor que la de la explosión de unas cuantas bombas atómicas…, todo ello si hacemos caso a los científicos.
Sin ir más lejos, podemos apreciar lo sucedido en nuestro propio ciclo histórico, el ciclo de que por los libros tenemos conocimiento. Cuando los romanos llegan a nuestra península se decía que una ardilla podría recorrer desde punta Tarifa hasta el Pirineo de árbol en árbol y sin tocar el suelo. Ahora esto sería imposible, a menos que tomara la ardilla la compañía “Iberia” de aviación, porque en estos siglos nos hemos cargado todo el bosque que dio vida a la península y evitó grandes periodos de sequía y desertización del suelo, que ahora venimos padeciendo.
Si nos referimos a lo local, allá por el siglo XVIII, Simón Benito Boxoyo nos habla de los amplios bosques de encinas que había en todos los alrededores de Cáceres. Toda la zona de Santa Olalla, Santa Lucía y las minas de Aldea Moret eran un puro bosque de encinas Por tradición oral familiar, puedo decir que hasta principios del pasado siglo se conservó ese bosque y hasta, por esa tradición, he oído contar que un incendio del mismo duró algo más de un mes hasta destrozarlo y quedar ese terreno desertizado, como ahora lo vemos. No se ha repuesto después y creo que a estas alturas es, al menos suicida, dejar el desmonte del encinar a criterio de sus propios dueños. Yo pienso que lo de arrancar un árbol debería llevar implícita la obligación de plantar tres más, que sería la única forma de no acabar viviendo en un desierto. La cosa es para pensársela.
Diario HOY, 21 de abril de 1982

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